El diario de Próspero | Teatro

Escenario para una educación sentimental

  • La compañía Pata Teatro se dispone a celebrar las doscientas funciones de su espectáculo ‘El árbol de mi vida’, un pequeño milagro que demuestra la razón y el sentido de un teatro familiar

Una representación de 'El árbol de mi vida'. Una representación de 'El árbol de mi vida'.

Una representación de 'El árbol de mi vida'. / Pata Teatro

Seguramente, nadie ha sido tan honesto a la hora de explicar cómo funciona y a qué contribuye la creación artística como Peter Brook en esta frase: “Tanto en la paz como en la guerra, el colosal carromato de la cultura sigue rodando y aporta las huellas de cada artista al montón cada vez más alto de las inmundicias”. Sucede que en ese montón de inmundicias que es la cultura aparece, de vez en cuando, en contadas ocasiones, algún pequeño milagro que despierta al respetable del letargo acostumbrado. Hace ya algo más de un lustro, la compañía malagueña Pata Teatro, que lleva ya más de dos décadas ocupando un espacio propio por derecho en la escena nacional en el que caben clásicos del Siglo de Oro, comedias afiladas, dramas de índole social y espectáculos familiares, siempre con la mayor exigencia y renunciando en cada caso a las fórmulas de turno, estrenó un montaje titulado El árbol de mi vida que representaba, con una asombrosa querencia poética, el ciclo de la vida desde la concepción hasta la muerte. Presentada como propuesta familiar, El árbol de mi vida ganó el premio al mejor espectáculo en la edición de Fetén de 2015 y obtuvo numerosos reconocimientos, galardones y nominaciones en otros muchos certámenes. Después de haber sido vista por públicos de toda España, incluso en este año nefasto en el que no pocos escenarios la han reclamado como antídoto idóneo contra la fatalidad, la obra se dispone a celebrar sus doscientas funciones: será en la próxima campaña navideña de los Pata en el Teatro Echegaray de Málaga, con cuatro funciones de El árbol de mi vida señaladas entre el 29 de diciembre y el 3 de enero. Y corresponde prestar toda la atención no sólo por el éxito de un verdadero caso aparte en el teatro andaluz contemporáneo, ni por los miles de espectadores que han disfrutado la propuesta en este tiempo; también, más aún, por lo que la obra de Macarena Pérez Bravo y Josemi Rodríguez nos dice sobre el teatro como escuela necesaria para la educación sentimental.

Josemi Rodríguez y Macarena Pérez Bravo, artífices de la compañía. Josemi Rodríguez y Macarena Pérez Bravo, artífices de la compañía.

Josemi Rodríguez y Macarena Pérez Bravo, artífices de la compañía. / Javier Albiñana

El árbol de mi vida nos recuerda una cuestión esencial en la que el dramaturgo Juan Mayorga viene incidiendo desde hace años con una pedagógica obstinación digna de agradecer: Aristóteles definió el teatro como mímesis y, desde entonces, su tarea es la de ofrecer alternativas a la realidad de los seres humanos. Como tal, el teatro ha sido desde siempre un espacio abierto a toda la sociedad civil, y es una parte de esa sociedad civil la encargada de subir a escena las versiones alternativas de la vida misma. Aunque la distribución de los espectadores pudiera obedecer a cuestiones de clase, el teatro nunca se ha definido por la exclusión, al contrario que otras manifestaciones artísticas o intelectuales; y esto es así porque la vida es una cuestión compartida por todos, buenos y malos, cultivados y necios, santos y pecadores. Justamente, El árbol de mi vida es una representación de las emociones fundamentales que entraña la existencia, desde el nacimiento hasta la tumba pasando por el aprendizaje, el amor, los hijos y la madurez. Su exposición como teatro familiar no esconde la evidencia de que es susceptible de ser disfrutada por cualquiera, grande o pequeño, en familia, en pareja o en solitario, dado que hablamos de emociones comunes y generales. Y aquí está el quid de la cuestión: en un trance en el que la maquinaria del ocio ha convertido las emociones humanas en una mercancía cada vez más devaluada, lo mismo en películas, series de televisión, pelotazos del pop y otros lenguajes de masas en los que la sentimentalidad se infla como una pornografía chusca y barata, El árbol de mi vida nos recuerda que en el teatro, por el contrario, las emociones aún pueden ser conducidas tal y como se dan en la vida real. Esto es, exentas de un precio y de una cotización de mercado. Por esto cabe reivindicar el teatro como una escuela más que digna para la educación sentimental: si las series, el cine y el pop de masas aspiran a que la vida se parezca a ellos, a sus ritos, sus procesos y su lógica mercantil, el teatro se conforma con parecerse a la vida. Esto explica, de paso, por qué el teatro lleva desapareciendo prácticamente desde su fundación, hace cosa de tres mil años: nadie en su sano juicio auguraría mucho futuro a un invento semejante. El árbol de mi vida explica, sin embargo, por qué mientras haya humanidad, habrá teatro. Sin discursos ni teorías, sino con la elocuencia proverbial de los pequeños milagros.

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