Granada sólo tiene salida por las estrellas | Crítica La Moneta o el baile más temperamental

La Moneta, en medio de sus músicos, durante su actuación en el Teatro Central. La Moneta, en medio de sus músicos, durante su actuación en el Teatro Central.

La Moneta, en medio de sus músicos, durante su actuación en el Teatro Central. / Óscar Romero

Ya en la recta final de esta intensísima cita flamenca, el jueves le llegó su momento a la Moneta, una de las bailaoras más personales y temperamentales de la actualidad, cuyo espectáculo tomaba su largo título de unos versos de Carlos Cano referidos a la ciudad que los vio nacer. Versos de la Habanera imposible con los que empezó un recital que, en sus aspectos formales al menos, no trató en ningún momento de evocar las luces o el aroma de esa maravillosa ciudad.

La música y el baile que nos trajo la Moneta sí fueron auténticamente granadinos, que así es de variado y de rico el flamenco. De este modo, aunque se lo bailó absolutamente todo, sin dejar nada para los dos bailaores, paisanos suyos, que se anunciaban en el programa y que se limitaron a hacer palmas y compás, no cambió de registro –que los tiene porque es una bailaora muy completa- porque era eso lo que quería mostrar: un baile absolutamente temperamental, de energía casi masculina en el que la velocidad se combina con unos flamenquísimos desplantes que nos remiten a las más bellas estampas de otras épocas. El baile técnico y salvaje al mismo tiempo que nos dejaron bailaoras como Mariquilla y otras muchas, nacidas para el arte en las zambras del Sacromonte. Como Paco Cortés, el magnífico guitarrista invitado, que nos deleitó junto a Martinete y a un Tomate que cada día toca mejor.

Tras la declaración de intenciones de la Habanera, empezó Fuensanta con delantal y por bulerías, muy flamenca y muy arriba, para luego ir descendiendo de ritmo –que no de fuerza- hasta terminar de nuevo en lo más alto, con unos tangos en los que derrochó temperamento por todos los poros de su cuerpo. En medio, entrando y saliendo para cambiarse de ropa, dejó bien claro su poderío por soleá y por alegrías, haciendo alarde de su enorme dominio técnico, (castañuelas incluidas) al girar y girar con una cola grande y pesada que no debía ser nada fácil de manejar.

Al igual que la presencia de Cortés, intérprete inolvidable de aquel emocionante alegato que fue Camelamos naquerar, las alegrías de la Moneta supusieron un auténtico homenaje a su maestro Mario Maya en el décimo aniversario de su muerte. Maya ha sido probablemente el que mejor ha bailado por alegrías en todo el siglo XX, sin etiquetas geográficas ni raciales, siempre reductoras, y la Moneta, aunque con un baile muy diferente al suyo, nos mostró una buena parte de él.

No obstante, con todo su arte y el de sus músicos, hemos de reconocer que esperábamos más de este trabajo, tanto por la categoría artística y el enorme bagaje que posee ya la Moneta como -sobre todo- por la cantidad de profesionales que aparecen en el programa (directora de escena, guionista, escenógrafo, asesores literarios…). Granada sólo tiene salida por las estrellas, formalmente, nos pareció en ocasiones una faena de aliño algo improvisada, con poco sentido en la organización del espacio y con unas cuantas fotos proyectadas en el fondo. Imágenes que no entendimos del todo (¿Qué pintaba allí el ojo de Dalí, por muy amigo que fuera de Lorca en su juventud?) y que aportaron poco a un trabajo musical y dancístico que mereció un fervoroso aplauso del público.

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