Sara también echa ya las cajas

  • coliblancos y colinegros. Los judíos de Baena comenzaron en la madrugada de ayer a hacer sonar sus tambores por toda la ciudad, sonido que se escuchará hasta el Domingo de Resurrección

Que tan, que tan plan, que tan plan plan plan. Un año más, los judíos de Baena volvieron a romper el silencio de la noche baenense con este particular y regio sonar de sus tambores, con el que iniciaron de forma oficial la Semana Santa de esta ciudad con antiquísima tradición semanasantera.

En plena madrugada pudieron verse desde las calles de la localidad infinidad de casas a través de cuyas ventanas se advertía la luz encendida y se lograba intuir los movimientos nerviosos de cientos de judíos colocándose uno tras otro sus singulares arreos: ahora el tahalí, el pañuelo asido al cuello con un anillo, la chaqueta de color rojo, el casco vestido con crines de caballo, blancas o negras, negras o blancas…

Que tan, que tan plan, que tan plan plan plan. Ya está el judío en la calle. Que tan, que tan plan, que tan plan plan plan. A golpe de baqueta empieza a templar el tambor sobre el que tantas horas ha estado trabajando. Hay que apretarlo en la prensa, comprar nuevos pellejos, nuevos chillones, limpiar los aros para que brillen y destellen con el sol de la mañana.

Y poco a poco, Baena se torna un hervidero de coliblancos y colinegros recorriendo las sinuosas, estrechas y escondidas calles del casco histórico, de la Almedina, pues histórica es también esta tradición conocida como echar las cajas. Desde este momento y hasta el Domingo de Resurrección, los judíos no cesarán de recorrer con sus sones las calles de la localidad, haciendo honor a quienes representan, al pueblo judío en la Pasión de Jesús.

Sin embargo, esta tradición, este ritual, carece de sentido para muchos judíos de corta edad. Para ellos, y tras semanas preparando su tambor, lo más importante es que ese día del que tanto le habían hablado sus padres ya ha llegado, y finalmente podrán vestirse con la particular indumentaria y salir a la calle para hacer sonar el instrumento en cualquier momento del día. Y de esta forma, el sonar perfecto, medido y acompasado de las cajas de Baena se verá mezclado por otro sonar más débil, un sonar imitador del auténtico en ocasiones y en otras un mero ruido provocado por un incesante baqueteo, pero, sin duda, un sonido emitido desde el corazón, con enormes ganas y gran cariño. Es muy difícil en la mañana de Miércoles Santo ver grupos de judíos en el que no haya un niño o una niña pequeña templando su diminuto tambor.

Este es el caso de Sara, una chica de tres años recién cumplidos que, tal vez por nacer en vísperas de Semana Santa, siente de forma especial estos días y su advenimiento. Cuenta su madre que semanas atrás preguntaba una y otra vez al día, como suelen hacerlo de forma incansable los pequeños, que cuándo se iba a vestir de judío. Sin embargo, tan sólo días antes con solo oír que le iban a probar el tahalí le provocaba un llanto incontrolado.

Sus padres no entendían el por qué de ese miedo cuando tantas ganas tenía de tocar el tambor, pero como si de otra persona se tratase, al despertar el Miércoles Santo lo primero que dijo fue: "¿cuándo va a venir por mí el tito Fisquín? Y sin temor alguno se colocó no solo el talabarte, sino el pantalón, la camisa, la chaqueta y el pañuelo al cuello y se salió a la puerta de su casa a esperarlo sin dejar de aporrear su ínfimo pero importantísimo tambor.

Ante la sorpresa de todos y a pesar de que los pronósticos hacían pensar que el trabajo de preparación de los arreos se quedaría en un armario hasta el año próximo o a la espera de que se ahuyentasen los típicos miedos de la niñez, Sara tocó, tocó y retocó el más que sonoro instrumento durante toda la tarde.

Horas antes de que se iniciase la procesión del Miércoles de Pasión, en la que desfilan los judíos de ambas colas y los visitantes se admiran tras el paso de 3.000 de estos singulares personajes, la pequeña decidió no salir. No porque estuviese cansada o ya no le gustase, o porque hubiese mucha gente en la calle; el problema era que: "me asusto de las máscaras", decía refiriéndose a los Evangelistas que también desfilan en las procesiones baenenses. Y es que, la Semana Santa de Baena es mucho más que el tambor y sus judíos, a pesar de que ellos sean el principal atractivo y referencia exterior. Las máscaras que tanto asustan a Sara y las escenificaciones que recuerdan la Pasión de Cristo, el Prendimiento o las figuras bíblicas, junto a las tallas de gran valor artístico unas y sentimental todas, tendrán su lugar a partir de este día, a partir del día grande para los Judíos de Baena.

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