¿Quién ha borrado el firmamento?

  • En las calles de las grandes ciudades del mundo desarrollado, el cielo nocturno es casi invisible, debido al exceso de luz artificial, fenómeno que, además de implicar un derroche energético, altera la biodiversidad

El 21 de octubre de 1879 Tomas Alva Edison realizó la primera demostración de la bombilla eléctrica. Su instalación experimental brilló intensamente con un circuito de 30 lámparas que iluminaron la noche. Apenas siglo y medio después, el exceso de luz nocturna es un problema, del que ya avisó el filósofo Bertrand Russell: "En las calles de una ciudad moderna el cielo nocturno es invisible. Hemos borrado el firmamento, y sólo unos pocos científicos contemplan aún las estrellas, los planetas, los cometas y los meteoros". Ese fenómeno es concido hoy como polución lumínica.

Esta clase de contaminación urbana "es producida por el mal apantallamiento de la iluminación de exteriores y el uso de luminarias inadecuadas, lo que hace que parte de la luz sea enviada hacia el cielo y no sea aprovechada para iluminar el suelo de nuestras calles, plazas e instalaciones deportivas", explica Federico de la Paz, de la Oficina Técnica para la Protección del Cielo.

Alteración de la biodiversidad, derroche energético, inseguridad vial o trastornos del sueño son algunas de las consecuencias directas de la polución lumínica, según indica el vicepresidente de la agrupación Astro Henares, Raúl Cacho: "Nos roba las estrellas; implica un gasto de energía y, por tanto, pérdidas económicas. Además, este fenómeno también afecta a los animales. Un ejemplo son los mosquitos y polillas, que confunden las bombillas con la Luna. A gran escala, esto sucede con otras especies nocturnas que utilizan la Luna para guiarse, y se pierden en sus migraciones al confundir la luz procedente de las ciudades con el crepúsculo", explica Cacho.

Por otra parte, un estudio presentado recientemente por el Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva de la Universidad de Valencia, comenzado en 2004, asegura que la contaminación lumínica urbana afecta directamente al vuelo, la navegación y la visión de los insectos. Los ciclos reproductores de estas especies también se ven desequilibrados por la excesiva potencia de luz eléctrica y su mortandad aumenta por la atracción que ejercen sobre sus propios depredadores, que los localizan más fácilmente.

Joaquim Baixeras, profesor de Zoología de la Universidad de Valencia, y el investigador Guillermo Fernández explican que el derroche energético que supone la polución luminosa provoca que los urbanitas vean sólo 200 de las 7.500 estrellas detectables a simple vista. Los observatorios astronómicos fueron los primeros en darse cuenta del problema y en movilizarse para combatirlo en España. La primera medida legal fue la Ley del Cielo de Canarias en 1988. "El derecho a un cielo nocturno no contaminado que permita disfrutar de la contemplación del firmamento, debe considerarse como un derecho inalienable de la humanidad, equiparable al resto de los derechos ambientales, sociales y culturales," reza la declaración La luz de las Estrellas proclamada en Las Palmas en abril de 2007. Además, combatir la contaminación luminosa es, en el fondo, perseguir un bien social común y preservar el derecho de las generaciones futuras a tener un medio ambiente mejor y un cielo más puro, como señala la Declaración Universal de los Derechos de la Generaciones Futuras de la Unesco. Hoy en día, astrónomos y agrupaciones ambientalistas unen sus esfuerzos para luchar contra el exceso de iluminación nocturna. "Al parecer la contaminación lumínica, como otras, esta asociada al nivel socioeconómico de los países; por tanto, podemos decir que los más ricos tienen mayores niveles de polución luminosa", indica De La Paz. Además, puntualiza que "definir qué lugar en el planeta es el más contaminado lumínicamente es complejo, pero resulta evidente que en España, ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Bilbao están a la cabeza en este problema".

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