De libros

El conde se hace mayor

  • Leonardo Padura publica 'La transparencia del tiempo', una novela en la que regresa su carismático y melancólico detective habanero, ahora tras la pista de unos traficantes de arte

El escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, 1955), durante una visita a Sevilla en mayo de 2016. El escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, 1955), durante una visita a Sevilla en mayo de 2016.

El escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, 1955), durante una visita a Sevilla en mayo de 2016. / juan carlos muñoz

Leonardo Padura ha escrito dos tipos de libros, los de la serie de Mario Conde, su detective habanero, y otras novelas de imprescindible aroma cubano que no se atienen a la trama detectivesca del género negro. A estas últimas pertecene El hombre que amaba a los perros, que es la obra cumbre de un escritor que todavía tiene que dar bastante de sí, aunque será recordado por esta historia en torno al hombre que asesinó a Trosky. No es que las otras lo desmerezcan -La novela de mi vida es espléndida-, pero la de Ramón Mercader y sus galgos rusos es una obra cumbre. En su último libro, La transparencia del tiempo, la que nos ocupa, Padura avanza en estas dos líneas convergentes, es una novela-novela, pero, a su vez, es un volumen más de la serie de Mario Conde.

Conde, el Conde, es una creación perfecta para mostrar una cara oculta de la Cuba de los Castro. Leonardo Padura es un superviviente cubano, alguien que ha decidido permanecer en la isla a pesar de sus miserias y de su ausencia de oportunidades, mientras todos, o casi todos, sus amigos se fueron marchando a España, a Canadá o a Miami. Fue la generación mejor formada del país, extraordinarios profesionales, hombres del futuro que fueron creados para un mundo que, sin embargo, no aguardaba ningún futuro. Padura, Premio Príncisa de Asturias 2015, no es un tipo popular para el régimen, es un escritor tolerado, una oveja descarriada de un mismo rebaño que ha decidido salirse del carril sin aspiraciones de perro pastor. Padura fue comunista, lo que llevó a Zoé Valdés a acusarlo, de modo injusto, de ser una coartada del castrismo.

Guillermo Cabrera Infante necesitaba la música cubana para seguir escribiendo en su casa de Londres, oía a la Lupe mientras escribía sobre la isla. Padura también necesita a Cuba para escritor, ésa es la única razón por la que no se ha marchado, requiere de un patio, de un frutal y del tiempo cambiante del Caribe.

Mario Conde es el inspector de la Policía que nos muestra la cara social de Cuba, está emparentado por su fragilidad sentimenla y anímica con Montalbano y por la mesa con Pepe Carvalho. Son tipos solitarios, reflexivos, inyectados de cierta moral, pero a diferencia del Wallander de Mankell, el Conde rastrea por las calles de la Habana, no por el sur de Suecia. El Conde cuenta con una tribu de amigos, su paisanaje, todos conocidos del preuniversitario -el preu-, que conforman las diversas direcciones de esa generación de desencantados. El Conejo, el Palomo y otros tantos que se marcharon, los retales del comunismo cubano que ofician en casa del Flaco, que ya no es delgado, sino muy gordo, porque la guerra de Angola lo dejó postrado en una silla de ruedas y en su casa engorda con el ron y las pantagruélicas comidas que prepara su madre, la Jose. "Jose, ¿pero de dónde tú sacas tanta comida en esta isla?".

La novela negra es esto, un paisanaje y la obsesión política (social) por unos temas hilados mediante una trama detectivesca. La obsesión de Padura es la corrupción de un régimen nacido de la superioridad moral de la izquierda, el trato a los homosexuales en la isla, la ausencia de aspiraciones como escudo de los vencidos, la carestía material, y todo esto aderezado con plátano frito, arroz, pollo, espléndidas mujeres, poesía, mucha música y ese pueblo racial que es fruto de otras tres razas, la española, la negra y la china.

En La transparencia del tiempo, Conde se ha hecho mayor, ronda los 60 años, vive acompañado y se encarga de buscar el rastro de una Virgen negra tallada en madera, una figura sagrada, mágica, que nos lleva al medievo catalán, una moreneta que le sirve para ir pasando las hojas de otra historia. No es la primera vez que utiliza este recurso, nos es novedoso en su literatura este ir y venir desde otros tiempos pretéritos, aunque en esta ocasión la trama de la talla se extiende más allá de las 400 páginas sin que la Virgen pese tanto.

Pero el hallazgo de la novela no es la románica moreneta, sino la quiebra de la desigualdad en la isla. Hasta ahora, en Cuba había dos clases, la política, compuesta por los jerarcas del régimen y sus familias, y el resto. El resto aguantaba, tuvo una buena educación, una sanidad aceptable y comía lo suficiente en un territorio agradable para la vida, y esto fue así hasta el periodo especial, entonces se jodió el pacto social y Cuba comenzó a criar delincuentes tan jodidos como el resto de países. Ahora es peor, los paladares de lujo conviven en la misma ciudad con una suerte de favelas donde sobreviven los emigrados del Oriente cubano, franjas de miseria material, ya no es una Cuba donde los palacios se vienen abajo, sino chabolas que crecen ante las puertas de un régimen que, maliciosamente, propuso cambiar la libertad por la igualdad.

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