Córdoba CF

Un adiós a contracorriente

  • Sandoval, que siempre será recordado por el milagro de la salvación, se va sin recibir reproches de la afición

José Ramón Sandoval se adentra en los entresijos de El Arcángel, tras el último viaje a Palma. José Ramón Sandoval se adentra en los entresijos de El Arcángel, tras el último viaje a Palma.

José Ramón Sandoval se adentra en los entresijos de El Arcángel, tras el último viaje a Palma. / jordi vidal

Un derbi, un revés en el alargue. La historia de José Ramón Sandoval en el banquillo del Córdoba tuvo el mismo inicio que final. En medio, poco más de nueve meses con un paréntesis entre una temporada y otra, forzado por una pérdida de confianza que ha terminado siendo clave en un adiós marcado fundamentalmente por la falta de resultados y la situación del equipo en la tabla. Dos aspectos que, sin embargo, no se han traducido en crítica por parte de una afición que ha optado por seguir viviendo del recuerdo sin detenerse en gran medida en el presente, lo que se ha provocado una salida a contracorriente, sin reproches; es más, con numerosas muestras de cariño de todo tipo (algunas fuera de tono totalmente) a favor de un hombre que siempre tendrá un lugar privilegiado en los libros del CCF, pero al que el momento había sobrepasado donde importa: en el verde.

Hay quien dice que segundas partes nunca fueron buenas. La de Sandoval en el CCF estaba cantado que no rompería la tendencia. Tras ser pieza básica del milagro de la permanencia -no la única-, las aristas que dejó aquella carrera a la desesperada por mantenerse en el Segunda pasaron factura de inmediato al técnico madrileño. Tanto que con unos sobresalientes números no tuvo siquiera la más mínima oportunidad de liderar el nuevo proyecto. En junio, entre medias verdades y medias mentiras, la entidad le comunicó que no entraba en la línea maestra marcada para el futuro. Mes y medio después apareció otra vez como salvador para intentar encauzar un plan a la deriva, con un entrenador (Francisco) en plena huída ante la falta de claridad y la diferencia entre lo prometido y lo tenido. Fue un regalo para una afición necesitada de un chute de autoestima, de un discurso que tocara la fibra sensible, y ahí el de Humanes se maneja como pocos. Fue la elección fácil, pero con fecha de caducidad ya puesta.

Porque todos, desde León a Sandoval y pasando por Berges, eran conscientes de que difícilmente el madrileño culminaría la temporada. La confianza perdida en el viaje de febrero a junio no regresó en pleno estío, ni por parte de una plantilla que nunca entendió esa ida con vuelta ni, sobre todo, por parte de una directiva con otra idea. Y por ahí empezó a romperse la cuerda mucho antes de un epílogo abrupto que muchos preveían, pues en las últimas semanas la actitud y el compromiso del vestuario parecieron ser los de un grupo unido a la suerte de su entrenador.

Sin embargo, más allá de filias y fobias, lo que finalmente precipitó la decisión fue la ausencia total de resultados. La ratificación del pasado lunes, tras la derrota en Palma, y una semana dura con la espada de Damocles sobre su cabeza mermaron el ánimo de un técnico al que el Cádiz sentenció como podía haberlo hecho el Reus en un mes o el Extremadura dos semanas antes. Porque el guion estaba escrito sólo a expensas de ponerle rúbrica. Y eso no resta ningún mérito al técnico de Humanes, que se marcha sin haber recibido el más mínimo reproche de la afición. Pero había que cambiar, virar un proyecto que no camina precisamente hacia buen puerto. Ojalá y no haga falta realizar otro milagro como el liderado por Sandoval el curso pasado. Gracias por todo, míster.

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