Juan F. Rivero | Poeta "Vivimos pensando en el futuro, y eso nos genera mucha ansiedad"

  • El autor publica 'Las hogueras azules', un bellísimo poemario que reivindica la aceptación de la vida tal como es y que se inspira en la poesía oriental

El poeta Juan F. Rivero (Sevilla, 1991). El poeta Juan F. Rivero (Sevilla, 1991).

El poeta Juan F. Rivero (Sevilla, 1991). / Enrique Fuenteblanca

"Lo que ahora os pido es que penséis solamente en la gota de lluvia, y en los poemas que surgen como ella, inesperados (...) poemas cuya esencia reside en advertir vida en el aire y ofrecerle un espacio en que nacer (...) y cuya técnica está, más que en cualquier oficio u estructura, en prepararse para lo espontáneo: en abrir el lenguaje, el cuerpo y la memoria al tacto breve y súbito de la imaginación", escribe Juan F. Rivero (Sevilla, 1991) al principio de Las hogueras azules (Candaya), un bellísimo poemario, sutil y emocionante, en el que el autor se inspira en las tradiciones literarias de China y Japón.

Rivero era "aficionado", como lector, a la poesía oriental, pero no vislumbraba que en ella encontraría la senda por la que transitar tras su primer libro,  Canícula. "En un principio tenía entre manos otra obra, pero era muy oscura, me desgastaba emocionalmente y no fui capaz de terminarla, la abandoné", recuerda. Pero de aquel proyecto frustrado sí tomó algún elemento.  "En el último proceso de escritura de ese libro me planteé el ejercicio de contar, simplemente, lo que ocurría a mi alrededor, de observar de la manera más atenta posible las cosas que sucedían en torno a mí, de intentar transformar la experiencia en poema. No forzar que las cosas fueran, sino esperar a que llegasen, fue casi sanador a nivel personal y muy interesante con respecto al estilo. Tanto fue así que abandoné el poemario que pensaba hacer y tiré por otro camino", reconstruye. Y entonces fueron prendiendo Las hogueras azules, y Rivero comprobó cómo se encadenaban versos despojados de artificio que en su sencillez contenían una verdad rotunda: "Bajo el cielo hay mil pájaros / cuyo nombre no sé". O estos otros: "Amanecer, / sobre la piel del mundo / una esfera incendiada".

El poeta tomó la lírica oriental como modelo, pero descartó ser "purista" al abordar esos referentes y, dadas las "diferencias" que mediaban "entre mi español de Andalucía y las lenguas japonesa y china", decidió "explotar al máximo la heterodoxia" en su propuesta. "Calcar algo que procede de tradiciones tan distintas está condenado al fracaso. Lo que yo he procurado hacer en mi aproximación a ese legado ha sido intentar comprenderlo lo mejor posible, y ajustar a esos espacios mi propia poética", asegura Rivero, que ha adoptado fórmulas como el Haibun –así, de hecho, se titula uno de los fragmentos–, una composición que combina la prosa, una prosa reflexiva, y el haiku y en la que el autor se desvela por describir  la luz de Madrid en esa etapa que oscila "entre el final del invierno y el comienzo de la primavera (...) Finalmente, y tras tanto buscarlo, hoy he escrito el poema que esperaba: Oro y coral / –siempre esta luz sin nombre / en primavera–, tibieza viva, / vidrio. Amanecer".

Juan F. Rivero. Juan F. Rivero.

Juan F. Rivero. / Enrique Fuenteblanca

Rivero, que es especialista en literatura oriental e imparte talleres sobre la materia, ha recogido "de forma separada" las tradiciones de Japón y de China. De la primera, presente en las partes iniciales del libro, ha buscado "la capacidad que tiene de condensar en un espacio mínimo muchísima información, sin que resulte abigarrado e inaccesible, sino desde una aparente claridad que esconde todo un universo de significados autorreferenciales". En los tramos finales la referencia ya es otra: una línea "entre lo votivo y lo ornamental", que dialoga con la pintura y con las artes, más propia de las letras chinas y donde los techos de una cueva, un biombo o un abanico permiten al poeta "expresarse plenamente". Nada que ver con un preciosismo culturalista y gélido: el poeta toca el corazón de las cosas, el suyo propio. "Sentimos miedos nuevos / cada vez que diluvia / y asignamos un nombre / a las cosas que amamos", anota Rivero en Poemas para un biombo sobre la tristeza.

En Las hogueras azules predomina un tono celebratorio, en las antípodas de aquel poemario oscuro que barajaba inicialmente Rivero: "He descubierto al fin que la alegría / consiste en no creer: / la vida basta". "Nosotros –expone– tendemos a vivir, y yo especialmente, proyectados al futuro, y eso nos genera ansiedad. Y esta forma de mirar, que consiste en no convertir lo que te rodea en lo que tú quieras, sino en  adaptarte tú a lo que hay, es tranquilizadora. Al final se trata de asumir cómo es la vida, saber que la vida basta, y que el trabajo de un poeta es celebrarla tal como es, no como pretendes que sea". Y poder cantar, por ejemplo: "Cuando es denso el calor, / al mediodía, / busco junto a los gatos / el frescor de las sombras". O bastarse con otro milagro  cotidiano: "no tener nada / salvo un montón de libros / y unas manos distintas de las propias / entre las que dormir".

Una plenitud, no obstante, que convive con lo vulnerable, con lo que se quiebra. "Son las últimas tardes de febrero. / Las cosas son tan bellas que se rompen", advierte el poeta en un fragmento. "Recordad siempre:", dice en otras líneas, "no hay nada más hermoso / que ser frágil / en un mundo infinito". "Digamos –analiza Rivero– que he llegado a ese estado de contemplación que asume cómo es el mundo, pero dentro de esa conciencia no se me escapa una idea: que la vida es fácil destruirla".

"Un libro de poesía, cualquier libro, no se termina de construir hasta que alguien lo lee. Es una conversación"

En Las hogueras azules se percibe una unión del hombre con la naturaleza, y a menudo los rasgos de un río o un bosque y los estados de ánimo se hermanan y confunden. "Noviembre. / La tierra casi blanca del camino / salpicada del rojo de los árboles. / También mis pensamientos se deshojan". Un diálogo en el que podrían apreciarse ecos de las tradiciones orientales, pero, "curiosamente", matiza Rivero, "ese interés por la naturaleza ya estaba en lo que he escrito antes. Esa frontera que trazamos es ilusoria: uno forma parte del paisaje, y el paisaje forma parte de uno. Hay un poema en el que se dice estos campos quemados son mi piel que me surgió en un viaje en AVE hasta Sevilla, cuando tuve la sensación de que yo estaba también al otro lado de la ventanilla, imaginé que yo también era eso".

Las hogueras azules propone también una reflexión sobre el proceso creativo: "Amo escribir, / las hogueras azules / del lenguaje / confortan", proclama Rivero, que habla en otro fragmento en prosa de "trabajar la lengua como un ala, acostumbrarla a desplegarse y a batir. Por eso siempre quise hablar de lo difícil, de lo oscuro, lo bello, de las luces que escapan y los gestos que hieren". Reflexiones con las que el poeta busca implicar a quien se adentran en sus versos: "Me interesa que el lector comprenda que también forma parte de la mirada de ese libro, que se está construyendo gracias a él, porque al final eso es un libro de poesía, eso son todos los libros, una forma de conversación. A mí me gusta hacerle saber, pero sin entrar en un lenguaje técnico o pesado, que está llenando los huecos con su propia experiencia, con su perspectiva". Y desvelarle, de paso, que un tanka o un haiku no son estrofas remotas, sino poemas "fulgurantes e intensos como blancos jazmines" en los que late "la parte vegetal del corazón". 

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