Juan Pedro Cosano Alarcón. Abogado y escritor

"Hay escritos de magistrados que merecerían flagelación pública"

"Hay escritos de magistrados que merecerían flagelación pública" "Hay escritos de magistrados que merecerían flagelación pública"

"Hay escritos de magistrados que merecerían flagelación pública" / vanesa lobo

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-¿De qué forma ha influido en su última obra la intensa relación que ha mantenido con los periodistas?

-Empecé muy joven, es cierto, colaborando con distintos medios de comunicación. Comencé en la radio siendo un pipiolo, realizando programas de ámbito cofrade y de información general después, hasta que la dedicación profesional a la abogacía me impidió simultanear las actividades. Posteriormente, he colaborado en distintos medios de comunicación escritos. Hasta hice una incursión en el ámbito televisivo creando Ondavisión, después Localia. Posiblemente, mi indudable inclinación por los medios ha influido poderosamente en la temática de mi última novela, Matar al tertuliano, por la profunda pena que me da ver en qué se han convertido muchos medios, fundamentalmente televisivos, hoy en día.

Hay autores de superventas que tan sólo se han documentado mirando el diccionario de sinónimos"

-¿Hallaría conexiones entre estos dos oficios si le pidiera que lo hiciera?

-¿Entre el periodismo y la abogacía? Por supuesto que hay similitudes, y muchas. Por ejemplo, el profesional de una y otra, periodista y abogado, están en permanente contacto con la grandeza y las miserias humanas. Y en ambos casos, la gente tiende a fiarse de él, y muchas veces no debiera, de uno y de otro.

-¿Es posible que un escrito legal, pese a su frialdad, pueda rezumar arte?

- Como posible, puede serlo. Yo, sin embargo, jamás he visto ninguno que rezume arte, en el concepto literario de la palabra. Por el contrario, hay escritos forenses cuya simple lectura exige fuertes dosis de paracetamol. Y hay otros, y entre ellos los de algunos jueces y magistrados, que deberían estar penados como mínimo con pena de flagelación pública.

-Empezó de joven con la poesía. ¿Cuándo se decide a dar el paso a la ficción?

-Cuando conozco Roma por vez primera, en el año 1987, y me dije que yo tenía que escribir sobre la historia de los romanos, que son los mejores individuos que haya dado la humanidad. De hecho, siempre digo que no se debe viajar a aquellos sitios donde no estuvieron los romanos. De esa pasión por la historia de la Roma antigua nació mi primera novela, Hispania. Después seguí escribiendo y autopublicando hasta que con El abogado de pobres gané un premio importante y llegué al mundo editorial. Y desde entonces, y aquello fue en 2014, van cinco novelas. La pena es que el premio me cogió talludito.

-A lo largo de los años me he encontrado sucesos y me he dicho: lo cuentas en una novela y no se lo cree nadie. ¿Le ha sucedido?

-Muchísimas veces. Por ejemplificar, ahí está el caso de Padre Coraje. Y multitud de anécdotas cotidianas que, de ponerlas negro sobre blanco, el lector diría que son un delirio del autor.

-¿Es posible el proceso creativo sin una documentación previa?

-No. Yo suelo completar la documentación a medida que escribo, pero antes de empezar a escribir es precisa una documentación profunda y global de aquello sobre lo que se quiere escribir, puesto que de ella, de la documentación, depende la credibilidad, que es la principal virtud de una novela. He leído recientemente algunos títulos superventas, cuyo nombre generosamente omito (aunque no debería), en los que el autor la mayor documentación que ha consultado es el diccionario de sinónimos, y sólo un par de veces. Y, sin embargo, ahí están, vendiendo como descosidos, los muy puñeteros. El lector medio es, hoy en día, bastante poco exigente. Y en cambio, ese mismo lector va a un restaurante y le ponen una mantequilla sin marca y la lía. En fin.

-¿Cuánto tiempo pasa desde la idea hasta que teclea el punto final?

-Nunca he tardado más de seis meses en escribir una novela. Por término medio, cuatro meses, y de ahí que, pese a que publico cada año, tenga tres novelas en el cajón. Salvo la primera, Hispania, que la escribí a mano y tardé una barbaridad.

-¿Para cuándo la dedicación total a la literatura?

-Si por mí fuera, pronto, muy pronto. Pero tengo un despacho que mantener y unos hijos que, por lo que se ve, se quieren jubilar en casa. La literatura, además, hoy en día, si da para algo, es para malvivir, salvo los anteriores puñeteros de los que antes le hablaba.

-Ha retornado recientemente de vacaciones. ¿Qué es lo que echa de menos cuando está lejos de su tierra? Y viceversa. ¿Qué echa de menos aquí de lo que encuentra lejos de Andalucía?

-De Jerez lo echo de menos todo y, fundamentalmente, mi casa, mi espacio, mis perros, una copa de amontillado, que no hay forma de encontrarla cuando pasas de Despeñaperros. Cuando llego de un viaje, aunque sea de dos días, me dan ganas de hacer como Juan Pablo II y arrodillarme y pisar el suelo de la estación. En serio. Hasta creo que una vez lo hice, aunque quizá pasara en el bar del AVE más tiempo del debido. De lo que se encuentra lejos de aquí, no echo de menos nada; si quieren algo de mí, no sé, la torre Eiffel o el puente de San Francisco, por ejemplo, o el primado de la Iglesia ortodoxa, pues que vengan a verme.

-¿De qué tema le gustaría escribir una novela en un futuro cercano?

-¿Una novela erótica? No sé. ¿Usted me ve escribiendo una novela erótica? Pues a lo mejor, quién sabe. Escribo de todo. Ahora mismo estoy liado con una novela que he de entregar antes de noviembre y que está ambientada en la conquista del Perú. Y me lo estoy pasando de miedo con los incas, que era una cultura de la que tenía muy pocas referencias.

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