Octava de abono en la Real Maestranza de Sevilla

Don Julián, dominador y colosal

  • El Juli gana su quinta Puerta del Príncipe tras cortar cuatro orejas -dos a su primer toro y dos simbólicas del quinto-, de Garcigrande, de nombre 'Orgullito', que fue indultado

El Juli tras indultar al toro El Juli tras indultar al toro

El Juli tras indultar al toro / Juan Carlos Muñoz

Llegó la primavera, la Feria y se desató el delirio en La Maestranza, que ofreció un llenazo con un público en las antípodas en exigencia del aficionado de preferia. El magnífico toro en la muleta que fue indultado, Orgullito, de Garcigrande, hizo una pelea en varas desigual y nada exigente.

Pero el primer tercio, antaño referente para ganaderos, ha desaparecido en el menú incompleto que es hoy en día la corrida de toros. Ya se sabe que los aficionados que quedan en La Fiesta y creen en un menú completo están señalados por glotones.

En cualquier caso fue una tarde histórica para Julián López, El Juli, en plena sazón y en su mejor actuación en la plaza de Sevilla, donde cortó cuatro orejas -dos a su primer toro y dos simbólicas a su segundo-, saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe por quinta vez en su carrera. Un festejo en el que como protagonista también estuvo la ganadería Gracigrande-Domingo Hernández, dos hierros de la misma casa ganadera y con el mismo encaste, cuyo propietario falleció el pasado febrero, por lo que los astados saltaron al ruedo con divisa negra en señal de luto.

Con el quinto toro, Orgullito, de Garcigrande, cuatreño, número 35, negro, bajo, de 528 kilos, muy bravo en la muleta, noble y repetidor, El Juli, que se lució en unas verónicas con mando y en un gran quite por ese palo, cuajó en los medios una gran faena, vibrante y poderosa, en la que arrastró una y otra vez la muleta por la arena, persiguiéndola con humillación el astado en muletazos ceñidísimos. Tras un comienzo soberbio, con un bello muletazo rodilla en tierra, el diestro dio a entender al toro de inmeditado quien iba a mandar, con una tanda de mano baja. Sonó la música. Con la izquierda elevó el listón en una serie de naturales con ligazón rematadas con el de pecho sin rectificar.

Luego, con la diestra, barrió literalmente el albero en dos series con el público rendido. Comenzaron a salir pañuelos blancos en petición de indulto del toro y tras unos circulares invertidos, los tendidos, nevados de pañuelos, eran puro fuego. El Juli en ningún momento quiso darse coba para indultar al astado y continuó con otra serie diestra de mano baja. Entonces, el presidente, José Luque Teruel sacó el pañuelo naranja. El toro fue devuelto a los chiqueros y El Juli dio la vuelta al ruedo con el ganadero Justo Hernández, hijo del ganadero Domingo Hernández.

Anteriormente, El Juli, con una firmeza extraordinaria y otro derroche de buen toreo, había triunfado con el segundo, otro toro bravo -con el hierro de Domingo Hernández-, altote, con calidad, pero que bajó su rendimiento al perder fuerza a mitad de faena entre otras cosas porque El Juli exige lo máximo a los toros, a los que hace humillar tras sus telas.

El torero de San Blas ganó terreno a la verónica y tras agarrar un gran puyazo su picador José Antonio Barroso, ovacionado con fuerza, realizó una faena, que brindó al ganadero, Justo Hernández, marcada por el dominio, la exposición, el gusto y pases ajustados que comenzó con la diestra, siendo arrollado y sin titubeo alguno, desde la arena continuó de rodillas toreando.

Luego de pie, suavidad y ajuste o tres naturales larguísimos sin enmendarse... Con el toro a menos, algunos naturales sueltos fueron de factura cara. En la suerte suprema se tiró a por todas y enterró el acero de manera contundente y arriba para cobrar dos orejas.

Enrique Ponce fue premiado con una oreja del cuarto, bajo, tras una faena desigual, salpicada de su deslumbrante estética, que comenzó con doblones y rubricó al primer envite. Con el que abrió plaza, terciado y que se quedaba corto, el trasteo no levantó vuelo, a excepción de una tanda con la diestra. Y Alejandro Talavante pasó inadvertido ante su lote; el tercero justo de trapío y deslucido y el sexto, alto y que se rajó. La tarde fue de principio a final de un torero: don Julián, dominador y colosal.

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