El Santo Sepulcro

Tarde de luto en la Compañía

  • La Hermandad del Cristo yacente, que hizo estación de penitencia en la Catedral, estrena el bordado del faldón trasero del paso de su titular y la culminación del dorado de la urna

Un nazareno baja por la calle Duque de Hornachuelos. La cola de la túnica recogida en la mano izquierda. En la derecha, un rosario para el cortejo penitencial. El nazareno, con cubrerrostro negro y cinturón de abacá, entra por la puerta pequeña de la iglesia del Salvador y Santo Domingo de Silos. Es una de las imágenes de la Cofradía de El Sepulcro. La contención, el silencio, la oración y la elegancia del duelo que se va a vivir. La otra, la plaza de la Compañía. Gente sentada en la terraza del bar Mestizo o haciendo cola para comprar pipas en la Tienda de las chuches de la Plaza de la Compañía, en la que los balcones están adornados con colchas adamascadas y colgaduras. El silencio va ganando terreno en la tarde del Viernes Santo. La bulla respeta el duelo cristiano de la tarde.

"El año que viene me caso aquí", destaca una joven, al tiempo que una de las hojas del portón del templo del Salvador y Santo Domingo se abre despacio. Al fondo, la cruz de guía de la hermandad. El silencio se respira. Un grupo de costaleros enfajados aguarda su turno tras la rampa de salida del templo. Es la hora. Es el momento. No hay Marcha Real, sólo música de capilla, con trío de oboe, clarinete y fagot.

El llamador del paso, que permanece todavía en el templo que preside la Compañía, suena una vez. Dos. Hasta tres golpes secos e intensos. Se pone en la calle por fin. La bulla ya enmudece. No hay aplausos, ni gritos, ni tampoco ovaciones para los costaleros. Es el funeral de Cristo. Luto y silencio en la plaza de la Compañía. "¿Se puede pedir cera?", pregunta un pequeño a la salida de los primeros nazarenos que acompañan al paso del Cristo yacente. Las velas de cera tiniebla ya están encendidas. Los balcones, antes cerrados, abren ahora sus puertas para ver la escena de este Viernes Santo.

La multitud congregada en la Compañía se afana por ver al Señor en su urna. Brazos suspendidos, rodillas levemente curvadas y las heridas lavadas. Tras su gran estreno el año pasado, ayer la hermandad mostró como novedad el bordado del faldón trasero del paso del Cristo, obra de Jesús Rodado, junto a la culminación del dorado de la urna, iniciado por Ángel Varo, terminado por Rafael Barón, y que portan hasta 25 costaleros.

Ahora es el turno de la Nuestra Señora del Desconsuelo en su Soledad. Tampoco para Ella hay Marcha Real, aunque sí un riguroso silencio de respeto hacia una madre que llora. No debe haber un dolor mayor que ver a un hijo muerto y seguir tras su ataúd. Cuánto dolor. Su caminar es apesadumbrado, doloroso y con pasos cortos. Bajo el mismo palio, de plata y negro que corona con su mirada, San Juan Evangelista y María Magdalena intentan dar consuelo. Imposible. Cristo ha muerto en la Cruz. El sonido de la matraca se encarga de anunciarlo y recordarlo sin piedad.

Los dos titulares de El Sepulcro caminan ya por las primeras calles de la Judería con destino a la Catedral, donde realizarán su particular estación de penitencia.

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