'Toy Story 4' | Crítica Otra obra maestra de Pixar presenta una nueva estrella

El personaje de Forky es uno de los hallazgos de esta nueva entrega. El personaje de Forky es uno de los hallazgos de esta nueva entrega.

El personaje de Forky es uno de los hallazgos de esta nueva entrega.

Solo dos películas de animación han cambiado la historia, no únicamente de su género, sino del cine: Blancanieves y los siete enanitos de Disney en 1937, primer largometraje animado, y Toy Story de John Lasseter en 1995, primer largometraje de Pixar y primera película íntegramente realizada digitalmente. Ambas abrieron caminos que han dado un buen puñado de obras maestras al arte cinematográfico sin apellidos, no solo al de animación (no hago de menos a los genios de la factoría animada de la Warner como Tex Avery, Friz Feleng, Chuck Jones y Frank Tashlin o a los de la MGM William Hanna y Joseph Barbera: los remito a la televisión). Que acabaran asociándose Pixar y Disney une estas dos geniales y al parecer inagotables fuentes de energías creativas. Que un cuarto de siglo después no deja de crecer. Y no solo con nuevas propuestas y personajes sino insistiendo en el desarrollo de la película fundadora con esta cuarta y al parecer última entrega -ojalá que no- que alcanza otra cumbre de creatividad, diversión y emoción.

Se comprende que no se tradujera el título de esta saga al español; pero hubiera sido tal vez útil que se llamara Historia de un juguete o Historias de juguetes porque uno de los muchos valores de estas películas es devolver a los niños de la era digital (al que paradójicamente estas películas pertenecen), la realidad virtual y los videojuegos al universo de los juguetes materiales, físicos, de verdad, que se quieren como a los mejores amigos, se estropean con el uso, como los seres vivos son afectados por el tiempo, se pierden o se tiran (recuerden Toy Story 3) y se echan siempre de menos cuando es demasiado tarde para recuperarlos o se redescubren, si han sido guardados, con la emoción de lo que tiene el poder de haber apresado un trozo de nuestra vida (y no uno cualquiera, sino el mejor: la infancia, la única patria verdadera del hombre según Rilke). Al igual que hay que agradecerle la recuperación del vaquero: millones de niños supieron que el universo de los western existía gracias a Woody. Esta cuarta entrega añade a los queridos y tan conocidos juguetes reivindicados un hallazgo extraordinario: el poder de la fantasía infantil para convertir cualquier cosa en un juguete. Incluso un tenedor de plástico de usar y tirar.

Los juguetes se enfrentan a una nueva aventura. Los juguetes se enfrentan a una nueva aventura.

Los juguetes se enfrentan a una nueva aventura.

Los juguetes, en los relatos tradicionales, cobran vida en soledad, cuando los niños no juegan con ellos. Así desde el Cascanueces y el rey de los ratones de Hoffman hasta El soldadito de plomo de Andersen. Las cuatro entregas de Toy Story han sido fieles a esta tradición: en manos de los niños viven las aventuras que estos quieran hacerles vivir; solos, viven las suyas propias. Lo genial de esta cuarta entrega ha sido añadir el poder de los niños para convertir un objeto de desecho -un tenedor de plástico- en un juguete que solo lo es por la imaginación de una niña, lo que le provoca toda clase de dudas existenciales sobre su naturaleza y su destino.

Esta genialidad que se suma a las muchas genialidades que, desde el guion a la resolución técnica o la banda sonora, construyen esta nueva obra maestra que debería inscribirse en una inexistente serie de tetralogías magistrales. Todos recordamos dípticos geniales (El Padrino I y II en cabeza) o trilogías magistrales (de la de la caballería -Fort Apache, La legión invencible y Río Grande de Ford- a El Señor de los Anillos de Jackson); pero, que yo sepa, no existe un canon de tetralogías. De ser así, las cuatro entregas de Toy Story lo han creado. Porque si la primera fue un hito en la historia del cine, esta última que anuncian como la última (ojalá que se desdigan) es una obra maestra, otra obra maestra.

La película debería inscribirse en una inexistente serie de tetralogías geniales

A lo largo de un cuarto de siglo las entregas de Toy Story han resistido el lógico desgaste de su prolongación; han superado la durísima competencia con otras obras maestras de Pixar tan complejas como Inside Out, que podrían hacer parecer simples estas historias de juguetes (muy al contrario: ha puesto en valor su tierna inocencia inteligente); y han superado incluso el retiro forzado del genio creador de Pixar, John Lasseter, apartado por comportamientos sexualmente inapropiados en plena ebullición del Me Too. Ya se verá qué será de Pixar sin Lasseter, pero Toy Story 4, en cuya gestación participó, no se ha resentido de su ausencia.

Nada denota agotamiento creativo o sobrexplotación comercial. Los personajes de siempre siguen siendo tan divertidos y conmovedores como siempre. Los nuevos -con Forky en cabeza, un prodigio de idea y de diseño que solo puede definirse como conceptual, lo más parecido a Woody Allen que pueda ser un tenedor- son magníficos. El guion del clásico de Pixar Andrew Stanton -coautor de las tres entregas anteriores- y de la casi debutante Stephany Folsom, destilado tras un largo proceso de construcción del argumento y redacción de varios borradores, es perfecto. Al igual que lo es la dirección de otro veterano de la casa, Josh Cooley, animador de Pixar desde 2004 ahora debutante en la dirección de largometrajes. No hace falta decir que es magnífica la banda sonora de Randy Newman, alma musical de todos los Toy Story, consagrado cantante y compositor cuando se inició en la música de cine con Ragtime de Milos Forman en 1981 y en el 95 fue afortunadamente fichado para Pixar por Lasseter, que apreciaba su ecléctico estilo pop, rock, country y jazzístico, a la vez moderno y retro, y la mordacidad de sus letras.

Elemento a elemento, con Forky gloriosamente al frente, todo es perfecto en esta nueva obra maestra de Pixar.

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