Provincia

Los redobles judíos despiertan Baena

  • La localidad cuenta con una merecida fama por la forma con que celebra la Semana Santa en base a un sonido, persistente y monótono, que se identifica con esta celebración

Los primeros rayos de luz comienzan a entrar por las ventanas, el silencio acostumbrado de estas horas se torna redoblar de tambores, Baena se mece al son de las cajas de sus judíos, amanece el Miércoles Santo. En este día coliblancos y colinegros copan las calles, la Almedina se llena de olor, color y sentir cofradiero, estas figuras anárquicas, especiales y únicas se tornan protagonistas. Ser judío es un sentimiento, es algo innato, un privilegio. 

Con las primeras luces del día, Jesús, un pequeño que acaba de cumplir cuatro años, se levanta de su cama, en pijama, con los ojillos aún entrecerrados intentando acostumbrase a la luz, pregunta: "¿mami, salen hoy ya los judíos con casco? ¿Salen los coliblancos y los colinegros?" "Sí cariño, hoy es el día", dice su madre besando su mejilla. "Pues vísteme rápido que ya mismo viene el tito Fisquín por mí".

Con la insistencia, nerviosismo y cabezonería típicas de esta edad, Jesús se niega a esperar un minuto más para ir colocándose uno a uno los arreos del judío. Su madre resignada, con gran mimo y cuidado, comienza a vestirlo: primero, la inmaculada camisa blanca; después el pantalón negro impecablemente planchado, el diminuto pañuelo bordado con su nombre y asido al cuello con un también ínfimo anillo; el tahalí, debidamente colocado y con cuidado de que no dañe su aún débil cuerpecillo, la chaqueta roja heredada de su tío Félix quien la llevara veinte años atrás, y el tambor, el majestuoso tambor.

Ya vestido, se asoma a la puerta de su casa. Mientras espera, sus ojillos negros miran a lo más alto de la calle, el transitar de judíos es incesante, uno de ellos será quien vaya a por él. Con lógica torpeza y casi sin mirarse las manos para no perder detalle de lo que ocurre en la carrera, se pone él solito los guantes de judío: "Si no me los pongo me salen pupas", dice.

Por fin, su tío abuelo Fisquín bordea la esquina, un judío colinegro aferrao, va en busca de su pequeño sobrino, coliblanco por caprichos del destino. En sus manos le trae un regalo, unas pequeñas baquetas confeccionadas por él mismo y talladas con el nombre de Jesús, quien inmediatamente abandona las suyas, toma las nuevas y comienza a golpear con fuerza su tambor.

Ambos, el uno colinegro y el otro coliblanco, con más de medio siglo de diferencia entre los dos, abandonan la casa, dejan la calle y poco a poco, orgullosos el uno del otro, se pierden entre la multitud, entre los miles de judíos de ambas colas que este día, el día grande para los judíos de Baena, echan las cajas y abarrotan la ciudad.

Durante toda la mañana y hasta la salida de la procesión a las 20:00, los judíos deambulan por las calles del municipio sin destino, mezcladas las colas blancas y negras, por grupos o en solitario. Hay muchos que no entienden esta sonora tradición, no pueden entender qué hacen más de 3.000 personas vestidas de color rojo sangre, con brillantes cascos de coracero de los que emanan las características colas negras o blancas, tocando sus tambores colgados del talabarte durante horas, días. 

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