Être vivant et le savoir | Festival de Cine de Sevilla Transitoriedad y permanencia

Uno de los varios altares y bodegones que monta Cavalier en la película Uno de los varios altares y bodegones que monta Cavalier en la película

Uno de los varios altares y bodegones que monta Cavalier en la película

Hubo un momento de su carrera en el que Alain Cavalier decidió abandonar el cine de ficción para entregarse a fondo a otro de corte ensayístico donde el declinar del ‘yo’ iba a convertirse en elemento fundamental. En esta aventura de ya largo recorrido, Cavalier necesitó reinventarse de alguna manera, digamos que fue un doble proceso de despojamiento e introspección donde iba a terminar apareciendo un tipo de filmeur abierto a los temblores de la imagen y dispuesto a divagar libremente en la búsqueda y construcción del filme, siempre con el espectador como testigo de ese proceso creativo.

Reconvertirse en amateur no es fácil, tampoco lo es encontrar la modulación adecuada para traducir la voz interior en una narración que nos interpele. Si para lo primero Cavalier sigue usando cámaras digitales ligeras y baratas que no embellecen la imagen mientras mantiene en el metraje cierta rugosidad primitiva (incluso con el uso de planos malos que un esteta habría rechazado), para lo segundo continúa confiando en toda esa dolorosa intimidad que tiene la transitoriedad del cuerpo y la permanencia del recuerdo como motores fundamentales de su cine más personal.

Être vivant et le savoir, trata, como lo hicieron otros filmes suyos, la enfermedad y la muerte, en este caso la de su amiga la escritora Emmanuèle Berheim. Pero filmar la muerte es también filmar el cuerpo y su degradación, algo que aquí, y entendemos sus razones, Cavalier quiere evitar a toda costa, recurriendo, como ha hecho antes en su cine ensayístico, a otras imágenes (alegóricas, indirectas), para remitirnos al tránsito entre dos tiempos, entre la presencia y la ausencia y, como ocurre en estos casos, la línea es tan fina que cuesta filmar sobre ella.