El candidato | Crítica El escándalo Hart: la buena racha de cine político

Hugh Jackman, en una escena de 'El candidato'. Hugh Jackman, en una escena de 'El candidato'.

Hugh Jackman, en una escena de 'El candidato'. / D. S.

Jason Reitman, hijo del popular director Ivan Reitman (el de El pelotón chiflado y Los cazafantasmas) es un artesano indie que saltó a la fama en 2005 con la premiada Gracias por fumar y se consagró en 2007 con la aún más premiada –entre otros el Oscar al mejor guión– Juno. Después aflojó en calidad sin por ello dejar de triunfar con Up in the air en 2009 y Young Adult en 2011.

Pegó un visible bajón con Hombres, mujeres y niños en 2014 pero se recuperó, tras estar cuatro años alejado de la gran pantalla, con Tully y ahora lograr su mejor película en una clave definitivamente alejada del fastidioso universo indie para apuntarse a la afortunada moda del nuevo cine político americano tal vez resucitado por los JFK y Nixon de Stone que en las dos últimas décadas ha dado las notables Trece días, Los idus de marzo, El caso Sloane, El escándalo Ted Kennedy, Bobby Kennedy, El desafío: Frost contra Nixon o El vicio del poder y la extraordinaria Los archivos del Pentágono.

Una recuperación de los mejores modelos modernos de los 70 (en la cumbre y como referente absoluto el Pakula de Todos los hombres del presidente, aunque también otras como la homónima –en la versión española de su título– El candidato de Redford) y de los clásicos de los 50 como El político o Tempestad sobre Washington.

Adaptando el libro All the truth is out del periodista Matt Bai -que coescribe el guión junto al director y a Jay Carson, coproductor y guionista de House of Cards– Reitman cuenta el fin de la brillante carrera presidencial del demócrata Gary Hart, que estuvo a un paso de arrebatarles el poder a los republicanos tras la era Reagan, pero se vio envuelto en un torpe escándalo sexual que facilitó el camino a Bush para que en 1989 ganara a Dukakis, el débil reemplazo demócrata de Hart.

Con un pulcro, contenido, eficaz y exacto estilo setentero, como si la película fuera un homenaje a Pakula (y en lo que a la narrativa fílmica se refiere también al maestro Lumet), se centra no tanto en la narración objetiva y distanciada del escándalo político y sexual como en su íntima dimensión psicológica (¿por qué el inteligente Hart lo tiró todo por la borda tan torpemente –su amante fue seguida hasta su casa– supeditando su carrera política y su vida familiar a sus hambres sexuales?) y de ética mediática (¿hasta qué punto la vida sexual privada puede ser aireada y debe afectar a la trayectoria política o qué intereses esconden los grandes grupos?) creando una interesante perspectiva múltiple privado/público que no deja de tener ecos en el presente.

Lo mejor de la película es el tono contenido y sobrio de la dirección y la intensa interpretación de Hugh Jackman, que no se enfrentaba a un papel consistente y digno de él desde Prisioneros de Denis Villeneuve... ¡y de eso hace seis años!

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