El Rocío 2018

El Papa rociero

El Papa rociero El Papa rociero

El Papa rociero

Alabemos a María". Con el recuerdo imborrable de estas palabras, San Juan Pablo II invitó, -desde el balcón del santuario de Nuestra Señora del Rocío-, a todos los presentes aquel 14 de junio de 1993, a pronunciar los tradicionales vítores en honor de la Reina de las Marismas, que siempre terminan con el ¡que viva la Madre de Dios! Y añadió: "Que todo el mundo sea rociero". Este deseo-petición del Papa hay que enmarcarlo en el contexto de lo que acababa de vivirse en aquella memorable visita que hizo al Rocío: un encuentro gozoso del Sucesor de Pedro, y de la Iglesia que le acompañaba, con María ante su bendita imagen del Rocío.

Veamos qué quiso decir con ese "que todo el mundo sea rociero". Yo creo interpretar el deseo de San Juan Pablo II, cuyo lema era totus tuus, "todo tuyo" en referencia a la Virgen, como su interés de que "esa multitud incontable de romeros" que peregrina al Rocío la reconozca como Madre y la imite en su vida. La expresión rociero en aquel contexto era para él lo mismo que decir mariano, devoto de María. Para él ser mariano era inseparable de ser cristiano, como dijera en una ocasión el Beato Pablo VI: "no se puede ser cristiano sin ser mariano". Y esto lo vivía Juan Pablo II con una especial intensidad, como fruto de una experiencia de encuentro personal con Cristo a través de María.

En la romería del Rocío encontramos valores del Evangelio y auténtica devoción

La romería es un momento de gracia para alabar a María y la alabanza de María no queda en Ella, sino que llega hasta su Hijo: "Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". He aquí la particular relación de Cristo y de María, por eso la devoción mariana, también la auténtica devoción rociera, ha de ser evangélica, ha de llevarnos a Cristo. No en vano dijo el Papa santo: "Es necesario, pues, que, ahondando en los fundamentos de esta devoción, seáis capaces de dar a estas raíces de fe su plenitud evangélica; esto es, que descubráis las razones profundas de la presencia de María en vuestras vidas como modelo en el peregrinar de la fe y hagáis así que afloren, a nivel personal y comunitario, los genuinos motivos devocionales que tienen su apoyo en las enseñanzas evangélicas" (Discurso en El Rocío).

Ahora, cuando se van a cumplir los 25 años de aquel acontecimiento para nuestra Diócesis de Huelva y para el Santuario del Rocío, viene bien reflexionar sobre aquella petición de San Juan Pablo II. Es cierto que en una aglomeración tal de personas como la que se produce con motivo de la Romería de Pentecostés, existen muchas y variadas razones para participar en ella, no todas enraizadas en el ser rocieros. Pero no es menos cierto que El Rocío va más allá que la romería, y que en la misma romería encontramos tantos y variados valores impregnados de Evangelio que manifiestan la verdadera devoción de tantas personas de todas las edades: generosidad, desprendimiento, solidaridad, entrega, petición confiada, agradecimiento gozoso, deseo auténtico de volver al Señor (con confesiones impulsadas por la presencia de María), sacrificio (expresado en las promesas), fraternidad, apertura al otro... Una auténtica devoción a la Virgen.

Por eso hemos de cuidar la celebración de la romería, y eso es tarea de todos. Como decía San Juan Pablo: "desligar la manifestación de religiosidad popular de las raíces evangélicas de la fe, reduciéndola a mera expresión folklórica o costumbrista sería traicionar su verdadera esencia. Es la fe cristiana, es la devoción a María, es el deseo de imitarla lo que da autenticidad a las manifestaciones religiosas y marianas de nuestro pueblo". Se trata de que todos, como nos pidió San Juan Pablo, "alabemos juntos a María" y vivamos la alegría de sentirnos hermanos junto a Ella recibiendo el rocío del Espíritu Santo.

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