“Tendrá que pasar mucho tiempo para ver si mis marchas perduran”

  • Las hermandades de la Sangre y de los Dolores estrenan este año sendas composiciones del autor de ‘Valle de Sevilla’, las primeras para su ciudad natal

José de la Vega salió de Córdoba el 2 de febrero de 1949 con destino a Madrid, para hacer el servicio militar y para ampliar los estudios musicales que había iniciado muy niño en su ciudad natal. Desde aquel momento completó su formación e inició una carrera como violinista que se vio truncada por un percance. Desde ahce unos años, marchas suyas como Valle de Sevilla o Triana, tu Esperanza lo han encumbrado como uno de los mejores autores del género procesional. Curiosamente, en su producción faltaban piezas de este género dedicadas a Córdoba y en los últimos meses se han estrenado dos. En diciembre fue Ángeles, Reina, dedicada a la titular de la cofradía de la Sangre y en enero, Los Dolores para la Virgen de San Jacinto. Ambos estrenos –en Capuchinos y en el Salón Liceo del Círculo, respectivamente– supusieron su consagración en Córdoba.

–¿Imaginaba hace un año que se iban a estrenar dos marchas en Córdoba, su ciudad natal?

–No, no tenía ni idea de que esto se pudiera producir. Es algo que me da mucha alegría. Agradezco a los jóvenes cordobeses que me hayan dado esta alegría interior. En el estreno de Ángeles, Reina me dijeron: “Maestro, no se le nota a usted la emoción” y respondí que lloro para dentro. Pero sí, sí hay emoción.

–Independientemente de estas dos piezas, esta última etapa suya de las marchas procesionales es una forma de llegar a la cima, de coronar una carrera musical.

–Sí, ha sido decisiva para mi vida interior. En esta etapa ha sido fundamental Francisco Javier Gutiérrez Juan, director de la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla. A él le estoy muy agradecido y no creo que se lo pueda pagar, porque no tiene precio lo que ha hecho. Es una persona que sin conocerme de nada, solamente mirando mi música, la ha puesto en circulación.

–Y este reconocimiento le llega con un género que usted no había cultivado antes y que se le cruzó en su vida casi por casualidad.

–Fue 1981 cuando nace Esperanza Divina Enfermera. Mandé la marcha a un concurso en el que me dieron una mención, pero nada más, y a partir de ese momento parte toda esa retahíla que ha venido después. Estuve un tiempo sin componer y a partir de enero de 2006, cuando se presentó la grabación de mis marchas, han venido las demás.

–Pero a este momento no se llega por casualidad, ¿no? Detrás debe haber un largo proceso de formación y de experiencia.

–Todo esto es como consecuencia de lo que uno ha estudiado, ha trabajado, ha visto, ha hecho y ha analizado, sobre todo. Para escribir una marcha de procesión, que no había hecho nunca antes, me documenté primero con las tradicionales, las celebérrimas, como Amarguras o Soleá, dame la mano. Para mí, más importante que oír es analizar.

–¿A qué conclusiones llegó tras este análisis?

–Poder hacer una marcha, cómo se hace, cómo se construye, qué partes tiene. Luego, la inspiración que, como dice el dicho, que me pille siempre trabajando.

–¿Cuál es el sello que tienen las marchas de José de la Vega?

–No sé, dicen que tienen un sello especial y yo no podría decir cuál es. Una cosa que tienen es el españolismo, el andalucismo, que sale en todas de forma espontánea, aunque en cada una de forma distinta. También me documento para ver las imágenes, lo que le dicen a uno. En el caso de la Virgen de los Dolores nadie me tenía que decir cómo es; la conozco de sobra. Las otras, incluso, a través de simples estampas que me han mandado. El resultado ahí está.

–¿Qué nivel ha encontrado en este mundo de la composición de marchas procesionales?

–En general, bueno. Pero como vivo en Madrid no estoy muy al tanto. Me encargan una cosa, me documento, la hago y luego me olvido, porque tengo que hacer otras cosas. De lo único que debía hablar, porque conozco bien, es del doble disco de hace dos años de la Banda de Sevilla. Allí hay marchas muy buenas, de Castillo y de otros. Hay otros que, en cambio, no me merecen la pena tratar de imitar, aunque trato de no imitar a nadie, sino de hacer lo que sé hacer. El porvenir de esto es incierto, porque uno aspira a que su marcha tenga el éxito de Amarguras o de Soleá, dame la mano, porque las marchas de Farfán tienen un sello militar que luego han seguido Abel Moreno, Pedro Gámez Laserna o Pedro Morales. Las de los Font tienen otro estilo distinto. Quizás lo mío se parezca más a lo de esta saga.

–Pese a que usted fue discípulo de Gámez Laserna.

–Sí, fui un discípulo breve y jovencísimo. Él no me enseñó más que solfeo, luego me matriculé en el Conservatorio y mantuve con él una relación de amistad. No sé hacer las marchas que hacen ellos, que algunas son muy buenas.

–Todos los que ha nombrado son músicos militares.

–Una de las cosas que hacen es utilizar las cornetas y los tambores, algo que a mí no se me da. Si salió algo en Triana, tu Esperanza, pues salió.

–¿Cuándo compone, en qué se piensa? ¿En el resultado en la calle que, en definitiva, es el objetivo final?

–No pienso en la calle sino en el resultado musical. Es una marcha y es, lógicamente, para marchar. Da igual que sea una marcha de procesión, lenta u ordinaria. Lo que hay que pensar es en la música, buscar el resultado y, si es posible, escuchar lo que se hace. Quienes no hemos dispuesto de banda vamos un poco al albur, a la aventura.

–Sobre todo usted por pertenecer a una generación que no ha podido disfrutar de las ventajas de la informática.

–No creo en el ordenador para componer.

–¿Lo ha intentado?

–No lo he intentado. Lo he visto hacer y no creo en él, porque el ordenador es una cosa efectiva pero fría. Veo que dan a un botón y escuchan lo que han hecho, pero mal oído, porque no se perciben los sonidos tal y como son. Por la fuerza de la costumbre y como, encima, no soy pianista, he tenido siempre que hacerlo a pecho limpio. Me acostumbré a oírlo simplemente viendo el papel y la gente se asombra. Me preguntan que si lo oigo y les digo que sí, sé perfectamente cómo es.

–Hay quien lleva más años componiendo marchas y no ha llegado al sitio que ocupa usted ahora.

–No ocupo sitio ninguno. No me gustaría ser petulante y creer que ocupo un sitio importante. Sólo soy uno de los muchos que escriben. Lo único que tengo que pensar es que las cosas se han hecho, están y quedarán. Tendrá que pasar mucho tiempo para ver si, efectivamente, mis marchas perduran, porque siempre he dicho que en casi todas ellas no se entra a la primera vez, porque yo mismo no he entrado. La composición es un mundo muy difícil al que no me pensaba dedicar. Lo hice finalmente por mi accidente quirúrgico en el brazo que me obligó a dejar el violín.

–¿La creatividad tiene un límite?

–No. Si Wagner no hubiera muerto habría hecho más y más. La imaginación no tiene límite y un solitario, como yo, se pasa el día imaginando cosas.

–Pero usted ha dicho más de una vez que quiere descansar un tiempo de componer marchas.

–Ah, eso es distinto. Quiero descansar porque he tenido dos años de demasiado estrés. Me lo ha dicho mi hija y no sé en qué lo ha notado, porque no me he estresado ni cuando he trabajado en varias cosas a la vez. Efectivamente, ahora que me estoy tomando el descanso es cuando lo noto. No es porque me guste descansar, que no me gusta, sino porque te quedas un poco vacío al estar ya todo estrenado.

–¿Qué sintió el pasado 1 de diciembre con el concierto homenaje que le tributaron en Capuchinos?

–Mucha emoción. Lo que pasa es que esa emoción es tranquila, sosegada. No porque crea que me lo merezco, sino por escuchar toda mi música. A mi edad no hay grandes emociones.

–¿Y si este momento lo estuviera viviendo con 30 años menos?

–Sería completamente distinto. Habría fogosidad y ahora lo que hay es tranquilidad.

–¿Tienen algo en común, musicalmente hablando, las dos marchas que ha compuesto para Córdoba?

–Cada una tiene su sello. Los Dolores es, o por lo menos lo he pretendido, muy seria, tranquila, de unos dolores gozosos. No hay alegría en la marcha, tampoco la hay en Ángeles, Reina. Los Dolores refleja a la Virgen de los Dolores y la otra está dirigida a la función de cada una de las imágenes de la hermandad: el diálogo, el lamento. Todo está programado y es distinta a la otra, que tiene una libertad absoluta.

–¿Y cumplen su finalidad?

–Ustedes lo dirán. Así lo he pretendido.

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