En tierra de Dioniso | Crítica Grecia entre brumas

  • El nuevo libro de María Belmonte recorre la región de Macedonia desde la antigüedad hasta nuestros días, mostrando la singularidad de un territorio que trasciende el estereotipo clásico

María Belmonte (Bilbao, 1953).

María Belmonte (Bilbao, 1953). / Ainhoa Gomà | Acantilado

Decimos Grecia y pensamos en el país solar por excelencia, una tierra luminosa que durante siglos ha atraído, del mismo modo que Italia, a los "peregrinos de la belleza", como los llamaba María Belmonte en su espléndida colección de estampas dedicadas a los viajeros por los dos países mediterráneos. Pero hay otra Grecia que tiene, dice la misma Belmonte con palabras del cineasta Theo Angelópoulos, "una belleza diferente, menos sonriente, más oscura, más críptica y subterránea". Una Grecia, radicada en el norte de la península, también bañada por el mar e impregnada de cultura antigua, pero a menudo envuelta en niebla, que sugiere a la vez misterio y melancolía y no responde a la imagen más extendida. Es la parte del país que permaneció más tiempo bajo el dominio otomano, una zona mestiza, marcada por la sucesión de culturas y movimientos migratorios, "donde el mundo griego se funde con la sensibilidad oriental y balcánica", poco frecuentada por los viajeros del Grand Tour y a la que tampoco los turistas, más seducidos por la idea del "eterno verano", han prestado demasiada atención. A ella le dedica Belmonte este hermoso ensayo que abre el campo del filohelenismo en un sentido también histórico, pues abarca la historia bizantina y moderna de una región, la Macedonia griega, cuya proverbial diversidad resulta de la suma de múltiples influencias.

Belmonte enfrenta la idea de la Grecia apolínea en los términos fijados por Nietzsche

No es casual la mención a Dioniso del título, que enfrenta la idea de la Grecia apolínea en los términos famosamente fijados por Nietzsche. Belmonte sigue a autores como Dodds o Walter Burkert para resaltar el componente salvaje de su culto –y de la primitiva cultura helénica, muy alejada del mesurado ideal de Winckelmann– y recuerda en la primera parte, dedicada a la "tierra homérica" de Macedonia, que Eurípides compuso su espeluznante última tragedia, Las bacantes, durante su estancia postrera en un norte que los propios griegos consideraban semibárbaro. Tras contar en esa primera parte la historia del reino que alumbró la edad helenística o greco-macedonia, de la mano de las conquistas de Alejandro y antes de su padre Filipo, que llevaron la cultura de Grecia a los confines del Oriente conocido, la autora narra en la segunda, un canto a la "belleza de las ruinas", seis emocionantes visitas a la antigua capital, Pela, las tumbas de Lefkadia, el Ninfeo de Mieza donde enseñó Aristóteles, la Estagira natal del filósofo, la ciudad sagrada de Díon y la primitiva capital macedonia, Egas, descubierta por el arqueólogo Andrónikos en el pequeño municipio de Vergina. En la tercera, Belmonte aborda los mil años de la institución monástica en el Monte Athos, aún hoy vetado a las mujeres, un enclave alucinante que sólo puede, para su desgracia, contemplar desde la distancia. En la cuarta y última, recorre la historia de Tesalónica, "una ciudad poblada de fantasmas y de tesoros ocultos", verdadero palimpsesto en el que se superponen las capas griega, romana, bizantina e islámica, sin olvidar la importante presencia de la comunidad sefardí que fue casi completamente aniquilada en la Shoah. Perdida Constantinopla, la que fue segunda capital del Imperio de Oriente, en la que apenas queda nada que recuerde la dominación turca, es hoy considerada el principal símbolo de la civilización de Bizancio en territorio griego.

El relato fluye entre la historia, las fuentes literarias y las impresiones sobre el terreno

El curso del relato de Belmonte fluye de modo muy personal entre la historia, las fuentes literarias y las impresiones sobre el terreno, que sobre todo a la hora de describir los paisajes alcanzan notas de hondo lirismo. Predispuesta a la epifanía, la autora experimenta momentos de profunda comunión con la naturaleza, evoca el esplendor del pasado a partir de los mínimos pero significativos restos conservados y encadena con elegante libertad innumerables referencias, que cruzan los siglos en un sugestivo panorama de conjunto. La vista de una humilde flor de azafrán, la compañía de los mirlos en la floresta, la soledad de un promontorio o la meditación en los bancos de madera, situados en lugares escogidos, le revelan el genius loci o espíritu del lugar, teorizado por Vernon Lee, que en la agreste Macedonia tiene mucho que ver con las montañas y los lagos, los ríos y los bosques, la bruma que los dota de una tonalidad metafísica. Es, nos dice, otra forma de exuberancia, que se relaciona con lo que vemos pero también –como en todo verdadero viaje– con lo que al mirar llevamos dentro.

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