Miguel Delibes | Centenario Delibes o la fidelidad

  • El gran autor vallisoletano, Premio Cervantes y Nacional de las Letras, fue notario de un mundo que se extinguía

Delibes junto a Rosa Chacel y Rafael Alberti el 16-7-1991 en El Escorial.

Delibes junto a Rosa Chacel y Rafael Alberti el 16-7-1991 en El Escorial. / J. J. Guillén (Efe)

Quienes tocaron a rebato en defensa de Pérez Galdós cuando un escritor osó opinar sobre su vigencia narrativa a principios de este extraño 2020, especialmente un par de novelistas que parecen los guardianes de las esencias de la intelectualidad laica, casi institucionista, o se tienen por herederos mayores de lo bueno que la izquierda intelectual quiso traer a la España truncada por el franquismo (ellos y sus respectivas parejas, también escritores), muy probablemente se ahorren una segunda salida si el novelista puesto en cuarentena es Miguel Delibes, de cuyo nacimiento también se celebra el primer centenario. Galdós es Madrid, el siglo XIX, alguien lejano y canónico. Delibes es el campo, vivió hasta anteayer y si se lo apropian quizá a alguno se le note el nunca perdido pelo de la dehesa, curiosamente similar al alabado en la narrativa galdosiana. A Eduardo Jordá se le ocurrió ponderar el significado actual de la obra de Delibes en la hora de su muerte y por poco si lo queman en la bonita Plaza Mayor de Valladolid por…hereje.

Más allá de las lecturas obligatorias en bachiller o alguna reedición oportuna al socaire de la llamada España vacía, o vaciada, esa que anticipó en su obra y perfiló como pocos, los libros de Delibes han envejecido pronto, a pasos acelerados. Notario de un mundo que se extinguía, tal vez prefirió levantar acta de ese mundo que agonizaba antes que prolongarlo mediante la rara vida artificial que es capaz de crear la ficción. Uno toma cualquiera de sus novelas y, buena parte del tiempo de lectura, debe tirar de diccionario para saber de qué está hablando. Está bien salvar ese idioma que se iba muriendo, pero eso mata a personajes y trama. El pergeño externo de sus criaturas, el afán exhaustivo en dibujar la naturaleza en que viven, hacen que el lector no acabe de entrar en ellas, que las vea desde fuera (quizá con la salvedad de la Carmen Sotillo de Cinco horas con Mario), con lo que sus narraciones pierden vida, profundidad. Si uno lee Los santos inocentes ve que la película mejora la novela, da un calado, un recorrido a ciertos personajes del que carecen en el libro (Delibes fue llevado al cine bastante, casi siempre con acierto quizá por esta falla habitual de su narrativa, pues el cine suele dar la corporeidad que no siempre logra su obra).

Sólo cuando da voz a sus personajes parece insuflarles esa vida que la narración amilana. Como Galdós, Delibes es un escritor que respeta a sus personajes, se apiada de ellos, y tal vez su mayor acierto sea darles voz, no erigirse en su portavoz, como tantos otros escritores (por no hablar de esos políticos que se tienen por voz del pueblo), tratarlos como iguales que expresan a través de su obra sus inquietudes, sus miserias, su cotidianidad. Y sobre todo da voz a los acallados, a los nunca escuchados, a los desfavorecidos por la vida (uno aún recuerda una extraordinaria Tercera de ABC en la que no entendía cómo la izquierda, que dice defender al débil frente al poderoso, en la espinosa cuestión del aborto se ponía de lado del fuerte, la madre, y no del débil, el feto).

Miguel Delibes junto a ejemplares de su novela 'El hereje', que le valió en 1999 el Premio Nacional de Narrativa. Miguel Delibes junto a ejemplares de su novela 'El hereje', que le valió en 1999 el Premio Nacional de Narrativa.

Miguel Delibes junto a ejemplares de su novela 'El hereje', que le valió en 1999 el Premio Nacional de Narrativa. / Efe

Este trato con sus personajes en pie de igualdad produce en el lector una corriente de simpatía hacia el escritor. Quizá por eso nos sigan ganando Galdós, y Azorín, y Delibes. Porque uno siente como si fueran propios esos anhelos que sus personajes transmiten cuando hablan, sólo cuando hablan, no al sernos contados (salvo en Azorín, que sí tiene la rara capacidad de dar vida con cuatro esbozos). La humanidad de esta clase de escritor lo acerca a su lector, lo convierte en un par, un semejante, no en un ser de lejanías (por usar la expresión de Umbral, prototipo del escritor distante y estirado, que mira por encima del hombro al lector; una estirpe larga y muy poblada, por cierto). Humanidad que, en el caso de Delibes, se ve doblada por el que quizá sea su rasgo principal, que atraviesa y guía su vida, también su obra: la fidelidad.

Como Galdós, sabe respetar a sus personajes, se apiada de ellos y les da voz

Hay algo irracionalmente atractivo, conmovedor, en la fidelidad humana. Ese hombre que enviuda con cincuenta y pocos años, con niños aún pequeños, y que, lejos de volver a emparejarse (como hiciera su compañero de generación Torrente Ballester), se mantiene fiel a quien fuera su esposa más años de los que compartió con ella, produce una inexplicable emoción (algo que, curiosamente, no sucede si quien enviuda tiene veinte años más). Puede que vivido desde dentro se vea tan inevitable como desmerecedor de asombro, pero contemplado desde fuera es algo conmovedor, una extraña sublimación de la vida (esa fidelidad amorosa allende la muerte, cuando puede que haya más años de emparejamiento sin presencia por delante que por detrás, tiene algo sobrehumano, pues lo humano, lo miserablemente humano, es la infidelidad en vida, y quizá por eso aquel comportamiento emocione).

Delibes también fue fiel a su ciudad, Valladolid, de la que no quiso marcharse ni cuando le ofrecieron ser el primer director de El País (¿sería hoy mejor periódico? Uno no tiene dudas al respecto), como fue fiel a su tierra, esa Castilla la Vieja de cuyos paisajes y paisanajes levantó mapas a los que habrán de volver quienes quieran conocer cómo fue esa región española durante buena parte del siglo XX. Como fue fiel a los escritores que le precedieron, los de las tres generaciones previas que constituyen nuestra Edad de Plata, al igual que los miembros más señeros de su generación (Julián Marías, Rosales, Buero Vallejo, etc.), quizá porque si un rasgo define el temple de la misma es ése, la fidelidad a un mundo intelectual que se desmoronó cuando ellos empezaban a dar sus primeros pasos y que, entre las ruinas de la posguerra, les ofrecía lo mejor, lo único, a lo que agarrarse para llegar a ser ellos mismos. Que es, finalmente, la fidelidad máxima y última, ser fiel a uno mismo, aunque a veces se cometan traiciones para serlo. No fue el caso de Delibes, ejemplo supremo de fidelidad.

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