La Esperanza

La bulla y la plegaria se hacen hueco en la plazade San Andrés

  • Varios centenares de personas colapsan puntos como El Realejo y la Cuesta del Bailío para ver el cortejo

Bulla dentro y fuera de la procesión, bulla horas antes y también después del cortejo y hasta bulla bajo las trabajaderas, que es donde descansa el peso de los titulares de la hermandad de Esperanza. Esta corporación es la viva expresión de lo que entre los cofrades se entiende como bulla. Ayer volvió a llenar, y sin dejar un solo hueco, rincones tan emblemáticos de la ciudad como El Realejo y la Cuesta del Bailío, una inclinada escalinata situada junto a la plaza de Capuchinos que se ha convertida en su santo y seña. La ha bajado en estas últimas décadas ante la mirada de muchos centenares de cordobeses y ahora es la única de Córdoba que pasa por este espacio. Pero la Esperanza no sólo dejó instantes de bulla. También deparó plegarias, algunas transformadas en sentidas saetas. Las primeras sonaron en la intimidad, en el interior de la parroquia de San Andrés, al Señor de las Penas primero y a la Virgen después.

La fiesta de San Andrés comenzó minutos antes de que el diputado mayor de gobierno golpeara el portón de esta iglesia fernandina, en torno a las 17:45. Arrancó con una especie de pasacalles que la Agrupación Musical de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, de Linares, hizo para abrir boca y paso entre el abundante gentío que se agolpaba en la plaza. Interpretó Heroína, una marcha militar obra de Feliciano Pousa de corte alegre que sirvió para avivar aún más el ánimo de los allí presentes. Los músicos de Linares se ganaron de esta manera el primer aplauso de la tarde de Domingo de Ramos en San Andrés.

Había muchas ganas de ver a la Esperanza, tantas que alguno llegó a perder los nervios haciendo necesaria la intervención de los agentes del Cuerpo Nacional de Policía que se habían desplazado precisamente para evitar este tipo de incidentes. Pero, afortunadamente, no fue a más. La cofradía cumplió con escrúpulo el horario de salida, las seis de la tarde, momento de mucho calor, casi sofocante, en una plaza en la que apenas si había sombras donde poder cobijarse. Ni siquiera la brisa que soplaba aliviaba los alrededor de 30 grados de temperatura que se llegaron a registrar a estas horas de la tarde.

Pero el calor, que suele ser compañero de viaje del ambicionado sol de cualquier jornada vespertina de Semana Santa, no se sufre cuando se espera el paso de un titular. Fueron más incómodos los achuchones y los pisotones que se llevaron más de uno, algo predecible si se tiene en cuenta que no hay sitio ni para moverse. "Señora, el aforo es limitado", decía un joven a una mujer que trataba de hacerse un hueco imposible en el mismo momento en el que el paso del Señor de las Penas encaraba la calle San Pablo en su camino hacia la carrera oficial.

El sol hizo resplandecer el dorado del paso de misterio y también que el rojo de los claveles y de la aterciopelada túnica de la imagen de Juan Martínez Cerrillo ganara en vistosidad. Coexistieron, y con bello resultado, diversos colores en la tarde-noche de la procesión de la Esperanza. Al rojo de la túnica del Señor de las Penas y el clavel de su paso de misterio se le sumaron el verde oscuro de los capirotes de los nazarenos, el blanco de las rosas y alhelíes que perfumaban a la Virgen de la Esperanza y hasta el negro del medio centenar de mantillas que fueron tras los titulares -Olga Caballero, hermana mayor de la cofradía, colocada en primera línea tras el paso del Señor.

Capítulo aparte mereció la cuadrilla de costaleros, que volvió a evidenciar el empuje que la caracteriza y que la convierte en una de las mejores de la ciudad. Este empuje, sin embargo, conlleva algún que otro sustos, como el que produjo en la salida del paso de palio de la Virgen de la Esperanza. Las perinolas de dos varales del costero izquierdo tropezaron con el intradós en la salida de la iglesia de San Andrés, lo que hizo que más de uno apretara los dientes. Algunos de los que contemplaron esta escena achacaron el roce al hecho de que "los costaleros no pueden ni oír al capataz cuando la gente se pone a aplaudir".

La Esperanza, en cualquier caso, es una procesión muy especial y diferente a todas las demás. Con más o menos detractores, lo cierto es que a nadie le gusta perderse la espectacularidad que transmite esta cofradía. Si a eso se le suman las intensas devociones que despierta, como ayer quedó palpable, la hermandad se convierte con todo derecho en una de las punteras de la ciudad.

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