OPINIÓN. A CIENCIA ABIERTA

Una nueva luz

Hace más de trescientos años, Leeuwenhoek, un vendedor de paños holandés, diseñó un instrumento que sirvió para mostrar las maravillas del mundo microscópico, en particular los microbios. A principios del siglo veinte, Roentgen descubrió unos rayos de naturaleza desconocida, a los que llamó X, que permitieron ver, entre otras muchas cosas, los más pequeños detalles del esqueleto humano sin tener que diseccionarlo. A mediados de ese mismo siglo, los físicos que se entretenían haciendo chocar particulitas aceleradas a gran velocidad, nos proporcionaron una nueva luz que nos ha permitido descubrir cosas aún más fascinantes. 

Como buena parte de los grandes descubrimientos, fue una aportación involuntaria, un efecto colateral que intentaron minimizar a toda costa, pues con la emisión de esta luz, las partículas perdían energía y el experimento se les estropeaba a los señores físicos. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de velocidades próximas a las de la luz, por lo que en un acelerador de un centenar de metros de diámetro, una partícula podía pasar por el mismo sitio tres millones de veces en un segundo. El caso es que si en vez de ir en línea recta la partícula  hacía una curva, emitía una luz singular, radiación sincrotrón, que resultó muy útil a otros científicos, por lo que un par de décadas más tarde se empezaron a construir grandes laboratorios dedicados expresamente a su producción.

Tienen forma de donuts gigantes y hay decenas de ellos en los países desarrollados y unos cuantos en países emergentes como Brasil, Corea del Sur o Taiwán. En España, el único país del entorno que no contaba con ningún sincrotrón, se está construyendo uno en Barcelona llamado ALBA. Además de los físicos que los idearon, los químicos son los usuarios tradicionales de estos laboratorios; luego llegaron los biólogos, que rápidamente se están haciendo los amos del cotarro, y ahora están apareciendo los médicos. Se hacen todo tipo de experimentos, desde reacciones a elevadísimas presiones que simulan las condiciones que hay en el núcleo de la Tierra, hasta estudios de los polímeros del cacao que dan la textura más cremosa al chocolate Cadbury, o del efecto en tiempo real de distintos vasodilatadores en el sistema cardiovascular de un ratón. Hasta ahora los científicos españoles hemos realizado este tipo de experimentos en sincrotones de laboratorios situados en el extranjero. Estas, como otras grandes instalaciones tienen que ser internacionales no sólo porque el elevado coste de las mismas pueda exigir financiación de varios estados, sino porque lo que justifica su existencia es que el fruto que se puede obtener de ellas beneficie a científicos de todo el mundo. En estas modernas torres de Babel, a diferencia de lo que pasó en la bíblica, todos nos entendemos empleando un inglés básico chapurreado con mil y un acentos, porque aquí no se compite por países como en las olimpiadas o en Eurovisión, sino que todos formamos un único equipo multinacional que pretende empujar las barreras del conocimiento. De la relevancia de los experimentos que realizamos sólo el tiempo podrá dar cuenta.

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