Tribuna de opinión

¿Hay que aprender a ser padres?

  • Cuando falla la familia una comunidad entra en decadencia. Es una evidencia.

¿Hay que aprender a ser padres? ¿Hay que aprender a ser padres?

¿Hay que aprender a ser padres?

Hay infinidad de carreras universitarias, masters, grados, diplomaturas, ciclos formativos... que pueden satisfacer todas las ansias del saber posibles, pero a nadie se le enseña a ser madre o padre fuera del hogar. Se puede decir que este oficio se transmite de padres a hijos.

Recuerdo la conversación con un adolescente, me decía que él quería ser, para sus hijos, el padre que nunca había tenido. Y es que toda criatura necesita, para su desarrollo físico, psíquico y sentimental, la labor complementaria de una buena madre y de un buen padre. Dios quiso, para su Hijo hecho hombre, la cooperación de José y de María. Jesús, nuestro modelo, el hombre perfecto, contó con un hogar, con el cariño y la dedicación de unos buenos padres.

Hemos tenido una tradición secular de buen hacer familiar. La familia ha sido considerada la célula de la sociedad, el entorno ecológico propicio y necesario para el sano crecimiento de la población. Por eso ha sido cuidada, protegida y primada. El futuro de un pueblo, de una nación dependía de la salud familiar. Cuando falla la familia una comunidad entra en decadencia. Creo que no hay que tener muchas luces para verlo así.

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la familia, que ponemos bajo la intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret. Acudimos al patrocinio de José, María y José; les tomamos como modelo de nuestra parentela y les pedimos que cuiden de nuestros hogares. “El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él”, nos cuenta la liturgia de este domingo. ¡Cuánto nos gustaría poder afirmar esto de todos los niños del mundo! ¡De nuestros hijos!

El relato evangélico nos da unas luces que podemos seguir. Sus padres le llevan al Templo cumplida la cuarentena, lo presentan y ofrecen a Dios. Son conscientes de que el hijo es un don de Dios, su niño no es solo suyo. El Creador lo ha puesto bajo su custodia. Lo primero, en esa familia, es Dios: su presencia protectora, el amor a sus leyes. Hay una armonía estupenda entre lo humano y lo divino. Nunca se percibe a Dios como un estorbo, es parte de la familia, es el Padre amoroso, el alma familiar. El apoyo y consejero. La fuente de todos los bienes.

Hay un ambiente de sobriedad. Son una familia humilde, aunque José es de la estirpe de David, de sangre real. No abundan las riquezas ni falta lo necesario. El peor regalo que podemos ofrecer a los hijos es la opulencia, que lo tengan todo, que sea el capricho quien marque el compás de su crecimiento. Los niños deben valorar lo que cuestan las cosas y también ser conscientes de que muchos no tienen siquiera lo necesario.

Tampoco está ausente la contrariedad, la cruz, la incomprensión. La joven familia no tiene la acogida de los suyos en Belén. Herodes, y hoy hay tantos que lo emulan, quiere atentar contra la vida del Niño. Tienen que emigrar a Egipto. A su regreso se instalan en Nazaret y allí se completa la formación de Jesús en el taller de José y en la sinagoga. En un ambiente de trabajo, piedad y cariño el Niño crece y se fortalece. Sus padres saben enseñarle lo importante.

Hace unos años me decían unos padres que lo que esperaban del colegio no era solo una buena formación académica. Querían que su hija fuera una buena persona, llena de virtudes y valores. No les bastaba que triunfara en la vida, la querían feliz.

Comenta el Papa Francisco: “Jesús vio la ternura de Dios en José: –Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo temen–”. La vida de estos jóvenes esposos no fue fácil, no estuvo exenta de dificultades y privaciones, pero supieron dar a Jesús todo el apoyo humano y sobrenatural para ayudarle a cumplir su misión, en su pobreza fueron buenos padres. Sigue diciéndonos el Papa: “Así,

José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia”.

Hoy es un buen momento para aprender a ser padres. No nos faltará la ayuda para serlo, pero hay que buscarla.

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