fútbol mundial de rusia 2018

Vísperas contenidas en el país de los extremos

  • Rusia y Moscú aguardan con temple el comienzo de un Mundial en el que quieren lucirse ante el mundo con orgullo y sin complejos

  • Los 12 flamantes estadios brillan con luz propia

Una familia rusa se hace una foto frente a carteles con logos del Mundial colocados en Moscú. Una familia rusa se hace una foto frente a carteles con logos del Mundial colocados en Moscú.

Una familia rusa se hace una foto frente a carteles con logos del Mundial colocados en Moscú. / YURI KOCHETKOV / efe

Los rusos son gente apasionada y vitalista pero de expresión contenida y, aunque queda sólo una semana para que comience el Mundial de fútbol 2018, son perfectamente capaces de mantener la serenidad y hacer que no se les note. Parece como si estuvieran retrasando a posta el verano -que aquí en Moscú no dura más de siete u ocho semanas-hasta la misma inauguración del campeonato y desde hace tres o cuatro días nos hemos visto obligados a recuperar los jerséis y las cazadoras del armario.

En estas vísperas contenidas los atascos en las faraónicas avenidas moscovitas son los habituales y el gesto serio de los habitantes de esta ciudad y las bullas en su monumental y silencioso metro son los de siempre. Pero la capital está esplendorosa. Sus vecinos lo saben. La infraestructura mundialista -12 flamantes estadios repartidos desde la báltica Kaliningrado hasta la siberiana Ekaterimburgo- fue terminada hace bastantes semanas. En mi barrio soy testigo desde hace más de tres años de cómo se ha trabajado a destajo para tener a punto con mucha antelación el estadio del Dinamo, una de las instalaciones de apoyo en la que entrenarán algunas selecciones nacionales. Moscú me sorprende en cada paseo vespertino con alguna plaza remozada, nuevos y rutilantes restaurantes de cocina de aquí y de allá, bulevares que se ensanchan a costa de no se sabe qué (los siete carriles por sentido se mantienen y a ver quién es el guapo que quita alguno). Como los andenes del metro, las cúpulas de las iglesias ortodoxas brillan como patenas, más aún que de costumbre.

Los rusos, cansados de ser los malos de la película, quieren cambiar esa imagen

Los moscovitas en particular y los rusos en general tienen ganas de enseñar al mundo la majestuosidad de esta capital y la profundidad de esta civilización. Están cansados de ser los malos de la película y quieren que los extranjeros los conozcan y disfruten de Rusia. "Por lo que he podido constatar hablando con mucha gente, el Mundial para los rusos no tiene tanto que ver con la competición futbolística en sí como con mostrar sin mediaciones al mundo su país, del que están muy orgullosos; quieren que los visitantes disfruten de la belleza de sus ciudades, conozcan su cultura, sepan de forma directa cómo es la Rusia de hoy", explica el periodista argentino Marcos Calligaris, cuatro años en Moscú.

El entorno de la Plaza Roja -epicentro de la capital y del país- sintetiza la Rusia que quiere lucirse ante el mundo. La catedral de San Basilio se puede contemplar ahora en toda su majestuosidad desde la explanada donde antaño se levantaba el mítico hotel Rossía, ahora convertida en una bella plaza. Cerca de allí se encuentra el centro internacional de prensa y hasta se han recreado distintos ecosistemas naturales de Rusia, incluido un bosque de abedules y abetos, para recordar a los guiris que desde allí también se gobierna la lejana estepa siberiana. Los restaurantes lucen diseños inspirados en la gloriosa cosmonáutica de la URSS y las marcas de helados soviéticas se exhiben en tenderetes retro. Testigos mudos son, cómo no, el río Moskvá y el Kremlin con sus torres, iglesias y palacios. Habría que remontarse a los Juegos Olímpicos de Moscú del año 80 para imaginarse algo parecido a lo que nos espera y todo apunta a que nunca como en el inminente Campeonato del Mundo Rusia habrá recibido en su historia a tantos miles de extranjeros de procedencias tan dispares en un lapso tan breve como el de apenas cinco semanas. "Ayer traje del aeropuerto a una pareja de Corea del Sur y nos llevamos diez minutos para entendernos. Estoy aprendiendo un poco de inglés y también un par de frases en español para el Mundial. ¿Tú eres del Real Madrid? Mi ídolo es Cristiano Ronaldo", me cuenta con brillo en los ojos Abdulbek, taxista moscovita natural de la república rusa de Chechenia. La pasión futbolera está en el Cáucaso.

Esta noche los termómetros caerán a los diez grados en Moscú (la selección española llegó a la sureña Krasnodar, mil trescientos y pico kilómetros de distancia y diez grados más en el mercurio) pero es junio, y el verano para los rusos comienza con el mes. No hay tiempo que perder. La Plaza Roja -ya está preparada una tribuna blanca, azul y roja junto al mausoleo de Lenin-, las elegantes calles de Nikolskaya y Tverskaya, el entorno del Patriarshie de El maestro y Margarita, el parque Gorki o el coqueto bulevar de Chistie Prudy están pletóricos de vida a esta hora, con los restaurantes y las terrazas a tope. En la plazoleta interior de esta calle de diseño soviético donde vivo los vecinos toman el fresco -nunca mejor dicho- igual que en cualquier pueblo de Andalucía. Mi tierra está a cinco mil kilómetros de aquí, pero las tertulias de fornidas señoras, el cuarentón parado que sale a fumarse el cigarrito en el banco con la camiseta de tirantas y las parejas que pelan la pava se parecen demasiado a las de allá abajo.

El ruso es vitalista y consciente de que aguardan sin remedio seis largos meses de frío y nieve a la vuelta de la esquina. No hay tiempo que perder. Aunque lo disimulen bien, mis vecinos están deseando recibir al mundo y que el mundo disfrute de este país de los extremos que me acoge con cariño desde hace casi cuatro años.

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