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Te quiero, imbécil | Crítica Reeducando al machirulo

Quim Gutiérrez, una vez más verboso y cargante treintañero en crisis en 'Te quiero, imbécil'. Quim Gutiérrez, una vez más verboso y cargante treintañero en crisis en 'Te quiero, imbécil'.

Quim Gutiérrez, una vez más verboso y cargante treintañero en crisis en 'Te quiero, imbécil'.

Por si no fuera suficiente escucharlo hablar sin parar en el enésimo estereotipo del treintañero atribulado que lleva interpretando toda la vida para el cine español, Laura Mañá (Sexo por compasión, Palabras encadenadas, La vida empieza hoy) le regala además a Quim Gutiérrez una voz en off para que nos narre, también mirando a cámara en busca de identificaciones básicas, su peripatético periplo de hombre (fracasado) del siglo XX empeñado en actualizarse al modelo blando del varón del siglo XXI después de que lo deje plantado su novia de toda la vida.

Te quiero, imbécil acumula así todos los clichés imaginables de la comedia romántica prefabricada en una Barcelona de postal hípster, citas de Tinder y pleno empleo, marco intercambiable para la eterna guerra (romántica) de los sexos, unas pequeñas dosis de autoflagelación patriarcal y personajes de trazo grueso que, del machirulo alfa desactualizado (Alfonso Bassave) a la encantadora chica hippie y comprensiva (Natalia Mena), pasando por el no menos paródico influencer argentino (Ernesto Alterio), acompañan a nuestro protagonista en su salvífica tarea de reconquista de la autoestima, la conciliación políticamente correcta con su viejo yo (que es, en realidad, el que celebra la película entre canciones de The Proclaimers) y recolocación en el mercado sentimental y publicitario de la vida 3.0.