6º de abono

Indulto y cátedra de Enrique Ponce

  • Crisol se convirtió en una experiencia sensorial marcada por el sonido y el color que rebosó en la plaza. Jaraiz se convierte en el segundo toro indultado en los 143 años de historia de La Malagueta. Conde se reencontró con la afición de su tierra

Enrique Ponce salió a hombros de La Malagueta. Enrique Ponce salió a hombros de La Malagueta.

Enrique Ponce salió a hombros de La Malagueta. / Jesús Mérida

Escribía José Bergamín en 1974 La música callada del toreo. No sé qué hubiera pensado sobre esta corrida Crisol, pero seguramente habría entendido que el toreo, a veces, tiene voz propia.

Aquello fue obra de la precisión milimétrica con la que los artistas juegan a su favor. Loren creó magia con la tinta china y la toreografía. Una año más, la Picasssiana se superaba. El paseíllo arrancó con los fuertes de Oh fortuna. El rugido de los violines y la coral se hundió en el dolor y transformó en silencio de respeto por las víctimas de Barcelona. Las verónicas de Ponce hicieron justicia. Canela. Cada lance una foto y dos medias de las que quitan el sentío. La sorpresa y la actitud en dos verónicas y una media belmontina de Conde en el quite gustaron. El de Juan Pedro estaba en el tipo: recogido, noble, con clase y poca fuerza. Ponce vio y Estrella Morente cantó. Tres tandas firmadas con tinta de oro que dibujaron las toreografias más bonitas que han pintado el ruedo malagueño. La voz desgarrada y el olé profundo. Aquello iba igual por el izquierdo. La gracia del toquecito y el pase de pecho medido en minutos. Sonó La Misión en la banda. La espada quedó algo atravesada y cortó una oreja. La primera de cuatro.

El tercero fue un toro chico y parado de Daniel Ruiz, que llegó a la muleta con un hilo de vida y perdió las manos con el capote. Y así durante la faena. Saludaron Neiro y Jarocho con los palos. La muleta fue un ejercicio de técnica que arrancó sabor, pero ante un oponente de esas características la cosa desluce. Y la música. Siempre emotiva y siempre favorable a las emociones. Quizá en exceso. Le sacó la faena que tenía, muy en largo y con gusto en los remates. Un natural tras un cambio de mano puso la plaza en pie. La espada entro caída y se pidieron las dos orejas con fuerzas. Un solo pañuelo salió desde el palco, acertadamente.

Se entregó con el capote Enrique Ponce en unos soberbios delantales. El quinto tenía más vida (y la que le quedaba). Tanta que se llevó por delante el dibujo en tinta china del burladero. Precisamente, el de un toro. Pero no, la pelea estaba en la franela del de Chiva. Y Estrella de nuevo. Los naturales marcados por el compás de la música. Uno, dos, tres y cuatro tempos. Eso duraba cada natural. Soberbio. Majestuoso. Y luego qué. Naidie. Tandas al ralentí por ambos pitones. La música, las palmas, los gritos de torero y un sombrero cordobés en el albero. Sacó el capote y allí le pegó tres poncinas de escándalo con las que sólo quedaba llorar. Llevados por la emoción, asomaron pañuelos blancos pidiendo el indulto. No lo era. Y el diestro de rodillas cuajó cuatro derechazos de los que se sueñan. La plaza rota porque no había palabras. Jaraiz se ganó la vida por la ilusión de los presentes, aunque el mérito era para el torero. Salió Conde a pegarle una tarde al ya indultado toro de Juan Pedro. El segundo en la historia de La Malagueta, también por Ponce, pero ya habrá tiempo para números en otro momento.

El inicio del primero de Conde fue una sucesión de inseguridades con el capote. Trujillo lidió con técnica magistral y fue reconocido. Parecía que no, pero fue que sí. Una trincherazo, dos por la diestra por alto y el noble de Daniel Ruiz en el tercio. Lo embebió en series de temple y ligazón. En los gestos y desplantes estaba el arrebato. La izquierda fue de arte, muy tapado siempre y componiendo como no estábamos acostumbrados. O quizá simplemente olvidados. La espada fue una piedra que cayó trasera y atravesada. Al golpe de verduguillo afloraron algunos pañuelos, no en mayoría. Estaba hecho. Dio una vuelta al ruedo.Su segundo fue el que menos kilos tenía y sin embargo más trapío presentaba. Bajito y astifino. Pa’ na’. Se quedó en el caballo y llegó justísimo a la muleta. Pasarían cosas, pero nada destacable porque luego Ponce firmaría su idilio con Málaga una vez más. Después, Javier tendría que volver a salir.

¡Y vaya si salió! La verónica estirada. Otra pintura. Ya en banderillas empezó a cantar Estrella Morente: “Mientras toreas, voy a soñar”. Uno nunca hubiera pensado que la plaza se pondría en pie. Pero sucedió. Eran medios muletazos pero ¿qué más daba? La historia estaba ya escrita y tenía un nombre: reencuentro. Pinchó, posiblemente con algún trofeo. Ovación y tarde histórica.

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