Crítica de Cine

Banderas de nuestros hijos: una gran película de un gran director

Una imagen de la nueva película de Ang Lee, basada en la novela 'El eterno intermedio de Billy Lynn' de Ben Fountain. Una imagen de la nueva película de Ang Lee, basada en la novela 'El eterno intermedio de Billy Lynn' de Ben Fountain.

Una imagen de la nueva película de Ang Lee, basada en la novela 'El eterno intermedio de Billy Lynn' de Ben Fountain.

Desde las agridulces comedias sobre familias asiáticas que le dieron fama en 1993 (El banquete de bodas) y 1994 (Comer, beber, amar), Ang Lee ha demostrado un insólito talento camaleónico para abordar con extraordinario acierto géneros y universos tan distintos -y si se quiere hasta opuestos- como los de Jane Austen (Sentido y sensibilidad, la mejor y más inteligentemente fiel recreación de Austen en el cine), la tragedia suburbial americana (La tormenta de hielo), el western (Cabalga con el Diablo), la épica de las artes marciales convertida en poesía fílmica (Tigre o dragón), el cómic (Hulk), el melodrama country-gay (Brokeback Mountain), el thriller con fondo histórico (Deseo, peligro) y la fábula (La vida de Pi). De película en película, siempre sorprende por los saltos en el vacío que da cambiando de género sin abandonar nunca su elegante inteligencia para el tratamiento de la imagen y su educado -pero decidido- interés por dilatar los límites de los géneros y formatos narrativos clásicos.

En este caso vuelve a sorprender haciendo equilibrios casi imposibles -pero al final logrados- entre la sátira sociopolítica y el drama íntimo, la representación grotesca de unas realidades públicas americanas y el retrato conmovido de otras realidades cotidianas. Se podría invertir el título de la en su día famosa película de Miklós Jancsó, Vicios privados, públicas virtudes, para definir esta nueva, gran, rara, conmovedora, desconcertante película de Ang Lee -vicios públicos, privadas virtudes- que es como un revisión aún más desencantada (porque aquella guerra fue necesaria y ésta no) de Banderas de nuestros padres.

Unos jóvenes soldados son filmados en la guerra de Iraq. Uno de ellos protagoniza una acción heroica. La difusión televisiva los convierte en héroes. Y el ejército decide exhibirlos en un partido de fútbol americano. Grandes pantallas, animadoras, banda de música con uniformes imposibles, show con tres vocalistas afroamericanas y bailarines, un millonario texano sin escrúpulos, un organizador de la gira aún con menos escrúpulos, un público que aplaude mientras se atiborra de comida basura... Y entre todo ello los desconcertados jóvenes a la vez humillados y ensalzados, divertidos y ofendidos. Especialmente Billy Lynn, el que protagonizó el acto heroico. A través de él la película se desarrolla en el presente grotesco del circo organizado en el estadio de fútbol americano y en el pasado de sus recuerdos de la guerra y de su familia, terribles el primero y tristes los segundos. Los insertos son muy breves, pero le bastan para dar densidad al horror de la guerra (el primer plano mantenido sobre el iraquí degollado mientras se desangra: desgarrador, no truculento ni efectista) y a la tristeza de un naufragio familiar en la América profunda (la relación con su hermana, magníficamente profundizada en unos pocos planos, o con sus padres, resuelta aún en menos planos de enorme fuerza emocional).

Estas dos heridas llenan de una tristeza que parece anegar la pantalla la mirada del joven Lynn, honda y sobriamente interpretado por Joe Alwyn. Las interpretaciones y los rostros son la clave de esta película abundante en primeros planos que aprovecha con sentido dramático su condición de primera producción rodada con cámaras de alta definición a 120 fotogramas por segundo. Y no sólo es la sensación de realidad de los rostros, ni sólo las grandes interpretaciones de Alwyn, Kristen Stewart, una fabulosa Mackenzie Leigh que da un especial patetismo a su personaje de animadora, un Steve Martin reconvertido en gran y sobrio intérprete y hasta un Vin Diesel que -como ya demostró Sidney Lumet en Declaradme culpable- resulta que sabe actuar. Además está el talento de Lee para componer planos y dirigir a los actores. La mirada casi siempre dirigida fuera de campo del protagonista es una poderosa forma de representar su aislamiento, su soledad. Como la atrevida idea de la cámara entrando en un interior ideal de una casa americana de clase media mientras suena el himno -como si los dibujos de Norman Rockwell se hicieran tridimensionales- es una poderosa forma de representar el sueño americano y su quiebra. Gran película de un gran director.

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