La otra cara del torero

La intimidad del genio

  • José Tomás, figura indiscutible del toreo desde su reaparición, vive con su novia Isabel en una urbanización de Estepona. Cuando no se viste de luces le gusta irse a la orilla con una caña de pescar a probar suerte

Los días de poniente, cuando el mar está en calma, José Tomás puede contemplar desde la terraza de su casa un triángulo perfecto: el norte de África, la parte trasera del Peñón de Gibraltar y el puerto deportivo de Estepona. Es una vista privilegiada, serena, alejada de la apoteosis vivida la semana pasada en Madrid con el regreso del torero a Las Ventas, donde cortó cuatro orejas.

Cuando el diestro de Galapagar se quita el traje de luces y vuelve a su refugio malagueño al volante de su BMW serie 5 lleva una vida normal. A veces, el adjetivo normal suena insípido porque carece de matices, pero en el caso de José Tomás es así. Lleva una vida placentera, eso sí, pero sencilla. Sin las alharacas ni excentricidades que podrían esperarse de un matador al que llaman el Mesías del toreo y en torno al cual se ha creado un movimiento, el tomasismo, que fascina en la plaza a personas que nunca se habían sentido atraídas por la lidia.

Juzguen ustedes. José Tomás vive junto a su novia Isabel y un perro schnauzer gris en una casa adosada de una urbanización privada a las afueras de Estepona. Son sólo doce casas a los pies de una pequeña calita con doce familias de las que apenas cinco residen allí durante todo el año. Un entorno familiar, tranquilo, apartado de los neones de Marbella y de los focos de televisión, perfecto para un tímido con alergia a las aglomeraciones. Uno de sus vecinos y amigo que más cerca ha estado del torero durante los cinco años de su retirada, es el periodista deportivo José Ramón de la Morena, con el que suele jugar en verano al pádel. En estos improvisados torneos estivales participan también su hermano Antonio, fisioterapeuta en una clínica de la zona, y alguno de los buenos amigos que hizo en el equipo de fútbol sala del Polideportivo La Viña, en el que Tomás jugó los años de su retirada. Porque ésa es su otra gran pasión. Colchonero obstinado, siempre ha declarado que de no ser torero se habría dedicado al fútbol. No en vano, su padre, ahora constructor, fue entrenador y posteriormente presidente del club de fútbol de su Galapagar natal.

Las pachangas de futbito entre amigos y las carreritas por la playa forman parte de su entrenamiento diario.De hecho, el torero disfruta tanto de su vida junto al mar que otra de sus aficiones es sentarse en la orilla con una sillita plegable y una caña de pescar a esperar a tener suerte. Precisamente él, que en la suerte de matar es todo un maestro, tiene poca fortuna echando peces al cubo. No hay más misterio: un joven normal de 33 años que es feliz junto a su novia, una guapísima morena a la que conoció en una tienda de revelado fotográfico del centro comercial cercano a su casa. Si es romántico o no, sólo lo puede decir Isabel, cuya familia es natural del municipio campogibraltareño de San Roque. Pero lo cierto es que José Tomás no paró de revelar carretes y carretes hasta que la conquistó.

Un diestro atípico

Durante su retirada se dejó el pelo largo, “agitanao” como él mismo decía y hasta barba. Un torero con barba. Suena atípico. Igual que para los puristas suena raro que no le acompañe ninguno de los suyos  mientras se viste de luces en la habitación del hotel y que, al menos en su anterior etapa, en vez de un altar con vírgenes, santos y escapularios tuviera una legión de ositos de peluche. O que en el callejón en lugar de encomendarse al cielo bisbisee las letras de Joaquín Sabina. A él no le gusta aparentar. Por eso, por ejemplo, no le dedicó el primer torCio de la tarde en Las Ventas al Rey y la crítica del día siguiente puso el acento en su republicanismo. “Refleja una parte de la sociedad actual que nada tiene que ver con el torero al uso. Un joven ateo, republicano, al que le gusta leer y escuchar a Alejandro Sanz o Sabina, y que tiene amigos alejados de los círculos taurinos, como el mismo Sabina, Boadella, Sánchez-Dragó o su buen amigo Luis Chica, un poeta malagueño”, explica Fernando González-Viñas que en el libro José Tomás. De lo espiritual en el arte (Berenice) retrata la evolución que el diestro ha tenido en la plaza desde sus comienzos hasta su reaparición en la Monumental de Barcelona el 17 de junio del año pasado.

González-Viñas, que es autor de una biografía sobre Manolete, Sol y sombra de Manolete, sostiene que el espada cordobés es “el torero que más ha influido en la vida y carrera de José Tomás. Tiene muchos puntos en común con él. Como esa forma de concebir el toreo como arte, con un férreo compromiso con lo que está haciendo. Comparte esa forma de tener el toro en la cabeza siempre, casi obsesiva, hasta el punto de llegar a afirmar incluso que vivir sin torear no es vivir. Su valor, el lugar donde se pone y el ritual que impera desde el momento que pisa la plaza hace que todo el tendido viva esa mística que él entabla con el toro. Eso lo tenía Manolete”. Eso lo trae José Tomás hoy a las plazas, sin que su voz suene nada más que delante del toro. Ya se lo escribió Sabina: “Qué bien que no seas foto de revista/que cerca estás, José, cuando te alejas/para ser más Tomás y más persona”.

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