Una vida que no compensa

  • Los pescadores aseguran estar viviendo una situación insostenible por culpa de la escalada de precios del combustible y muchos se plantean abandonar

Los pescadores más viejos no recuerdan haber vivido nunca una situación tan dramática. El sector está sumido en una grave crisis que hace que los que aún resisten apenas saquen lo justo para vivir. Los gastos que conlleva echarse a la mar hoy en día son tan elevados que muchos se plantean abandonar toda una vida dedicada a la pesca porque ya no les compensa.

Manuel Díaz se jubiló el año pasado y no puede disimular la pena que le produce reconocer el futuro tan incierto que le espera al sector del que ha vivido desde que apenas era un niño. “Mis hijos no quieren ni acercarse al puerto porque saben que es un trabajo duro que está abocado a desaparecer. Han preferido hacer su vida alejados de este mundo y no les puedo culpar por eso”, asegura este pescador del puerto malagueño de Caleta de Vélez.

Lo tiene claro cuando dice que las nuevas generaciones lo van a tener difícil para sobrevivir con la pesca si la situación se mantiene como hasta ahora. Su mayor frustración es no haber podido persuadir a su sobrino que con tan sólo 26 años se ha comprado un barco de más de 240.000 euros y que ahora no sabe cómo va a pagar. “No me canso de decirle que ha arruinado su vida y que la mar ya no da para comer”, insiste.

Pero casi toda su familia ha seguido sus pasos y Antonio Guerrero, otros de sus sobrinos, también se encuentra al borde de la ruina a pesar del empeño y de las horas dedicadas a intentar reflotar la actividad. No entiende cómo es posible que “si vendo un kilo de conchas a 60 céntimos en la lonja luego el consumidor las encuentre a tres euros en el mercado. Así no sacamos ni para comer, mientras otros se enriquecen”.

Los escasos beneficios que las capturas les proporcionan en el mercado y la progresiva escalada que han experimentado los precios del carburante hacen que la situación sea insostenible para la mayoría de los pescadores. Aunque, al igual que Antonio, muchos de ellos son conscientes de que no tienen muchas más opciones y que no tendrán más remedio que resistir hasta que se pueda.

Con casi 60 años y sin estudios, Juan Sánchez sabe que acabará sus días vinculado a la mar. Este marisquero de Fuengirola es la cuarta de las cinco generaciones de su familia que se han dedicado siempre a la pesca y ahora por primera vez ve peligrar lo que con tanto esfuerzo ha conseguido levantar durante toda su vida.

“Se me ponen los vellos de punta cada vez que pienso que no voy a ser capaz de resistir a esta crisis”, asegura con amargura. Para él lo más duro es que sus dos hijos, que también son pescadores, no tengan garantizado su futuro si siguen con la tradición familiar y “por eso no me canso de decirles que lo dejen y que se ganen la vida con otra cosa”.

Pero no debe ser fácil desvincularse de lo único que saben y han visto hacer a su alrededor durante toda la vida. Santiago Sedeño empezó a pescar a los 7 años y ahora con 64 ve cómo el negocio que su familia le traspasó comienza a tambalearse. Hace dos años que la situación se volvió “insostenible” para este experimentado marisquero del puerto de Fuengirola debido a los desorbitados precios que ha alcanzado el carburante en este tiempo.

Por más que lo intenta ya no le salen las cuentas porque insiste que “el pescado se sigue vendiendo al mismo precio que hace 20 años y sin embargo los gastos que tengo que asumir cada vez que me echo a la mar se han multiplicado”. “¿Pero dónde puedo ir a mi edad si no sigo pescando?”, se pregunta este marisquero en voz alta a pesar de que sabe perfectamente cuál es la respuesta.

Pocos son los jóvenes que optan por la mar como su medio de vida hoy en día. Inmigrantes y pescadores con experiencia que no han hecho otra cosa en su vida mantienen a duras penas un sector que se encuentra en la cuerda floja y del que mucho quieren huir antes de que se termine hundiendo definitivamente.

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