Amor en fuga | Crítica Verlaine, humorista

  • Atheinaca recupera, un siglo después, la obra narrativa de Verlaine, compuesta por tres relatos y una pieza dramática de un solo acto

Imagen del poeta Paul Verlaine. Imagen del poeta Paul Verlaine.

Imagen del poeta Paul Verlaine.

En este breve volumen, y bajo el título de Amor en fuga, se recoge la exigua obra narrativa de Paul Verlaine, publicada por vez primera en 1886 con el nombre de Louise Leclerq, y que venía compuesta por tres relatos y a una obra dramática de un sólo acto: Madame Aubin. Los tres narraciones, Louise Leclerq, Pierre Duchatelet y El Poste, aunque de distinto tono e intención, poseen, no obstante, cierto humorismo à la Daumiere, de carácter tierno y vejatorio, cuyo objeto final parece ser la burla de la burguesía Segundo Imperio, heredera de aquella retratada por Balzac hacía tres décadas. Señalemos, aun así, cierta particularidad de la escueta narración titulada El Poste. Bajo ese nombre se esconce un relato de terror psicológico que homenajea expresamente a Poe, y donde el amor, tema principal de las cuatro composiciones, se ofrece a la luz incierta de la pesadilla.

En las oportunas líneas que César de Bordons, traductor y prologuista, dedica a la recuperación de este Verlaine narrativo, se abunda tanto en la difícil situación económica del poeta (recordemos el artículo de Alejandro Sawa donde se narra la muerte de Verlaine y las dramáticas palabras de Catulle Mendès), como en el paralelismo entre sus personajes y el propio poeta. Lo cual es, obviamente, una hipótesis plausible, que se despliega sobre aquel fondo de incertidumbre y desdicha de la bohemia. Sin embargo, este Amor en fuga puede verse, también, como una refinada prueba de humorismo que no quiere llegar a lo grotesco y que acaso tenga relación con el viraje religioso, con la conversión al catolicismo, de Paul Verlaine.

ecordemos, a este respecto, la composición que dedica a Felipe II, en sus Poemas saturnianos, y cuyo verso final no es el esperado en un poeta francés del XIX: "Felipe Segundo estaba a la derecha del Padre". Pero recordemos, en primer término, la novedad que trae Verlaine, más allá de sus ternuras y galanterías, y que engloba el terror de Poe, la sátira burguesa y el temblor ante aquella "Edad Media, enorme y delicada", que tanto amó el poeta. Me refiero, claro está, a la propia naturaleza del Modernismo, que no es sino la utilización estética de la Historia. O si se prefiere, el uso estético de una previa moralización histórica, como había sido el Romanticismo.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

En Rubén, en Valle, en Lugones, en Marcel Schwob, es fácil reseguir esta novedad, no tanto temática como conceptual, que se despoja del viejo temblor gótico para encontrar la belleza, la sensualidad, el terror, etcétera, en todas las manifestaciones artísticas del hombre. Recordemos que Ruskin, célibe y tardorromántico, deploraba, en Las piedras de Venecia, a la vista de San Giorgio Maggiore, desde la orilla de la Academia, "this pestilent art of Renaissance", refiriéndose al arte de Palladio. En el Modernismo de Verlaine ya no habrá consideraciones morales sobre el arte, sino una admiración artística aplicada al pasado. A todo el pasado, y no a un periodo específico. Esto implica, de paso, algo que Schowb, Apollinaire y Borges llevarán a su expresión más depurada: la utilización de la Historia como material de ficción.

Da la impresión de que Gómez Carrillo no alcanzó a comprender este extremo, y adjudicó a Mallarmé una sutileza analítica que negaba a Verlaine. Y ello en el momento en el que Verlaine explica la moderna naturaleza de su arte: "Lo único que logro sacar de mi alma es todo: todo lo que es bello y bueno, bueno y bello, venga de donde venga y sea cual sea el procedimiento que lo produce. Clásicos, románticos, decadentes, simbolistas, asonantes o, ¿cómo decir?, expresos de lo oscuro me parecen muy bien, con tal que me impresionen o que por lo menos me cautiven".

Es decir, que tras el ideal heroico del Romanticismo; tras un siglo de pureza y espiritualidad y terror metafísico, concebido entre ojivas, Verlaine ama la belleza allí donde esté. Y no es absurdo pensar que esta belleza floreciera, necesariamente, en el infortunio; y que fueran la luz convaleciente de los cafés, la áspera escolanía de la bohemia, y no tanto los salones galantes, quienes trajeran la ensoñación benévola y carnal del Modernismo, en la que Verlaine alza su trono. Un trono, lo sabemos, que se alzó sobre el limo, pero cuyo rey vino coronado de laurel y de pámpanos.

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