La luz de la Trinidad que rompe el luto

  • La hermandad del Vía Crucis atraviesa la Judería en silencio, roto sólo por cuatro tambores

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Hay demasiada luz. Demasiada en la plaza de la Trinidad a la espera de que llegue la noche y que intenta anteponer la hermandad del Vía Crucis. Esa que escudriña las calles de la Judería en medio de la noche. La misma que lleva el Santo Cristo de la Salud. La misma que anuncian cuatro tambores bien rotundos, el único ritmo que suena en casi todo su recorrido. Si hay penitencia el Lunes Santo es en la Trinidad. Es en todo el recorrido de la cofradía del luto absoluto. Sin embargo, lo luminoso de la tarde juega al despiste con muchos de los presentes, pero no para quienes siguen el rezo del vía crucis.

Minutos antes de que dé comienzo la procesión, en el estanco de la Trinidad alguien asegura que lleva muchos años acudiendo de manera fiel cada Lunes Santo, pero que este año hay menos gente. Se equivoca. Hay gente. Y mucha, pero no tanta como en otras procesiones que ya alcanzan, a estas horas de la tarde, la carrera oficial. Es Lunes Santo, un día de contrastes cofrades. Mientras el sol cae, una niña pequeña augura a su padre que sólo quedan cuatro minutos para que comiencen a salir los nazarenos. El primero pone sus pies descalzos sobre el suelo. El vía crucis ha comenzando y, de una vez por todas, el silencio reina. Una llamada perdida, alguna que otra tos lejana, el disparo de las cámaras de fotos. Pequeños detalles sonoros, casi imperceptibles, rompen la tregua de los cuatro tambores que anuncian al Cristo de la Salud y que marcan el paso de los pies nazarenos, vestidos con zapatillas de espartos negras.

Tambores, cirios, cruces. Dos cirios y, detrás dos cruces. Es el orden de la hermandad del Vía Crucis, que lleva un paso seguro y monótono, que se detiene, al mismo tiempo que las campanas de la parroquia de la Trinidad empiezan a tocar a muerto. Lejos quedan los tambores y las campanas copan protagonismo, al igual que el incienso que intenta oscurecer la tarde, que se resiste a desaparecer. Los tambores están ya en la plaza de Pineda y el párroco de la Trinidad, José Juan Jiménez, reza la primera estación de penitencia. "Es tiempo de silencio y meditación", asegura y añade que, en contraposición, "en la vida cotidiana hay mucho ruido". Peticiones para todos, para los enfermos que viven solos, para los que permanecen en los hospitales, pero sobre todo "para los hogares que por la crisis han perdido la esperanza", incide y recuerda que el Cristo de la Salud es un buen soporte para ello porque "es la esperanza y la vida de muchos".

Tres son los privilegiados cofrades que portan la talla, una pieza anónima de 1590. La imagen inicia su recorrido y para a cada estación del vía crucis. La segunda en la plaza de San Juan, la tercera en la de la Agrupación de Cofradías, donde turistas y vecinos muestran su sorpresa, su admiración y donde los tambores dan paso a la Nova Schola Gregoriana. Así, hasta entrar en la carrera oficial y atravesar la plaza de Ramón y Cajal, la Puerta de Almodóvar y la calle Albucasis, donde espera el coro Zyrab. Y continuar una y otra estación de penitencia hasta la última, la número 14 en la Trinidad, donde todo empezó y donde volverá a empezar otro Lunes Santo del próximo año, con más o menos luz.

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