Penumbra camino del Calvario

  • Los hermanos del Calvario viven sus momentos de oración en San Lorenzo antes de salir al gentío

Tranquilidad dentro de San Lorenzo: el cielo está despejado y el sol se filtra por las vidrieras. Una nube de incienso espesa la penumbra mientras al fondo de la nave Nuestro Padre Jesús del Calvario y María Santísima del Mayor Dolor aguardan su salida. Los nazarenos retocan sus cubrerrostros, preparan las velas, y un par de costaleros rezagados termina de fajarse. Todo está a punto. Dos aldabonazos, dos sonoros golpes. Y la puerta se abre.

Cielos despejados, una nube al fondo que se acerca. Y expectación. Los vecinos de San Lorenzo se arraciman en el atrio de la iglesia, se asoman a los balcones, llenan cada recodo de la plaza. Cuando la cruz de guía asoma, la procesión ya ha comenzado dentro de la iglesia. Pero el público todavía no lo sabe. Dos sonoros martillazos dentro de la nave, dos golpes, y los costaleros del Nazareno acuden a sus puestos. "Suerte", dice uno. "La suerte es para los que no saben", le responde el otro. "A ver si el tiempo nos respeta". Una breve conversación para templar los nervios antes de una primera levantá que escuece. "Todos por igual, valientes", dice el capataz. El techo de San Lorenzo es un cielo oscuro y opresivo, como una tormenta en el recuerdo. Pero fuera clarea la tarde y la luz se cuela por las ojivas.

Allá se dirige el Cristo con la cruz a cuestas, rostro cabizabajo, mirada perdida que avanza hacia la multitud. La Asociación Musical Álvarez Quintero de Utrera interpreta la marcha que lleva su nombre. El paso recorre la iglesia lejos de las miradas y de los flashes de las cámaras, y algunos hermanos aprovechan para un instante de intimidad con su Señor. Una mano que roza el paso, un rostro que se santigua, una anciana que se levanta ante el Nazareno.

El capataz alienta a los costaleros ante la puerta. Es un momento difícil. El paso a pulso, fuera los zancos. La cuadrilla se arrodilla, la puerta oprime. Y centímetro a centímetro los costaleros ganan la calle. "Más despacito la trasera", indica el capataz. Y los costaleros le hacen caso. La Marcha Real es la recompensa. Y un aplauso ya en la calle, bajo un cielo por el que ahora corren las nubes.

Dentro, la penumbra queda rota por las velas encendidas a los pies de la Señora del Mayor Dolor. El capataz brinda la primera levantá a uno de los hermanos, un primer movimiento que duele. "Parece que se ha roto algo", suspira una señora atenta a cada paso. Y los sones de Mayor Dolor que hacen mecer los varales, se enredan entre los lirios blancos, entre la cera que cae. Los costaleros llevan la imagen a las puertas de la iglesia. Otra vez la guerra contra la piedra, la cuadrilla de rodillas para cruzar el umbral. Penitencia bajo las andas.

Y la Virgen que asoma entre el gentío. Una saetera le reza: "Es tu carita tan hermosa que es la envidia de las flores". Fiat voluntas tua interpreta la banda cuando María Santísima lleva su dolor camino del Realejo. Los últimos penitentes, los últimos hermanos, y las puertas de San Lorenzo que se cierran. Dentro queda la penumbra, los restos del incienso, la música que retumba, las luces de una tarde que se apaga, la oscuridad de una noche larga camino del Calvario.

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