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Oro blanco | Crítica de cine La granjera coraje

Arndís Hrönn Egilsdóttir, granjera rebelde en 'Oro blanco'. Arndís Hrönn Egilsdóttir, granjera rebelde en 'Oro blanco'.

Arndís Hrönn Egilsdóttir, granjera rebelde en 'Oro blanco'.

Hay algo de fórmula en este nuevo cine islandés que circula por festivales y salas de versión original, un cine que aprovecha el impresionante paisaje de la isla como fondo dramático para historias de corte realista y formato de cámara que, como esta Oro blanco, ponen su objetivo en la gente corriente y sus problemas cotidianos.

Si el año pasado le tocaba el turno del reconocimiento a La mujer de la montaña, de Benedikt Erlingsson, una película sobre la lucha (ecologista) de una mujer contra el sistema eléctrico nacional, Oro blanco también nos trae a una particular granjera coraje (sobria y contenida Arndís Hrönn Egilsdóttir) enfrentada a las prácticas mafiosas de la cooperativa agrícola y lechera local para la que trabajan ella y su marido bajo presión y amenazas varias.

La cinta de Grímur Hákonarson parte de un acontecimiento dramático que catalizará el paulatino descubrimiento de este entramado que, en aras del bien de la comunidad, no deja de ser un sistema corrupto y coercitivo, un sistema al que nuestra protagonista se enfrentará con las armas básicas de la resistencia pasiva, su página de Facebook y la adhesión paulatina de los que, como ella, se han cansado de pasar por el aro.

Didáctica y limpia en su trazado, Oro blanco sigue fielmente el camino de las películas sencillas que exponen sus temas con tanta claridad como escaso riesgo en sus recursos cinematográficos, que se limitan aquí a lo meramente ilustrativo más allá de algún leve apunte musical o algún gesto de aprovechamiento del fuera de campo. Una película de suave empoderamiento femenino (de mediana edad) en un contexto hostil y ambiguo mensaje anticapitalista que ni siquiera elude el ya clásico momento de liberación solitaria al volante mientras suena una canción pop de letra explícita.