Córdoba

Aquel verano de 1992El arquero que acabó con la leyenda negra y el soriano que corría como un negro

Antonio Rebollo en el momento de lanzar la flecha sobre el pebetero del estadio olímpico de Barcelona, en 1992. Antonio Rebollo en el momento de lanzar la flecha sobre el pebetero del estadio olímpico de Barcelona, en 1992.

Antonio Rebollo en el momento de lanzar la flecha sobre el pebetero del estadio olímpico de Barcelona, en 1992.

La segunda mitad del siglo XX cuenta con misterios aún hoy sin resolver ni por Iker Casillas, no el otro Iker. A saber: la bala mágica que mató a Kennedy, las barras y estrellas ondeando en la luna... y la flecha que encendió el pebetero de Barcelona en el verano de 1992. También cuenta la leyenda que un arquero paralímpico, Antonio Rebollo, cambió la historia de este país con un disparo certero. En realidad, dicen, la flecha pasó de largo, tal y como estaba previsto, y un técnico de efectos especiales encendió el pebetero. Bien mirado, también es un modo de cambiar la historia. Ya saben, un poquito de trampa, un poquito de marca España y la mejor medicina deportiva que se recuerda con sus transfusiones de Popeye. Pero de todo eso se hablaría después porque aquel verano España vibró con sus olímpicos.

En un clima de euforia, con la mascota picassianaCobi (recuerden al cutre Naranjito de una década antes) dando palmas, ganamos al fútbol, al hockey sobre hierba, con los balandros, con los arqueros, con un nadador americano, con una bicicleta en una pista... y culminamos con Fermín Cacho como héroe nacional, hombre de Soria, de la España vacía y austera. Para quienes decían que no levantábamos cabeza desde la Armada Invencible, la recordada por los Nikis, nos dimos ese verano un baño de autoestima que completamos con baños de comisiones que modernizaron dos ciudades, Barcelona y Sevilla, que vivía la euforia de su Expo, el espejismo más bonito que Andalucía haya visto. Quién iba a pensar en el trompazo económico que nos esperaba. Hay que vivir el momento, como dicen en los programas de radio nocturnos. Y los españoles vivimos el momento a tope, como si no hubiera un mañana no fuera que no lo hubiera.

Pero quien vivía como si no hubiera un mañana, y a la postre no lo habría, era Kurt Cobain, que trajo a Europa en aquel verano la buena nueva de una revolución de camisas de cuadros, rebecas descosidas y gorras de lana. En el festival de Reading Nirvana se hizo mito y su paso por Valencia, Bilbao y Madrid dejaron en el muchacho de Seattle tres ciegos de tal impresión que en sus conciertos las canciones del Nevermind eran irreconocibles. Como la mayoría de los españoles estaba con lo de Cacho, con el segundo Tour de Indurain, con Kiko y sus colegas, el waterpolo y la gimnasia rítmica, lo de Cobain pasó desapercibido. En el concierto en Madrid de Nirvana estaban unos chavales del barrio de Tres Cantos. Tras ver tambalearse al líder de Nirvana en el Pabellón de Deportes del Real Madrid, decidieron que fundarían un grupo. Lo llamarían años después Vetusta Morla. En la España de oropeles, germinaba el movimiento indie. Una nueva generación, la que nació con Franco muerto, se ponía en pie.

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