Andalucía

Despesoeizar Andalucía, peperizar Andalucía… feo 28-F

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La izquierda parece sentir, por momentos, que se ha perdido no la Junta de Andalucía, sino Andalucía. Perpetuarse en el poder siempre tiende a la sinrazón, hasta llegar a identificar una tierra y un partido. Moreno Bonilla reprocha a los socialistas que repartiesen carnés de buenos y malos andaluces, y tiene razón…, aunque lo diga desde el partido que reparte carnés de buenos y malos españoles, como ha hecho Casado esta misma semana. Por lo demás, para la derecha siempre ha sido incómoda la memoria del 28-F, aunque Moreno Bonilla se diese un barniz con su visita a Clavero.

Entretanto, el presidente ha aprovechado el Día de Andalucía para decir que no descarta hacer cambios en la simbología de la Junta para despesoeizarla. Qué cosas. Lleva no cuarenta años, sino cuarenta días en el poder, y ya está pensando en personalizar la imagen institucional. Cuando sugiere despesoeizarla, hay que entender, por lógica, que se trata de peperizarla. A ver si asimilan de una vez, a un lado y a otro, que lo suyo es gestionar sin tentaciones providencialistas. Andalucía ni siquiera viene del 28-F; ya existía 1.000 años antes, cuando Abderramán III construyó Medina Azahara para su favorita entre los olivos donde Séneca aprendió retórica otros 1.000 años antes; o hace 200 años, cuando la mítica aguadora María Bellido vio derrotar a las tropas de Napoleón en Bailén. Sí, el PSOE ha pilotado toda la experiencia democrática de Andalucía, un hecho extraordinario que también convierte en hito la alternancia, pero dentro de cien años se citará a Abderramán o a Séneca o a los héroes de Bailén en cuyo escudo quedó el cántaro agujereado de María Bellido, pero no a Moreno Bonilla o Susana. Deberían tomar un poco de perspectiva.

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Y Moreno Bonilla sigue haciendo grandes discursos sobre la ilusión de Andalucía ante el cambio. Ah, sí, la ilusión… pero en algún momento debería empezar a hablar del cambio real, más allá de la ilusión retórica. Cómo va Moreno Bonilla a cumplir su promesa, mimetizando a Chaves, de “poner Andalucía en cuatro años al nivel de las comunidades autónomas que más progresan”. En su discurso cuesta rastrear aquellas “medidas inmediatas para que la industria andaluza despegue” como “sector moderno y fuerte que genere empleo estable y de calidad”. Ubi sunt. La clave de todo es la promesa de la bajada masiva de impuestos –“bemeí, bemeí” repetía como ET aquello de “micasa”, “micasa”– para crear “riqueza, empleo, bienestar, porque tenemos talento”.

En definitiva, según vaticinaba Moreno anunciando sus cuatro años prodigiosos, “si conseguimos dejar de ser los españoles que más dinero pagamos, muchas empresas van a venir”. Estamos expectantes… y sin duda, más que nadie, los beneficiarios de los 600.000 empleos. Nadie tendrá que irse de la Arcadia prometida: “Yo no quiero que me vuelvan a decir una madre o un padre que sólo ven a su hijo una vez al año porque aquí no han tenido oportunidades”. Bueno, apenas llevan un mes de los 48 para esos objetivos; pero cada vez se les ve criticar más el pasado y comprometer menos el futuro. De su “podemos hacerlo, queremos hacerlo y sabemos hacerlo”, a estas alturas ya existen dudas del “sabemos hacerlo” y el “podemos hacerlo”.

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La comunidad necesita que sus dirigentes salgan del fuego cruzado de propaganda, de golpedepechismo andaluz, y regresen a la realidad. Lo sucedido esta semana con las partidas de violencia de género pinta mal. El presidente andaluz, en el enésimo muletazo para justificarse con la herencia, divulgó que la Junta socialista no había gastado “un 70%” del dinero destinado a las víctimas.

La oposición socialista le acusó de juego sucio a sabiendas de que todo se debe al calendario del Pacto de Estado. Ninguno de los dos dice la verdad. Y los números no deben ser opinables, sino verificables: ¿es verdad o mentira? Pero España, como advertía Julián Marías, “es el único país en el que se discuten hasta los números”. Y el problema no es que se propaguen mentiras, que siempre han existido, sino el régimen de posverdad, es decir, ese punto en que a los ciudadanos llega a resultarles indiferente si el Gobierno andaluz miente o no, si la oposición miente o no, porque asumen que todo vale si sirve de munición a los suyos.

La perspectiva de una legislatura en forma de guerra de cifras falsas es inquietante. Tal vez le convenga a quienes no van a cumplir sus promesas o a quienes quieren hacer olvidar sus incumplimientos, pero la complacencia ciudadana ante eso es suicida. Cuando se acepta ser engañado por el poder, uno pierde la condición de ciudadano para rebajarse al rol de hooligan.

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