Cultura

El mono lógico

  • Borges no sólo concibe los campos del saber como producto de la fantasía: introduce el azar y la duda en el ámbito más rígido del conocimiento científico.

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Al comienzo de Las palabras y las cosas, Foucault admite que dicha obra tiene su origen en un texto de Borges recogido en Otras inquisiciones. También Umberto Eco, al urdir la trama de El nombre de la rosa, no hará sino trasponer, a la disputa escolástica del siglo XIV, cierta idea del conocimiento, de su extensión, de su probable carácter ilusorio, que se deriva de La biblioteca de Babel inserta en El jardín de los senderos que se bifurcan. En ambos casos estamos ante la prolongación, digamos filosófica, de un empeño literario. En ambos casos cabe aducir que el triunfo ulterior de Borges ha sido éste de configurar, de alguna forma, el pensamiento contemporáneo. Y sin embargo, la literatura de Borges -la literatura en Borges- es hija de la imaginación, y no de un arduo proceso especulativo. Aun así, es posible establecer el modo en que que ambos hemisferios se saludan y, tal vez, se encuentran. Al cabo, lo que se elucida en Borges, orlado por una erudición irónica y desmesurada, es la posibilidad misma de saber y las diversas fórmulas que ha ensayado el hombre para conocer el mundo. Ésta es, sin duda, competencia del filósofo. Pero es privilegio del poeta -y Borges lo fue en grado eminente-, dotarla de una expresión particular, donde la vida afluya y se remanse.

Añadamos que Borges presenta como subgénero del terror (de un terror metafísico, de un miedo primordial), lo que para el filósofo es un problema lógico. Aun así, los materiales que utilizan son los mismos: lo que Hofmannsthal y Perutz y Gustav Meyrink harán en la literatura de primeros del XX, evidenciando el carácter problemático -y acaso irreal- de la realidad, lo resume Wittgenstein en su célebre punto siete del Tractatus. No obstante, Borges rehuye esta literatura perpleja y abatida de la Gran Guerra (no así su carácter laberíntico, su fuerte componente onírico) para acudir a otras fuentes, que ya estaban en el modernismo de Lugones, pero que se transfiguran sustancialmente. El Borges de Ficciones, el Borges de El Aleph y el Libro de sueños, es tributario tanto del vago cientifismo de Allan Poe como de aquella erudición, devenida herramienta de lo ilusorio, que usarán el Apollinaire de El Heresiarca y Cia. y el Marcel Schowb de las Vidas imaginarias. Sobre este giro crucial del arte de entresiglos debe extenderse y entenderse la literatura de Borges. Una literatura que no sólo concibe los diversos campos del saber como un producto de la fantasía humana (de hecho, como diversas ramas de una misma literatura), sino que introduce la imprecisión, la duda y el azar en el ámbito más rígido y fiable del saber científico. Con lo cual, si el Hofmannsthal de la Carta de Lord Chandos se limitaba a subrayar la insuficiencia del lenguaje, de cualquier lenguaje, para escrutar lo real, el Borges de los años 40 no hará sino utilizar esa falla para fabular lo extraño, lo aciago, lo improblable.

Con esto no se quiere decir, en absoluto, que Borges fuera un mero, aunque excepcional, relativista. El talento de Borges es de otro orden; de ahí el interés suscitado en el pensamiento contemporáneo. Más allá de su marcado laconismo, en Borges se extrema y se resume una vieja inquietud del XIX: aquélla de conocer, a través de la ciencia, lo que para la ciencia es aún inconcebible. Bastaría el Frankenstein de Mary Shelley, o el conmovedor espiritismo de Conan Doyle, para ilustrar este problema. Con todo, y a diferencia de sus predecesores, Borges ya no posee la arrebatada fe del Poe que escribe Eureka. Borges sabe ya que las ciencias son un lenguaje, un modo de apropiación y análisis, y como tal se limita a especular con sus límites. Pero Borges sabe otra cosa, que quizá ha aprendido de Adisson; tanto las ciencias como las artes son obra de la imaginación, y no de un simple afán reproductivo. Esto significa que el mundo y su explicación científica quizá no coincidan nunca; pero esto significa, en mayor grado, que el hombre es hombre -y el mundo, mundo- en cuanto que existe esa capacidad para la especulación abstracta. Los cuentos antitéticos de Funes el memorioso y Tlön, Uqbar y Orbis Tertius así nos permiten colegirlo. Y aún nos permiten colegir otro ámbito de la ficción borgiana, inextricablemente unido a cuanto hemos dicho. Tanto como la Historia, tanto como el cálculo diferencial de Newton y Leibnitz, los sueños son un producto principal de la imaginación humana. De modo que los sueños en Borges, como antes en Cunqueiro y después en "lo real maravilloso" de Carpentier, se ofrecen con el tono visionario y dramático de las Escrituras, o con la fría certidumbre de las Mil y una noches, pero nunca con el resabio clínico, vale decir traumático, que le otorga Sigmund Freud.

Un último aspecto en la literatura borgiana quizá nos permita explicar, desde otro ángulo, el interés de Foucault señalado más arriba. Para Borges, la imaginación es un órgano que adultera y modifica el mundo. No su concepción, sino el mundo mismo, observado bajo las propias reglas que el hombre se ha impuesto. De este principio se han derivado algunas ideologías, no exentas de determinismo. Para Borges, sin embargo, de dicha posibilidad se infiere algo más modesto y sin duda más extraño: el hombre es un mono lógico que sueña -que ha concebido- el terror, la maravilla, lo innombrable.

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