Wild Rose | Crítica Tres acordes y un melodrama

Jessie Buckey, protagonista de 'Wild Rose'. Jessie Buckey, protagonista de 'Wild Rose'.

Jessie Buckey, protagonista de 'Wild Rose'.

A mitad de camino entre el retrato realista de la working class británica y el melodrama de búsqueda de sueño, a saber, nuestra protagonista quiere convertirse en una cantante de éxito de música country, Wild Rose nos trae a la prometedora Jessie Buckley (acabamos de verla en Beast y también en la serie Chernobyl) en la piel de una joven recién salida de la cárcel que no termina de encontrar su lugar en el mundo entre los bares musicales de Glasgow y sus responsabilidades adultas como madre de dos niños.

La cinta que dirige Tom Harper asume pronto su condición de drama con (buenas) canciones y no escatima los clásicos giros en forma de encuentros redentores (aquí con una señora pija entregada a su talento) y adversidades y obstáculos en un camino que se antoja siempre un pelín fuera de la credibilidad.

Con todo, Wild Rose sabe contenerse en su tendencia al exceso narrativo y reconducir lo que apunta a la fórmula, encuentro con el locutor de la BBC y viaje a Nashville incluidos, hacia un repliegue que termina por enjuagar la ira y la rebeldía lumpen de nuestra protagonista en un sendero más lógico de conciliación con la realidad.

Buena parte de la inestable solidez de este relato con aroma de balada country, ya saben, “tres acordes y la verdad”, se la debemos a las prestaciones de Jessie Buckley y, sobre todo, a las de la veterana Julie Walters, una vez más impecable en la piel de la madre, abuela y soporte esencial de nuestra protagonista.      

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