Roca, puerta grande en la tarde en la que Talavante sueña el toreo

Andrés Roca Rey, en su salida a hombros, ayer, de la plaza de toros de Gijón. Andrés Roca Rey, en su salida a hombros, ayer, de la plaza de toros de Gijón.

Andrés Roca Rey, en su salida a hombros, ayer, de la plaza de toros de Gijón. / alberto morante / efe

Andrés Roca Rey abrió la primera Puerta Grande de la feria de Gijón, en una tarde en la que El Fandi obtuvo también un apéndice y en la que Alejandro Talavante cuajó una faena de antología, malograda con la espada, con una buena corrida de Sánchez Arjona.

Más allá del rotundo triunfo de Roca, el momento cumbre de la tarde llevó la firma de Alejandro Talavante, que bordó el toreo, y de qué manera, en el quinto. Sólo la espada, su maldita espada, le privó de rubricar como se merecía tan inmaculada labor. Porque no se puede torear mejor, tan puro, tan natural, tan de verdad. El extremeño llevó los escalofríos al tendido con una sinfonía de toreo a izquierdas. Los acordes de La Misión, de Morricone, fueron perfecta compañía ambiental a una obra majestuosa y grande de Talavante. Pura emoción. El toreo en su acepción más grandilocuente. La gente no daba crédito.

Porque el abandono, el temple, la hondura y la imaginación se fusionaron para crear una faena que ya forma parte de la historia de la plaza de Gijón. Pero la espada enturbió lo que hubieran sido dos orejas de ley. Vacío por completo, el extremeño recogió una ovación que se escuchó hasta en Oviedo.

Antes, en su primero, que lidió en primer lugar por un accidente en los corrales, ya había rayado a buen nivel Talavante, que ya había perdido un más que posible trofeo, precisamente, por su fallos con los aceros.

El que sí se llevó el gato al agua fue Roca Rey, el triunfador de la tarde, con permiso del ganadero, que echó una extraordinaria corrida. Al césar lo que es del césar. El peruano sorteó en primer lugar el toro de la tarde, bueno de verdad, con calidad, nobleza y duración, al que plasmó unos cadenciosos lances a la verónicas, y un variadísimo quite por chicuelinas, cordobinas y saltilleras. La faena de muleta, con el temple por bandera, contó con tandas de muletazos inmaculados y de muy buena expresión por los dos pitones. Pero el auténtico guirigay llegó cuando acortó terrenos y en los circulares, cambiados por la espalda y otros alardes que pusieron la plaza en pie. Importante dimensión del peruano con un astado de bandera. El único lunar, el feo bajonazo con el que despenó a Acertado, al que cortó las dos orejas ante el clamor popular.

El sexto, en cambio, fue más brutote; y Roca Rey, que volvió a poner toda la carne en el asador, no logró armar faena.

El Fandi prendió la tarde en el segundo. Larga cambiada, verónicas genuflexas y quite por navarras dieron paso a un eléctrico y variado tercio de banderillas. De hinojos empezó la faena el granadino para el deleite de un público totalmente entregado con él. Por eso ni importó que en la faena primase la cantidad a la calidad ante un toro sensacional para hacer el toreo. Hubo cositas templadas con otras más deslavazadas. Dio igual. La gente quería fiesta, de ahí que, tras una estocada caída, lograra una oreja con fuerte petición de la segunda.

Hasta cuatro pares de garapullos le colocó Fandi al cuarto, al que volvió a saludar con una larga cambiada, destacando también en un quite por zapopinas. De rodillas volvió abrir el último tercio. El toro, el más mansurrón y apagado, sin embargo, sirvió para la tauromaquia del granadino, que hizo un notable esfuerzo para abrir una puerta grande que él solito se cerró con los aceros.

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