Crítica de Cine

Ben Affleck: Carapalo en vez de Caracortada

Zoe Saldana y Ben Affleck, aquí director y protagonista, en una escena de 'Vivir de noche'. Zoe Saldana y Ben Affleck, aquí director y protagonista, en una escena de 'Vivir de noche'.

Zoe Saldana y Ben Affleck, aquí director y protagonista, en una escena de 'Vivir de noche'.

Segundo encuentro entre el actor y director Ben Affleck y el novelista Dennis Lehane, hombre querido por el cine: Eastwood filmó en 2003 Mystic River, Affleck en 2007 Adiós, pequeña, adiós, Scorsese en 2009 Shutter Island y ahora Affleck vuelve a él con este homenaje al cine clásico de gánsteres que no ignora (o pretende no hacerlo) las innovaciones neoclásicas introducidas en los 70 por el Coppola de El Padrino, el Polanski de Chinatown o el Leone de Érase una vez en América. Como las clásicas de los años 30 -recuerden Los violentos años 20 de Walsh (1939)- la película empieza con la difícil reinserción de los soldados que regresan de la Primera Guerra Mundial a un país con una alta tasa de desempleo y con la ley seca de 1919 que impulsó el gansterismo que conocerá sus años de oro, ayudado después por la crisis del 29, en las décadas de los 20 y los 30.

El protagonista no es tan malo: son las orteguianas circunstancias las que lo convierten primero en un matón al servicio de los gánsteres y al final en un capo. El problema es que Affleck se toma demasiado tiempo y emplea demasiadas palabras para contarnos la evolución del personaje. ¡Cuánto se habla en esta película! ¡Qué cantidad de diálogos que no conducen a nada! En este sentido Vivir de noche es al cine de gánsteres lo que El rostro impenetrable al western: un pestiño verborrágico. Tiene una muy buena recreación de la época. Buenas interpretaciones, con la excepción de la del mismo Affleck, que en vez de Scarface (Caracortada, mote de Capone y título de un clásico del género dirigido por Hawks en 1932) es Stickface (Carapalo). Aunque en algún plano se diría que intenta parecerse al George Raft que interpretó la película de Hawks y formó junto a James Cagney y Edward G. Robinson el trío de oro del gansterismo cinematográfico, su hieratismo vacía de vida a su personaje. Lo mejor, lo más propio del género: la persecución de coches ametrallándose al principio y la orgía de tiros en el hotel al final. Lo demás es soportable si se tiene paciencia, pero prescindible.

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