las fallas | octava corrida del ciclo valenciano

Ponce deleita con su estética y López Simón se suma a la fiesta

  • El valenciano, por segundo día consecutivo, y el madrileño salen a hombros

  • Perera, de vacío, cumple ante el peor lote de una desigual corrida de Juan Pedro Domecq

Alberto López Simón y Enrique Ponce en su salida a hombros en la octava de la Feria de Fallas. Alberto López Simón y Enrique Ponce en su salida a hombros en la octava de la Feria de Fallas.

Alberto López Simón y Enrique Ponce en su salida a hombros en la octava de la Feria de Fallas. / juan carlos cárdenas

Enrique Ponce y Alberto López Simón salieron a hombros en el octavo festejo de la Feria de Fallas, un espectáculo excesivamente largo, con una corrida de Juan Pedro Domecq marcada por la nobleza y una excesiva flojedad y donde nuevamente la colocación de las espadas -¡vaya feria de estocadas bajas!- no es óbice para que el público valenciano solicite trofeos. Dentro de lo que vimos ayer, lo más brillante corrió a cargo de Ponce, con una faena deslumbrante.

Enrique Ponce, que sustituyó al lesionado Cayetano, consiguió su segunda Puerta Grande consecutiva en esas Fallas tras la mejor faena de las cuatro que ha realizado en la feria. El veterano maestro, venerado por sus paisanos, cuando ya habían pasado cerca de dos horas de espectáculo tedioso, cuajó una faena estética y variada al cuarto toro del festejo, colorado y largo y que en sus embestidas resultó un toro de carril y con mucha cuerda. El diestro, relajado, disfrutó dando suaves muletazos con ambas manos. Dentro del conjunto, sobresalió una serie con la diestra con ligazón en la que, con la figura desmayada, movió la tela con suma lentitud en un toreo al ralentí. Cambios de mano, una capeína, chivanas -naturales que se inician con el envés de la muleta- y su habitual cierre por poncinas -muletazos genuflexos- adornaron una gran obra que cerró de rodillas, también toreando con suavidad con la diestra. Como el día anterior, el público, enardecido, gritó "¡Torero, torero!". Mató de estocada desprendida y fue premiado con las dos orejas.

Al que abrió plaza, que empujó con bravura en varas, lo machacaron. El animal llegó sin fuelle a la muleta para una labor de enfermero de Ponce en la que fue silenciado tras un pinchazo y cuatro descabellos.

López Simón, con un buen lote y su dosis de voluntad, triunfó, cortando una oreja a cada uno de sus toros. El colorado tercero fue devuelto por su invalidez. El diestro madrileño se empleó con el tercero bis, mal presentado, nobilísimo, en una faena voluntariosa en la que muleteó por ambas manos dentro de la ortodoxia. Mató al primer envite y fue premiado con un trofeo.

Con el que cerró plaza, un animal potable, con un gran pitón izquierdo, López Simón, con la Puerta Grande entreabierta, fue a por todas. Recibió al astado con unos lances de rodillas. Y en su labor, desigual, con un cierre en cercanías con el toro ya rajado, prevaleció la ligazón. La estocada al primer envite fue desisiva para cobrar otra oreja y acompañar a hombros a Enrique Ponce, que sin duda cuajó la mejor faena de la tarde.

Miguel Ángel Perera tuvo el peor lote en suerte. Su primero fue devuelto por su invalidez y como segundo bis saltó un toro bajo, algo atacado de kilos, al que cuidó en varas y que pese a ello llegó sin empuje ni fuerza, embistiendo con nobleza. A Perera, de muleta poderosa, le faltó toro. Mató de estocada y fue ovacionado.

Al quinto, bien presentado, le costaba embestir. Perera, que lo recibió con unas verónicas de rodillas, asustó con muletazos por la espalda en el inicio de una faena marcada por el mando y el temple, hasta cerrarla entre los pitones, con el toro ya aplomado. Falló con los aceros, precisando de cinco pinchazos y una estocada para ser ovacionado.

El exceso de metraje del espectáculo por las devoluciones y las labores sin medida -raro es el festejo sin un puñado de avisos-, con algunos pasajes aburridos en los que faltó toro, fue compensado por la faena de Enrique Ponce al cuarto, una obra de una carga estética de alto voltaje.

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