PREMIO PRINCESA DE ASTURIAS DE LAS LETRAS 2020 Las escrituras de Anne Carson

  • Ha levantado un mito sin dejar de subir actas en junio. El griego le ha permitido vivir en las palabras

Anne Carson (Toronto, 1950). Anne Carson (Toronto, 1950).

Anne Carson (Toronto, 1950).

Anne Carson, la poeta en lengua inglesa más importante de nuestro tiempo, va a misa todas las semanas. Dice que allí, sentada en su banco, busca pensamiento, no iluminación. Intuición, más que clarividencia. Y esa búsqueda suya está formada por un vínculo con el misterio, con el amor o el deseo, eso que no se ve ni se toca pero que nos conforma desde lo más esencial. Sabe que esos extremos son las formas posibles de sentirse uno mismo siendo otro; entiende que, como reconocía su admirada Simone Weil, la atención no es más que una oración. Y desde ese estado de alerta, desde esa disponibilidad hacia lo ausente, ha desarrollado una poética sedienta y basta: "No soy una persona con oído musical. A veces hago versos con cierta gracia, pero en general tienden a ser bastante toscos". Ella no se conforma con ser poco amable. "Quiero ser insoportable", apunta. Y así es. Carson es francamente insoportable. Desde que nos llegaran sus primeros libros, la poeta canadiense no ha dejado de trastocar el centro exacto de nuestras emociones para hacer de su fervor nuestro difícil destino.

Quizá no haya otro caso en la historia de la literatura de alguien tan inaccesible que madrugue para dar clases. Alguien que haya levantado un mito sin dejar de subir actas en junio. No vive el conflicto entre la dimensión académica y la creativa. Todo forma parte del mismo diálogo con el mundo y desde esa comunicación alimenta la intertextualidad que dota muchos de sus poemas. Ese gusto por la tradición clásica queda magistralmente plasmado en Eros (Dioptrías, 2015), donde Platón, Aristófanes, Safo, Arquíloco o Pitágoras, entre otros, son convocados para desentrañar las distintas fases del deseo y su relación radical con el entorno para así intentar tranquilizar al lector que desespera. El griego le ha permitido vivir en las palabras, encontrar en ellas el flujo primigenio de la existencia. Y lo enseña "porque una vez que lo descubres ya no tiene sentido hacer otra cosa". El éxito literario no ha engullido su vocación de aula, la necesidad de esa palabra compartida que transforma la tradición en conocimiento, en libertad.

En pocos meses, cogerá un avión desde Nueva York, donde reside, y viajará a Oviedo para recoger uno de los premios más importantes en nuestra lengua, y, lo más decisivo, pronunciará un discurso, dirá un puñado de frases desde las que abandonará por un momento ese irresistible desapego que recorre su obra y su vida para ampliarnos un poco más como seres humanos. Entonces podremos proclamar con alegría de domingo, como si estuviéramos en su mismo banquito, que, ahora sí, todo es bueno.  

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