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Diario de Italia | Crítica El viaje interior

  • Impedimenta publica la última obra de David B., grande del cómic europeo que vuelve aquí a desatar en su carnaval privado de obsesiones y manías

Autorretrato del guionista y dibujante David Beauchard, conocido como David B. (Nîmes, 1959). Autorretrato del guionista y dibujante David Beauchard, conocido como David B.  (Nîmes, 1959).

Autorretrato del guionista y dibujante David Beauchard, conocido como David B. (Nîmes, 1959). / D. S.

En los años 90, un grupo de jóvenes autores franceses de cómic (bande dessinée, o BD, es la expresión autóctona) se aglutinó en torno a la recién creada editorial L'Association. Se trataba de un grupúsculo de artistas contestatarios, hartos de la compartimentación de la historieta en viñetas y bocadillos, más hartos todavía de la larga sombra infantil que la tradición belga proyectaba sobre su trabajo. Algunos de ellos, entre los que hay que contar a Joann Sfar, Blutch o Christophe Blain, aparte de curtirse en el dibujo y las Bellas Artes, mostraban intereses de cierto corte heterodoxo por técnicas alternativas: la arquitectura, el diseño de interiores, la psicología, el cine mudo, el teatro oriental.

Todo ello contribuyó a dotar de un clima muy específico al movimiento surgido de sus sinergias, la llamada Nouvelle bd française, que, aunque poco difundida fuera de sus fronteras, ha supuesto un replanteamiento radical de los objetivos de la historieta en nuestro continente y de las herramientas formales que deben servirles. A quien no esté muy al tanto de todo esto le bastará con recordar los famosos álbumes de Marjane Satrapi y sus obra señera, Persépolis, para entender por dónde soplan los nuevos vientos.

David B., seudónimo bajo el que se oculta David Beauchard (Nîmes, 1959), es, si no el principal, uno de los mayores adalides del movimiento. De modo que su carrera puede leerse y no como una síntesis de lo que han logrado sus postulados hasta la fecha, de esas puertas que han abierto y aquellas otras que, también, han tenido que cerrar. Nada más cómodo que centrarse en la mayor de sus creaciones, la monumental La ascensión del gran mal (aquí en España Epiléptico, publicada primero por Sinsentido y ahora por Salamandra), un largo tapiz dilatado entre 1996 y 2003 en que B. nos narra sus traumas de infancia en torno a la enfermedad de su hermano Jean-Christophe, y de qué modo influyó dicho tormento en su vocación como autor y las relaciones con su familia.

Una página de 'Diario de Italia'. Una página de 'Diario de Italia'.

Una página de 'Diario de Italia'. / D. S.

Es interesante estudiar la evolución de la historia desde sus primeras entregas para comprobar cómo se desarrolla paralelamente la propia estética de quien la concibe: si las páginas iniciales son confesionales, íntimas, bastante afines todavía al medio de la época, a partir más o menos de la mitad B. comienza a dejarse arrastrar por su genio y comparecen los rasgos más señalados de lo que comprenderá su estilo. Muchos, repito, son imputables a la Nouvelle BD en general: la descomposición del espacio, donde el contexto queda más sugerido que representado por pinceladas al azar; el encuadre dramático, enrevesado, muy cinematográfico; la ausencia práctica de bocadillo, o su conversión en pie de página, al estilo del cómic prehistórico; la ausencia, también, de argumento lineal, perdido en una concatenación de anécdotas, a veces banales. Observo que la mayoría de estas innovaciones son carencias o vacíos: algo que suele soliviantar a sus detractores.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

En este sentido, su reciente entrega en Impedimenta, Diario de Italia, no supone sino un nuevo jalón en ese mismo recorrido. Es David B. en estado puro: lo que más nos entusiasma de su arte a quienes lo adoramos y, ay, también, lo que más detestan quienes le huyen. Igual que en Epiléptico, igual que en Los incidentes de la noche o El Jardín Armado, B. se libra aquí a su carnaval privado de obsesiones y manías: el esoterismo, la crónica negra, la proximidad de la locura, los callejones, las librerías de viejo, Jean Ray, los fantasmas, la muerte, los gatos, las herejías del pasado, el miniaturismo medieval, la alegoría. Todo ello servido en su inconfundible dibujo expresionista, cargado de arcaísmo y una fortísima impronta simbólica, y, sobre todo, bajo un título, Diario de Italia, que no tiene más remedio que despistar a los menos prevenidos. Porque (otra constante del autor) no hay hilo conductor aquí que asemeje el periplo a un viaje, a una travesía con presentación, nudo y desenlace por paisajes más o menos reconocibles: todo discurre en la mente del propio B., en su insomnio o su duermevela, y retazos de visitas a calles de Trieste y Venecia se combinan con recuerdos de juventud, historias oídas en las sombras, lecturas apagadas, viejas películas de antaño, monstruos totémicos, muchos monstruos.

Otra muestra de la obra. Otra muestra de la obra.

Otra muestra de la obra. / D. S.

Confesamente interesado en el ocultismo, la literatura fantástica, la psiquiatría y el surrealismo, la obra entera de David B. (y Diario de Italia es una muestra ejemplar) consiste en un buceo por el imaginario subconsciente de nuestra humanidad, en busca de los signos que sepan despertar antiguos terrores, antiguas fiebres y también certezas viejas: su uso único de las técnicas artísticas del pasado (medievales, primitivas), aliado al de la iconografía de etnias distantes (orientales, africanas) convierte sus álbumes en auténticas exploraciones del mito, de las dimensiones desconocidas que nos rodean y de la necesidad de penetrar en ellas para hacernos cargo de la verdadera dimensión de nuestra identidad como individuos. Así que bienvenido sea un nuevo capítulo de esa aventura.

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