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Nando López. Escritor "La vida está más cerca de Rohmer que de una película de George Lucas"

  • El autor reflexiona en la novela 'Hasta nunca, Peter Pan' (Espasa) sobre la crisis de los 40, el peso de las expectativas y sobre cómo el cine ha distorsionado nuestra visión de la realidad

El novelista y dramaturgo Nando López (Barcelona, 1977). El novelista y dramaturgo Nando López (Barcelona, 1977).

El novelista y dramaturgo Nando López (Barcelona, 1977). / Lourdes Cabrera.

David aspiraba a triunfar como director de cine y tiene que contentarse haciendo making ofs de proyectos ajenos. Ahora va a empezar a trabajar en la nueva película de Laura Heredia, una cineasta pretenciosa con la que en principio no tiene sintonía, y su novia acaba de abandonarlo. No parece el mejor momento para hacerse cargo de Unai, su sobrino, pero la convivencia con el chaval provocará en él una transformación inesperada. En Hasta nunca, Peter Pan (Espasa), el novelista y dramaturgo Nando López, celebrado por obras como La edad de la ira o #malditos16, retrata con tono desenfadado y toneladas de cinefilia el espinoso asunto de la crisis de los 40.

–Su protagonista padece un síndrome de Peter Pan de libro...

–Quería hablar de esa frontera entre la vida que esperábamos tener y la que estamos teniendo, cómo esa distancia entre lo que hemos soñado y lo que logramos a veces nos crea una frustración difícil de manejar. Pero quería abordarlo con humor, reírme de mí mismo que cumplí hace poco esa edad y de mi entorno. Que la ironía fuera el tono desde el que está contada la historia y que tras la ligereza asomaran temas más profundos.

–Los personajes se quejan de que les vendieron que con esfuerzo y tesón materializarían sus sueños, y no les dijeron que en esa ecuación entraban en juego otros componentes como el azar.

–Hubo una campaña de publicidad que definía a mi generación como jasps, jóvenes aunque sobradamente preparados, y creo que esa cultura del esfuerzo nos marcó. Sí, no nos dijeron que había otros factores que no manejamos: la casualidad, la suerte, que tengas o no una oportunidad en un determinado momento... Y eso ocurre con tu trabajo, con tus relaciones, con la salud... Y algo que dice la novela es que ya que no podemos controlarlo todo igual deberíamos relajarnos y aprovechar el momento, valorar más el presente. Eso de esperar que todo tenga una causa y unas consecuencias, ese engranaje de expectativas y presiones, nos rompe un poco por dentro, y puede llevarte incluso, como le ocurre a mi personaje en una etapa, a la depresión.

–David habla con un cartel de Uma Thurman y convive con muñecos que reproducen a sus héroes favoritos del cine. ¿Hasta qué punto las películas no tienen la culpa de nuestra tendencia a la fantasía, de nuestra incapacidad para aceptar la realidad?

–Quería hacer un homenaje al cine, pero también preguntarme si esa educación sentimental que hemos recibido no encerraba también ciertas trampas. Por culpa de todas esas películas que hemos visto queremos una vida llena de épica, y al final se nos escapa lo pequeño, lo intrascendente, donde a veces está la verdad. Buscamos historias de amor apasionadas, grandes frases y aventuras inolvidables, y no nos damos cuenta de que el cine de Rohmer está más cerca de la vida que el de George Lucas.

"Mi generación era nostálgica ya cuando tenía 30 años. Y hay algo un tanto peligroso en esa actitud”

–Pertenece a una generación que ha idealizado su infancia hasta límites insospechados. "Ahora va a resultar", se dice en el libro, "que Los Goonies era Ciudadano Kane y yo no me he enterado".

–Tengo una relación de amor-odio con la nostalgia, y el humor me ayudaba a tratar eso. Yo tengo 42 años, pero mi generación lleva siendo nostálgica desde que tenía 30. Mira, convertir una película tan divertida como Los Goonies en una obra de arte tal vez no responda a la realidad, estamos sobredimensionando lo que vivimos. Que si la EGB, que si La princesa prometida... Y hay algo muy inmovilista, un tanto peligroso, en esa creencia de que el pasado fue mejor. Además, sucede algo muy curioso: que hay gente de mi edad que se ha apropiado de recuerdos que no son suyos, que habla de la movida como si la hubiese vivido, y, perdona, tú, en esa época, estabas viendo La bola de cristal y no tomando copas en La Vía Láctea. Quería reflexionar sobre esa añoranza, si no preferimos mirar atrás por esas expectativas que nos tienen insatisfechos. Y no todo era tan fantástico en el pasado: como persona LGTBI siento que faltaban referentes, que vivir con libertad era más complicado. En el libro hay dos personajes que reflejan esto: Unai, el sobrino de David, el protagonista, y Sergio, su amigo, que representan dos adolescencias en tiempos distintos. Uno vive su sexualidad a plena luz y otro lo hace escondido.

Portada de 'Hasta nunca, Peter Pan'. Portada de 'Hasta nunca, Peter Pan'.

Portada de 'Hasta nunca, Peter Pan'.

–En la novela, David empieza a comprender que es un adulto cuando no entiende las expresiones que maneja su sobrino.

–[Ríe] Sí, es una generación distinta que tiene otro código. En el libro hay, digamos, dos adolescentes: Unai, que realmente es un chaval, y David, que ya está en la cuarentena y se cree aún un muchacho. Pero precisamente ese salto lingüístico le hace ver que ya tiene otra edad, le lleva a asumir que está en otra etapa. En Hasta nunca, Peter Pan quería hablar también de la familia elegida, de un hombre que nunca ha querido ser padre pero que desarrolla un vínculo muy especial con un adolescente que tiene sus conflictos con el entorno. Esa relación les hace crecer a los dos, a uno lo ayuda a abrirse y a otro le hace reconocer una palabra de la que huye, adulto. Unai es un guiño a todos los adolescentes que he conocido en mi vida, como profesor y como autor de libros juveniles.

–Y ese contacto con las generaciones que vienen ha reforzado su confianza en el futuro.

–Fui profesor durante diez años y llevo ya seis fuera de la docencia, pedí una excedencia porque por suerte puedo vivir de mi escritura. Hago muchos encuentros con jóvenes que leen mis libros, y me pasa como a David, que me enseñan, no sólo expresiones que desconocía como cringe [grima] o písame la cara [ríe], sino modos de ser que me hacen tener fe en el futuro. Hoy mismo he recibido un correo de un chico jovencísimo, trans, que es booktuber y quería uno de mis libros, La versión de Eric, la novela con la que he ganado el Premio Gran Angular, y he curioseado en su perfil y ha hecho muchísimas reseñas, publicaciones. Antes me había dicho que la lectura le había permitido ser más libre y más feliz. A mí situaciones así me provocan mucha esperanza. A los jóvenes les interesan muchas más cosas de lo que creemos, y tienen una responsabilidad social más marcada de lo que pensamos. Queda mucho por hacer pero esta generación lo está haciendo. Tienen ideas muy claras en temas como la visibilidad LGTBI+, el feminismo, el medio ambiente.

–El libro tiene un tono de comedia clásica, especialmente en las escenas en que David discute con Laura y va evolucionando de la manía al amor.

–Sí, hay un homenaje a esas películas del Hollywood clásico. Laura es un personaje con muchas capas, y quería contar una historia de amor que no fuera sólo sexual, que se centrara más en ese proceso de ir descubriendo a alguien poco a poco, despojándote de los prejuicios que tienes del otro. Al principio de la novela los dos discuten: él ama Boyhood y ella La gran belleza, dos proyectos bien distintos que para mí son dos formas de poesía diferentes, ahí estoy en los dos personajes. Me gustó plantear ese debate porque estamos en un momento de grandes verdades, y las opiniones no dejan de ser opiniones. A mí me puede gustar Sorrentino y a ti te puede horrorizar, pero las dos visiones son perfectamente legítimas, aunque eso parezca imposible hoy en Twitter. Convertimos un diálogo sobre un libro o una película en una guerra abierta. Eso quizás tenga que ver con esa infantilización de la sociedad de la que habla el libro.

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