Los europeos | Crítica

Poética de las muchedumbres

  • Taurus publica la última obra del historiador Orlando Figes, 'Los europeos', una ambiciosa requisitoria sobre los cambios industriales, económicos y culturales que obraron una cultura común europea en la segunda mitad del XIX

Imagen del historiador británico, nacionalizado alemán, Orlando Figes (Londres, 1959) Imagen del historiador británico, nacionalizado alemán, Orlando Figes (Londres, 1959)

Imagen del historiador británico, nacionalizado alemán, Orlando Figes (Londres, 1959)

La doble recomendación, en estas mismas páginas, de Alberto González Troyano y Carlos Colón, habrá puesto al lector sobre la pista de esta obra de Orlando Figes, Los europeos, obra cuya ambiciosa perspectiva, -la creación de una mentalidad, de una cultura europeas-, debe su éxito a una proporcionada mezcla de erudición y ligereza, que Figes exhibe con naturalidad este ensayo memorable. Un ensayo, por otra parte, que se apoya en la narración y un abultado anecdotario (“de la anécdota a la categoría” recomendaba el maestro D'Ors, pensando quizá en desprestigiar a Ortega), y que podríamos definir como divulgativo, si la divulgación no remitiera a cierto carácter banal y reiterado que no compete a los “verdaderos” hombres de cultura. La realidad, sin embargo, y a pesar de este malentendido usual, es que la excelente divulgación que atesora Los europeos contribuye a la empresa de aclarar, en su origen, el cosmopolitismo decimonono y aquella eclosión de la cultura que se produce, con ayuda del ferrocarril, en la segunda mitad del XIX.

Figes trata de exponer la creación de una “mentalidad” europea, fruto de los nuevos usos y e innovaciones técnicas del XIX

Por otra parte, no deja de ser una paradoja que este ensayo sobre el cosmopolitismo vea la luz en una época de cierre de fronteras, y que el autor de Los europeos sea, precisamente, un historiador británico post-brexit, bien que naturalizado alemán. Al margen de esto, es fácil encontrar uno de los posibles orígenes de Los europeos en las páginas de Walter Benjamin. No sólo en las más evidentes de Los pasajes, donde se trata de la entraña económica que alumbra y explica la bohemia, la ópera y los cafés-cantantes, sino en aquellas otras, expresamente aludidas en el capítulo 3, y en las que se hace referencia, sin apenas variaciones, a un célebre ensayo de 1936: La obra de arte en la época de su reproducción mecánica. Todo lo cual tiende, como parece obvio, a subrayar la importancia de la mecanización de la sociedad y su repercusión en el arte. Pero también, y de manera principal, la universal difusión de la obra artística, y la creación de algo que pudiéramos llamar arte europeo, gracias a esta mayor industrialización y abaratamiento de los procesos productivos, y que concierne a muy diversos aspectos, desde la publicación de periódicos, libros y revistas, al éxito del folletín y la masiva afluencia a los teatros, gracias a un público que llega en tren a las nuevas estaciones de cristal y hierro. Es aquí donde Figes se desvía del camino iniciado por Benjamin, puesto que este último proponía una vasta e inacabada tarea inductiva, de la que el lector debía extraer el contorno y la naturaleza del capitalismo del XIX. En Los europeos de Figes, sin embargo, tanto el fin como el procedimiento difieren; el fin, por cuanto se trata de exponer con suficiencia la creación de una “mentalidad” europea, fruto de los nuevos usos y costumbres, así como de las innovaciones técnicas que hicieron del mundo un lugar mucho más accesible y vertiginoso. Y el procedimiento, en tanto que Benjamin propone una infinito acopio de anuncios y testimonios, entresacados de la documentación de entonces, mientras que Figes personaliza en tres nombres destacados de la época (la soprano Pauline Viardot, su marido Louis y el escritor ruso Ivan Turgéniev), la incidencia y los límites de esta nueva forma de fabricar y disfrutar el arte, el arte multitudinario de la urbe, de la que aún hoy somos legatarios y deudores.

El lector aficionado a la ópera acaso conozca que Pauline Viardot era hija del tenor sevillano Manuel García y hermana de la grande y malograda María Malibrán. Asunto éste que nos lleva a una cuestión que no carece, en absoluto, de importancia: al escoger como protagonistas a una española casada con un hispanista francés, así como a un escritor ruso; al escoger, repito, como representativos de lo europeo, a dos súbditos de los márgenes exóticos de Europa, ¿está Figes haciendo una nueva valoración y remoción de la idea predominante de Europa -una Europa central y una Europa asiática, pintoresca, semibárbara, a la que pertenecemos-, o se trata de una mera coincidencia? Tratándose de un libro tan sopesado y minucioso, las coincidencias quizá no deban tenerse en cuenta. Aún así, digamos, por resumir, que es el XIX todo quien comparece oportunamente en estas páginas. Páginas compuestas como un extraordinario retrato coral, mecido por la música. En última instancia, Los europeos aduce o nos revela una poética de las multitudes. De la multitud y la industria y las finanzas como factores esenciales de un arte nuevo; oun arte que estaba ya en el tedio baudeleriano, en el altisonante Verdi, en el Chopin más tenue y elusivo, en la abrupta materialidad de Cèzanne, como una arcana forma de pureza.

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