Los altares domésticos, flores efímeras de un sólo día

  • En la plaza de San Juan se pudo ver uno presidido por el boceto del crucificado encargado por la cofradía universitaria

Es abundante la lírica que existe en Córdoba sobre la instalación de los altares domésticos, una antigua tradición que estaba casi perdida y que la hermandad del Vía Crucis recuperó hace unas décadas. Estos altares se montaban en la noche del Jueves al Viernes Santo, generalmente en una habitación de la casa que tuviera ventana a la calle. Allí se disponía una imagen devocional -generalmente una dolorosa o un crucificado- adornada de damascos, sábanas de hilo y las mejores macetas que arrimaban los vecinos.

La tradición mandaba que se fuera visitando esos altares en una ruta que podía llegar a abarcar varios barrios. Cada uno de ellos rivalizaba no sólo en la decoración, sino en contar con los mejores saeteros, a los que se convidaba con aguardiente para regar los variados dulces de estas fechas.

En la década de los 20 del pasado siglo, Enrique Romero de Torres intentó revitalizar una tradición con un concurso que organizó el Ayuntamiento, pero este impulso decayó años más tarde. Cuando estaban desaparecidos de la Semana Santa cordobesa, pero aún vivos en la memoria de los más mayores, la hermandad del Vía Crucis decide fomentarlos en su singular recorrido que atraviesa -gracias a que el Cristo de la Salud no va en un paso como los demás- las calles más estrechas de la Judería.

Estos altares de hoy en día sólo pueden ser visitables en el momento en que la cofradía de la parroquia de la Trinidad pasa ante ellos, haciendo que el Lunes Santo sea la única jornada en que se puedan contemplar. Son la nota exótica del día, un atractivo que no se encuentra en otras localidades.

En cambio, en la calle Lineros se puede visitar durante toda la Semana Santa el instalado en el patio de entrada de Bodegas Campos que repite los cánones tradicionales de la ciudad. Una urna con una Virgen de los Dolores escoltada por velas de fino diámetro y flores variadas. No falta los candelabros, ni el damasco, ni la cornucopia, ni las macetas de pilistras.

Esta iniciativa, que se suma a los actos organizados por esta empresa cordobesa con motivo del centenario de su fundación, cuenta también con la colaboración de la vecina hermandad de las Penas de Santiago.

En la misma plaza de la Trinidad se podían admirar los dos primeros altares que el cortejo del Vía Crucis iba a tener en su itinerario. Uno de ellos, situado en el zaguán de la Escuela de Artes y Oficios, estaba presidido por la dolorosa que durante el año preside el altar del Cristo de la Salud en la Trinidad. Esta imagen estaba vestida a la antigua usanza, con rostrillo, estola, alba y manto de vueltas blancas. Al lado, en un balcón, estaba entre claveles rojos la imagen del Ecce Homo, imagen que estuvo vinculada siglos atrás al actual titual de la cofradía del Vía Crucis.

Otros altares clásicos de cada Lunes Santo son los que se montan en la calle Tejón y Marín o la Puerta de Almodóvar. Este año ha destacado uno situado en la plaza de San Juan, frente a la iglesia de las Esclavas. En el portal de la casa de la condesa de Gramedo se pudo ver ayer un altar presidido por el boceto del crucificado que ha encargado la hermandad universitaria al imaginero sevillano Juan Manuel Miñarro.

Aparte de las estaciones de penitencia de cada Semana Santa, estos altares del Lunes Santo que lentamente pero firmemente resurgen en Córdoba componen un atractivo más en una Semana Santa en la que no todo son procesiones.

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