La zanja | Crítica El paraíso socialista

  • Con aires de distopía kafkiana, Andréi Platóvov narró en 'La zanja' los estragos de la colectivización soviética en los años más atroces de Stalin

Cartel de propaganda sovética de los años 30. Cartel de propaganda sovética de los años 30.

Cartel de propaganda sovética de los años 30. / D. S.

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La vida de Andréi Platónov (Voronezh, 1885-Moscú, 1951) viene a ser el relato de un talento literario único, pero que será dramáticamente cercenado por Stalin y por su ideal sobre los escritores soviéticos, los ingenieros del alma, como los llamaba el ogro georgiano mientras alzaba su copa en los brindis.

El escritor (sus apellidos eran Platonovich Klimentov y usó Platónov como probable homenaje a Platón), fue ingeniero por doble vía: científica y artística. Por un lado ejerció la ingeniería viajando por las vastedades rusas, llevando la electricidad a pueblos y aldehuelas. Y, por otro lado, como ingeniero del alma se topó con un imposible: ser un narrador con voz propia bajo la purga estalinista.

La hambruna de 1921-1922, acuciada por una espantosa sequía, lo sobrecogió de tal modo que decidió olvidar la contemplación literaria y quiso fajarse, como el que más, contra la calamidad. Más tarde, entre 1926 y 1930, mientras Moscú ejecuta su Primer Plan Quinquenal, Platónov escribirá dos novelas sobre las consecuencias de la brutal colectivización: Chevengur, publicada por Cátedra hace años, y La zanja, que es la que acaba de editarse ahora con un fabuloso corolario de Robert Chandler y Olga Meerson, estudiosos ambos de la obra de Platónov.

Previamente, en la pulcra editorial Fulgencio Pimentel se publicó su novela Dzhan, fruto de la experiencia de Platónov a partir de una gira de escritores, promovida por Gorki, y cuya tarea fue la de escribir loas y ditirambos a los ingenieros hidráulicos y a los proyectos titánicos que iban transformando el paisaje monocorde de Rusia.

El escritor ruso Andréi Platónov (1899-1951) El escritor ruso Andréi Platónov (1899-1951)

El escritor ruso Andréi Platónov (1899-1951) / D. S.

Los años decisivos que se reflejan en La zanja van de 1929 a 1930, en los que Platónov, como en Chevengur, muestra los inhumanos estragos que tanto la colectivización como la construcción del hombre nuevo socialista están causando en millones y millones de rusos del agro. Lo que hace peculiar a Platónov es el lenguaje técnico empleado, que capta cómo el efecto socializante de las mentes había impregnado ya en las actitudes individuales y colectivas de una inmensa mara de rusos (recordemos que a la Gran Purga de Stalin se unió una segunda hambruna en la región del Volga entre 1932 y 1933).

Pero el tecnicismo expresivo en Platónov cede a menudo a unas espléndidas postales de paisajes sin esperanza, donde lo inmóvil, igual que la hoja que cae del árbol, igual que el río nevoso que fluye como el río Estigia de la muerte, adquiere como una ética y, a la vez, como una alegoría visual, que va más allá de la estética. Como aluden Chandler y Meerson, en las caras que recreamos de los campesinos que aparecen en la novela podemos intuir las figuras de los labriegos sin rostro, vacíos, afantasmados de sí mismos, tal y como lo reflejó la pintura de Malevich.

Gorki, asesinado en 1938, escribió que el campesino no era humano y que por ello era el gran enemigo del socialismo nuevo. A diferencia del obrero fabril, los bolcheviques odiaron el alma campesina. Los planes brutales para la estratificación del campo ruso diferenció entre campesinos pobres (bednyaki), medios (serednyaki) y campesinos propietarios con ciertos posibles (kulaki). Los kulaki, como hez del pueblo, fueron literalmente liquidados como clase (según la historiadora Lynne Viola, 1.800.000 kulaks y familiares fueron deportados a zonas de asentamientos especiales y se estima que una cuarta parte de estos murió en el camino en lo que sería la primera gran purga de Stalin).

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro.

Ante este atroz decorado de fondo, La zanja viene a ser el relato de una inquietante ambigüedad, en la que los personajes asumen la degradación de la vida humana. El contexto histórico y político se centra en el citado plan quinquenal. Podríamos hablar de fábula surrealista, de distopía kafkiana y, también, de ocultismo religioso, pues la idea de Dios, de Cristo, aparece en detalles velados, que merecen una lectura atenta.

Platónov pasará severas carencias. Vivirá siempre en el alambre del reconocimiento ocasional a su obra (Gorki, Shólojov). Pero el ostracismo, incluso la aniquilante autocensura, lo llevarán a un eclipse sin nombradía alguna, convertido casi en un despojo en sus últimos años. Su hijo, condenado en un gulag en 1938 por supuesta "agitación contra la Unión Soviética", le contagió la tuberculosis. Este mismo año murió ejecutado su amigo el escritor Boris Pilniak.

Durante la Segunda Guerra Mundial Stalin exoneró a Platónov como intelectual pestoso. El escritor pudo ejercer de corresponsal de guerra en el Ejército Rojo (conoció y se amistó con Vasili Grossman). Tras la guerra, la publicación de La familia Ivanov iba a señalar su expulsión definitiva de la Unión de Escritores Soviéticos. Murió en Moscú, alcoholizado, pobre, en el olvido de todos hasta muchísimo tiempo después, ya en los años de la perestroika. La zanja puede que sea su obra maestra.

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