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Sergio del Molino. Escritor. "Hemos olvidado que nuestro cuerpo también condiciona nuestra identidad"

  • El autor de 'La España vacía' regresa con 'La piel', un libro en el que comparte su experiencia con la psoriasis y en el que reflexiona sobre cómo nuestro físico afecta a la relación con los otros

El escritor Sergio del Molino. El escritor Sergio del Molino.

El escritor Sergio del Molino. / Patricia Garcinuño

"La epidermis: allí llevamos a los amigos muertos. Las borracheras que compartimos con ellos quedan por siempre entre los poros y el vello, se arrugan conforme el colágeno se endurece y se transforman como nos transformamos nosotros. Si un restaurador nos examinara con rayos X, descubriría mil capas de bocetos y repintados, firmas ilegibles de artistas que olvidamos y hasta formas borrosas de hijos que no llegaron a nacer". En La piel  (Alfaguara), Sergio del Molino (Madrid, 1979) indaga en ese misterio que envuelve nuestro cuerpo y con el que nos presentamos al mundo. El autor de las  aplaudidas La hora violeta y La España vacía comparte en este libro su experiencia con la psoriasis y acude a otros personajes célebres que han padecido la enfermedad –Stalin, Cyndi Lauper o los escritores Vladimir Nabokov y John Updike– para reflexionar sobre conceptos como la sospecha que recae sobre quien es distinto y la soledad de quienes son catalogados o simplemente se sienten como monstruos.

–Usted se pregunta en el libro si existe alguna correlación entre sus manchas de psoriasis y su "forma de estar en el mundo". La piel trata de eso, de cómo esa capa nos condiciona en nuestra relación con los otros.

–Esa es una pregunta que nos hemos dejado de hacer, y sigue siendo pertinente. Hemos disociado mucho el cuerpo y la mente, y probablemente para bien, porque es un imperativo democrático no asociar la monstruosidad física con la monstruosidad moral como hemos hecho habitualmente. Digamos que ahora tenemos integrados a los monstruos. La paradoja es que estamos en una sociedad hipersexualizada en la que el cuerpo y la apariencia son importantísimos, pero al mismo tiempo los consideramos banales, no los incluimos como parte de nuestra identidad, y sin embargo sí que lo son. Hemos llegado a ver sorprendentes algunas de las ideas que recojo en el libro, como el hecho de que una enfermedad de la piel marque tu personalidad, y lo hace hasta extremos muy profundos.

–En un pasaje del libro, se habla de la psoriasis "como un enemigo ya casi vencido". Usted cuenta cómo renunció al tratamiento y tuvo que volver. Ha vivido una odisea...

–Sí, pero renunciando a la terminología bélica. Updike hablaba de una guerra con su piel, y es difícil escapar de esa metáfora. La psoriasis ya de por sí es una enfermedad cuya concepción es bélica: los anticuerpos enloquecen y atacan al propia cuerpo creando una reacción inflamatoria. La relación de cualquier enfermo crónico con su mal es muy caótica y complicada. Ser enfermo requiere de una disciplina que muy poca gente tiene, hasta los diabéticos caen y se atiborran de lo que no deben comer. Todos caemos, todos nos rendimos. Yo probablemente sea el enfermo menos modélico que existe.  He vuelto humillado muchas veces a la dermatóloga.

"A pesar de las barbaridades que se viven en EE UU, el racismo remite. No es igual que hace un siglo"

–Es muy potente esa imagen de Stalin, que "podía cambiar el mundo, pero no podía dejar de rascarse".

–Me interesa mucho la idea de la enfermedad como destino, una visión trágica de la enfermedad, y eso se ve en la gente poderosísima. Alguien como Stalin, que podía causar el exterminio de un país entero con un chasquido de dedos, sin embargo no puede hacer nada contra su enfermedad. Su poder es inútil, y eso lo convierte en un personaje trágico. Esa idea del destino es muy poco adaptable a la mentalidad de hoy, a esa tiranía de la felicidad, que te dice eso de si tú quieres puedes, el futuro está en tus manos... Me gusta contrarrestar esa filosofía con un personaje que conquista las mayores cotas de poder que nadie ha tenido en la historia de la humanidad... y que no puede hacer nada frente a su enfermedad. 

Sergio del Molino. Sergio del Molino.

Sergio del Molino. / Patricia Garcinuño

–En un capítulo en el que trata el racismo recrea la sorprendente historia del Negro de Banyoles, un africano cuyo cuerpo fue disecado y exhibido. Hoy no se permitirían propuestas como esa, pero el problema racial sigue ahí...

–Sí, sigue ahí, pero lo que nos puede consolar es algo que está en el libro, que el racismo es una cuestión cultural, histórica y aprendida. La humanidad no ha sido racista siempre por defecto, no es un rasgo natural ni una respuesta antropológica que esté en nuestra especie. Ese racismo no está en nuestro ADN, lo hemos aprendido, y del mismo modo que lo hemos aprendido lo podemos desaprender. Pese a la barbaridad que estamos viviendo en EE UU, el racismo retrocede, cada vez más. No es igual ahora que hace un siglo o dos. Es verdad que en EE UU la raza condiciona tu relación con la Administración. En todos los impresos, algo que a los europeos nos resulta inconcebible, tienes que poner de qué raza eres. Y eso marca, y el Estado te va a tratar de un modo distinto si perteneces a una raza o a otra. Pero también eso va en retroceso. A diferencia de una enfermedad, que es un destino si no se encuentra una vacuna o un remedio, el racismo sí es algo que nos quitaremos de encima. Estamos en el proceso.

–No se muestra muy entusiasta con la canción que Cyndi Lauper dedicó a la lucha contra la psoriasis. Las buenas intenciones, a veces, no son suficientes.

–Con buenas intenciones no se hace nada que sea culturalmente relevante. El arte se hace siempre desde el egoísmo. La música, la literatura, toda creación está escrita desde la necesidad de expresión más genuina y personal. Si quieres hacer el bien, vete a Médicos Sin Fronteras. Ahora, desde un punto de vista progresista, el arte tiene que justificarse, que hacerse perdonar, que ser útil, generar debate, ser como un editorial de prensa, y ahí es donde nos lo cargamos. 

"Hoy el arte tiene que concienciar y ser útil. Pero si quieres hacer el bien, mejor vete a Médicos Sin Fronteras”

–Expresa su admiración por Nabokov, al que define como "némesis de Stalin". Es uno de esos nombres que genera cierta incomodidad, como Woody Allen o Clint Eastwood.

–Mi amigo Rubén Amón decía que había hecho este libro como una excusa para hablar de Nabokov, y creo que tiene razón. Siento que debo tratarlo con una ternura que se le está negando. Presentar a Nabokov como un monstruo no se sostiene, ni acudiendo  a sus libros ni acudiendo a su biografía, no sé cuál es su crimen, y creo que esa corriente que lo señalaba está desinflándose porque había llegado a cierto delirio. El Nabokov que yo veo es un hombre frágil, ensimismado en su literatura, que sobrevive a los peores terremotos del siglo XX, alguien que vive y caza mariposas y que se rebela así contra toda la barbarie. Si no fuera tan discutido, si no hubiese gente que pensara por Lolita que es un instigador de pederastas y violadores, tal vez yo no habría puesto tanto énfasis en defenderlo.     

–Escribe en La piel que "sólo se puede opinar desde la ignorancia", que no sabemos nada. Y es curioso que lo diga usted: La España vacía es uno de los libros que más ha influido en la opinión pública...

–Sólo se puede opinar de forma vehemente frente a algo que ignoras. En el momento en el que eres consciente, empiezas a matizar y te das cuenta de lo que no sabes. Yo tengo una faceta de predicador en la radio y en la prensa, pero en La España vacía planteaba un ejercicio literario, un ensayo que indaga en cómo, a través de la Historia y las expresiones culturales, hemos mirado el campo español. Luego el debate ha seguido por otros derroteros, pero yo no he participado.

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