Hotel Salvación | Crítica El río y la muerte

La ciudad india de Benarés y el río Ganges son testigos de esta honda historia de despedidas y relaciones paterno-filiales, una historia que asume un extemporáneo humanismo preñado de espiritualidad en su tiempo reposado y contemplativo, que no es otro que el de la asunción y espera de la muerte observada desde la ausencia de dramatismo, asumiendo la filosofía de lo inevitable como camino hacia una cierta revelación y reconciliación con la tierra y, sobre todo, con la libertad como verdadero camino de (auto)conocimiento.

Todo esto tal vez pueda sonarles a mensaje trascendental barato, a reclamo de saldo para turistas de lo espiritual, sin embargo, la película primeriza de Shubhashish Bhutiani da con el tono, la sensibilidad y el ritmo precisos para que todo fluya con una naturalidad a prueba de sospechas de impostura: un padre ya cansado pide un deseo a su único hijo, que lo acompañe a alojarse en un hotel de la salvación donde pasar sus últimos días junto al río sagrado.

Con alguna leve pincelada costumbrista en el retrato del hijo reticente (Adil Hussain, precisamente lo veíamos la semana pasada en El viaje de Nisha) o en el personaje del singular regente del hotel, la película se adentra en la emocionante relación padre-hijo dejando espacio a cada uno, esperando que el entorno y el tiempo abran poco a poco los poros de una revelación y una comunicación entre ambos mucho más profunda, esa que habla del respeto, la comprensión o el legado de una generación a otra, tema que también tendrá su eco en la relación entre el hijo y su propia hija, un personaje que apunta además hacia un nuevo modelo femenino emancipado de la tradición más conservadora.

Hotel Salvation se despliega así como una película tan sencilla como profunda, tan despojada como esencial, atenta siempre a lo real no como trasfondo exótico para espectadores de versión original sino como tejido telúrico y puente hacia el espíritu.