Cofradías · la borriquita

La chiquillería de San Lorenzo

  • Los niños protagonizan la procesión de la Borriquita, que avanza al ritmo del zarandeo de las palmas y los olivos

La Semana Santa es una época de cambios, unos días que abren una rendija a la primavera por donde se cuela el olor a azahar, las mañanas de sol y los paseos sin prisas. Estos elementos –tópicos o no– se agolparon ayer a las puertas de San Lorenzo para dar la bienvenida a la Semana de Pasión y despedir el invierno. Y, cómo no, los niños fueron los protagonistas de una bulliciosa procesión que discurrió hacia el Centro acompañada por el ruidoso zarandear de las hojas de palma y por el alboroto de quienes iniciaron una tierna competición en busca de la cera candente de los cirios. San Lorenzo no sabe vivir el Domingo de Ramos sin la chiquillería que corretea y se conmueve cuando llega la nube de incienso y sin los adultos que se miran en esos chiquillos que agarran ramas de olivo y observan boquiabiertos el paso de la Borriquita.

Por eso al Señor de los Reyes lo acompañan tanto escolares como adultos, padres y abuelos que recuerdan otros años en los que Jesús hacía su entrada en triunfal en Jerusalén más solitario –con menos excesos en el paso– pero acompañado por la misma entrega ilusionada y desenfadada de los chavales. “Todo ha cambiado a mejor”, advirtió ayer Andrés Serrano, un vecino de Levante, mientras guiaba en la comitiva a su nieto, Juan Antonio Díaz, de cuatro años.

“Es muy valiente y hará todo el recorrido”, lo animaba cuando la procesión salía de Juan Rufo, camino de la calle Alfaros. Durante dos décadas, su obligación como responsable de un bar le impidió compartir el ajetreo pueril del Domingo de Ramos, y ayer contemplaba la mañana “con más gente, mejor convivencia, más participación y muchos más niños” que antaño, como si el invierno hubiera permitido a la nueva estación irrumpir sin aviso con sus cambios.

Los cambios también llegaron ayer a la vida de Manuel Martínez, un joven de 21 años que por primera vez se atrevió a meterse bajo el paso de la Borriquita. “Unos amigos me convencieron y aquí estoy”, sonreía con muecas de desilusión por haber tenido que abandonar el recorrido. “Ha sido duro y los problemas de la espalda me impiden seguir”, lamentaba con la ilusión de volver a la trabajadera a la salida de la Carrera Oficial.

En la esquina de Cidros con Juan Rufo, el paso de María Santísima de la Victoria y Nuestra Señora de la Palma hacía una parada. “Al cielo con lo más bonito de San Lorenzo”, exaltó el capataz segundos antes de que la banda iniciara los primeros acordes de Costalero. En ese instante, un penitente con cubrerrosto recordó a un pequeño que “en la Carrera Oficial está prohibido dar cera”, una advertencia de que la procesión perderá por momentos la espontaneidad y el desenfado de la infancia.

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