Diario del viaje a Italia | Crítca

Montaigne, erudito a caballo

  • Acantilado publica el 'Diario del viaje a Italia' de Michel de Montaigne, obra que continúa, en gran medida, la naturaleza personalísima de sus 'Ensayos' y que lo vinculan, irremediablemente a Rabelais, Shakespeare y Cervantes

Michel de Montaigne, hacia 1570 Michel de Montaigne, hacia 1570

Michel de Montaigne, hacia 1570

La historia del descubrimiento de estos diarios, en el siglo XVIII, está contada por Querlon en su Discurso preliminar, no incluido en este volumen. Allí, y tras dedicar la edición al naturalista Buffon, se nos informa de su hallazgo en un viejo arcón del castillo de Montaigne, entonces propiedad del Conde de Ségur, y de las posteriores vicisitudes que culminan con la edición completa de estas notas, escritas en parte por Montaigne, en francés e italiano, y en parte por un criado suyo, que ejerce de moderno Rusticello. Como es lógico, en la edición actual de Jordi Bayod también se da noticia de esta peripecia libresca, que nos informa de los intereses eruditos del XVIII, así como de la distancia abierta entre el Renacimiento y sus editores originales (la Querelle ya había comenzado en el siglo anterior) tras haber transcurrido casi doscientos años desde su primitiva escritura.

Debemos recordar que la Antigüedad que conoce y ama Montaigne es una Antiguedad libresca

¿A qué nos referimos con esto? Una apreciación del pintor alemán Carus quizá nos ayude a clarificarnos. Según Carus, que escribe al comienzo del XIX, no encontramos en Montaigne “mencionados ni una vez siquiera, no digamos celebrados, el azul de los cielos, la belleza de las comarcas romanas y napolitanas, las nobles líneas de bosques y montañas ni los efectos pictóricos de las ruinas”. Esto lo dice Carus en unas páginas dedicadas al paisajismo de Claude Lorrain; si bien debemos señalar que Carus peca de inexacto. Es de notar, por otra parte, que esto mismo lo dirá Chateaubriand aplicado a Rousseau, dos siglos después, referido a sus descripciones de Venecia. Lo cierto, en fin, es que el paisajismo era una forma de mirar que nace por los días de Montaigne, y principalmente con la pintura holandesa. De modo que las consideraciones estéticas de Carus no le competen a él, a Montaigne, pero sí son adecuadas para lo observado por el señor vizconde. También Bayod destaca que Montaigne no se muestra muy sorprendido por el arte clásico; lo cual tiene una explicación propiamente renacentista: la Antigüedad que conoce y ama Montaigne es una Antiguedad libresca. En el resto de las artes, la admiración y la emulación no van acompañadas del necesario rigor histórico. Sólo a partir del XVII, con Poussin, empezaría a distinguirse, con algún criterio, entre el arte griego y el romano. Y nadie ignora las numerosas inexactitudes con que nos obsequió Winckelmann, en la segunda mitad del XVIII, y de las que tanto se burlaría su admirador y antagonista Lessing.

En definitiva, ¿qué es lo que ve y describe Montaigne en estos Diarios? Montaigne es un excelente descriptor de paisajes (véanse las páginas que dedica a su viaje a Ostia), sólo que no vienen gravados por el criterio estético, entre sublime y pintoresco, del paisajismo decimonono. Montaigne describe paisajes, puentes e ingenios; enumera iglesias y la relación entre sectas; elogia costumbres y usos gastronómicos; compara termas y alojamientos; lamenta la ruina de la Roma imperial, pero conoce su hora mayor de gloria; es decir, la intención de Montaigne, y con él la de su siglo, es la de aprehender la realidad y hacerla cognoscible. Lo cual incluye este pequeño Grand Tour por la península itálica, en el que los usos y procedimientos, la varia humanidad de la Creación, se da en todos sus ámbitos.

En este sentido, podemos decir que el Diario del viaje a Italia es un excelente libro de cocina. Pero también de moda, de costumbres y de agudeza política. Debemos recordar que la Europa que cruza Montaigne es la Europa surgida tras la reforma. De modo que aquí nos encontramos la descripción, viva y perspicaz, de las formas de convivencia -apacibles los muchos, enconados los menos-, con que las nuevas y las viejas sectas se vinculan. Unas veces señalará el odio joven entre zwingilianos, luteranos y calvinistas; otras, la forma pacífica y cordial con que católicos y protestantes conviven. Se trata, en todo caso, de una nueva Europa, con relojes en los campanarios y un concepto de la política, la urbanidad y la grandeza extraídas de Plutarco y Tito Livio. Se trata, por otro lado, de una vastísima organización del conocimiento, que aquí se expresa al modo caballero, por fondas y caminos, por termas y posadas, y donde el señor de la Montaña, gran comedor de cangrejos, representa, no sólo un nuevo apetito de saber, sino una posible clasificación del mundo. Esto es, del mundo ofrecido al hombre, barajado por él, rotulado con amor, sorpresa y suficiencia. Lo cual implica que el hombre era el centro de la Creación. Y ese negocio, Montaigne bien lo sabía, aún se sustanciaba en Roma.

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