Tiempo de vivir, tiempo de revivir | Crítica Antonio Drove: tiempo de resucitar

  • Libro confesional y apasionado, cinéfilo y autobiográfico, 'Tiempo de vivir, tiempo de revivir' enfrenta a Antonio Drove con Douglas Sirk en un fértil diálogo que va más allá de su encuentro suizo

Libro raro, mestizo, heterodoxo e inclasificable, extraordinario en todo caso, Tiempo de vivir, tiempo de revivir, de Antonio Drove (1942-2005), prolonga el interés de la editorial Athenaica por restituir, siempre con justicia y nulo oportunismo, a esos olvidados del cine español que, como Francisco Regueiro (La importancia del demonio, 2018) o el propio Drove, han dejado en sus películas, textos o testimonios un particular sentido de la cinefilia, el estilo o la filiación cultural, intelectual y sentimental.

Raro e inclasificable en tanto que este libro es, a la vez, una confesión apasionada y poco pudorosa del autor sobre su vida privada en la España previa y posterior a la Transición o su asendereada y siempre complicada relación con la industria del cine, fraguada en apenas cuatro largometrajes (Tocata y fuga de Lolita, Mi mujer es muy decente, dentro de lo que cabe, La verdad sobre el caso Savolta, El túnel); un estudio no menos febril y "paranoico-crítico" de la obra de su cineasta de cabecera, Douglas Sirk (1897-1987), acudiendo incluso a fuentes lejanas e insólitas como el I Ching para establecer parámetros estéticos y temáticos; y también, y sobre todo, una entrevista reelaborada a partir de los materiales originales del encuentro filmado en junio de 1982 con el director de Escándalo en París, Sólo el cielo lo sabe, Escrito sobre el viento, Ángeles sin brillo o Imitación a la vida en su retiro suizo de Lugano, destinado a convertirse en una serie de TVE, Directed by Douglas Sirk, que acompañaría a un ciclo de proyecciones de sus películas cuando aún ocurrían estas cosas en la televisión pública.

Nadie mejor que Víctor Erice (¿para cuándo una antología de sus textos dispersos?), compañero de promoción en aquella Escuela de Cine post-Nuevo Cine Español, para situar en el prólogo las trayectorias cruzadas de este libro, que vio la luz por primera vez en una edición institucional de la Filmoteca Regional de Murcia (1995) y que ha permanecido hasta hoy en la cueva de los tesoros ocultos y descatalogados de nuestra bibliografía cinematográfica: "un valioso testimonio para el establecimiento futuro de los rasgos generales de la biografía de una generación de cineastas con un rasgo común diferenciador: haber sido en este país la primera generación de cinéfilos, aquella que ha buscado en su acercamiento al cine una forma de conocimiento situada al margen de las pautas de comportamiento que la sociedad les dictaba, es decir, sus maestros más libremente escogidos y secretos".  

Estamos ante un libro raro, mestizo, heterodoxo e inclasificable, extraordinario en todo caso.

Unos maestros que, en el caso de Drove, hombre de personalidad zigzagueante y aspecto cambiante, erudición cinéfila desbordante, proverbial sentido del relato y verbo apasionado y redundante, son también una suerte de padres que lo reconcilian con su propia autobiografía. Porque Drove encuentra en Sirk, aferrándose a él como quien lo hace a un clavo ardiendo, al cineasta que, en su concepción del destino, en su reelaboración del melo-drama, el rondó, el color o el gusto por los personajes rebeldes, perdedores y autodestructivos, en su materialización de un estilo siempre elocuente y reconocible, a un guía espiritual y estético a través del cual revisar sus propios conceptos sobre el cine o el arte y, lo que es más, una manera de estar y ser en el mundo, un referente moral en el que el cineasta se refleja como autor no integrado en las estructuras industriales del cine español de su tiempo y, por supuesto, tampoco dispuesto a hacerlo sacrificando su particular concepción del estilo y los temas.

Drove encuentra en Sirk a un padre espiritual y estético en el que reconocerse como cineasta no integrado.

De estructura libre y cíclica, Tiempo de vivir, tiempo de revivir deambula por la juventud precaria, cinéfila e ilusionada del futuro cineasta, por su amistad determinante con José Ignacio Fernández Bourgón, por su vida sentimental y familiar drásticamente truncada (narrada en el mejor y más desgarrador pasaje de todo el libro), por la salvación literal del abismo gracias al encuentro con Sirk, pero también por el magisterio de Renoir, Rossellini, Hitchcock, Ray y Buñuel o por las dificultades en la preparación del programa de televisión que dio fruto a la entrevista cuya cuidada y pulida transcripción ocupa toda la segunda parte del libro.

Sin poder ni querer disimular su condición del fan frente a su ídolo, Drove desgrana en sus preguntas las claves del cine de Sirk, desde su etapa alemana hasta sus últimos días en Hollywood, que abandonó cuando estaba en pleno apogeo en Universal, pero también se adentra en terrenos filosóficos e incluso místicos que buscan, como señala Erice, conectar con un padre en quien reconocer una filiación sobre cuestiones como la búsqueda de la felicidad o la condición humana, nada menos.

Una tercera y cuarta parte añaden también a este fascinante libro el intento de Drove por hacerse pasar por crítico o analista, siempre con su particular y poco ortodoxo método: la pintura de Velázquez, sus espejos, con los que tanto tiene que ver el cine de Sirk o una película como El túnel, o una mirada cercana a dos títulos como La golondrina cautiva y Obsesión dan paso a un no menos prolijo epílogo de Miguel Marías sobre el lugar de Sirk entre la crítica y la historiografía y una filmografía comentada del cineasta alemán a partir del libro de referencia de Jon Halliday (Paidós).