Lo nunca visto | Crítica Cómicos en pueblos de España

Una imagen de 'Lo nunca visto', protagonizada por Carmen Machi. Una imagen de 'Lo nunca visto', protagonizada por Carmen Machi.

Una imagen de 'Lo nunca visto', protagonizada por Carmen Machi.

De Marina Seresesky aún recordábamos aquella interesante La puerta abierta que, también protagonizada por Carmen Machi, sorteaba ciertos tópicos de la comedia patria en su costumbrismo como trazado para tomarse el pulso esperpéntico a la condición de clase, la prostitución, la inmigración o la solidaridad vecinal.

Cuesta encontrar rastros de aquella mirada que nos pareció singular en esta Lo nunca visto, comedia coral, pueblerina y cuesta abajo que parece trazada desde los despachos televisivos en su modelo repetido hasta la saciedad, de los dichosos apellidos vascos a Villaviciosa de al lado. En efecto, seguimos aquí anclados en el viejo anuncio de lavavajillas Fairy y ante esas dos Españas inofensivas que se pelean por el dudoso honor del prestigio comarcal en la elaboración de dulces típicos.

Marcado pronto el territorio inocuo y rebajado el nivel de toda expectativa a la complicidad con el marco de escayola y el despliegue de estereotipos habituales, del alcalde putero a las hermanas casaderas, del mariquita en el armario al hippie con Vespino, Lo nunca visto le da las llaves del pueblo y la función a Carmen Machi para que sea ella la que organice un cotarro con mensaje intercultural e integrador por el que desfilan cuatro negros con plumas, la clásica pareja de la Guardia Civil y las no menos típicas viejas con el chiste siempre a punto, todo ensamblado por una banda sonora de Fernando Velázquez que, como en tantas ocasiones, convierte en aparente ritmo fluido lo que en realidad no tiene tanto.

Lo mejor que podemos decir de Lo nunca visto es que no puede disimular su condición de comedia rodada en pueblos de verdad e interpretada por actores conocidos, o lo que es lo mismo, cualquier parecido con la realidad, no digamos ya cualquier apunte satírico sobre la realidad misma (el que se atreva a citar a Berlanga, cobra), es pura coincidencia.